John Carlin contó en un artículo cómo le negaron el acceso a Venezuela

John Carlin contó cómo le negaron el acceso a Venezuela en «un sueño bolivariano»

Periodista británico John Carlin. / Foto: Referencial.

Este domingo el diario español La Vanguardia publicó en su página web un artículo con la firma del periodista británico John Carlin, quien relató cómo fue su experiencia en el Aeropuerto Internacional de Maiquetía Simón Bolívar, luego que le impidieran acceder a Venezuela.

El pasado 07 de octubre se conoció el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa (SNTP) informó que al periodista le fue impedida la entrada a Venezuela, quien estaba invitado para un evento denominado Mandela y el camino a la paz, mismo que se realizaría el miércoles 09 de octubre en el Hotel Marriott de Caracas.

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A continuación un fragmento de «un sueño bolivariano», el relato publicado por John Carlin en el periódico español anteriormente mencionado:

Soñé esta semana con que viajé de Madrid a Venezuela, me quitaron el pasaporte en el aeropuerto de Caracas y me deportaron, obligándome a volver a España cuatro horas más tarde en el mismo avión de Iberia en el que había llegado. Bueno, creo que fue un sueño. Lo recuerdo como un sueño, pero han ocurrido tantas cosas en el mundo últimamente que deberían ser un sueño pero aparentemente son reales, que ya no sé muy bien qué pensar.

Reconstruyendo el sueño venezolano, lo que pasó fue que estaba en la cola de migración en el aeropuerto de Caracas sobre las tres de la tarde, hora local, cuando un joven oficial vestido de verde oscuro militar me pidió el pasaporte, lo hojeó y me preguntó qué iba a hacer en su país. Le dije que iba a dar unas charlas sobre la paz y el diálogo y que tenía una carta de invitación de una universidad que así lo demostraba. “Entonces usted viene a Venezuela a trabajar”, me dijo. Le contesté que no, que iba no por iniciativa propia sino invitado por compatriotas suyos a aportar mi granito de arena para ayudar a su país a resolver sus considerables problemas. Iba a hablar, según el plan, tanto con delegaciones de la oposición como del Gobierno chavista.

“Vengo principalmente a contarles cosas de Nelson Mandela –dije–, una figura que supongo que la revolución bolivariana no considera hostil, y le aseguro –agregué con énfasis– que no voy a cobrar ni un peso”.

Pensé decirle también que Venezuela –con una inflación de un millón por ciento, malnutrición generalizada y tres millones de exiliados en los últimos dos años– no era exactamente el primer país que se me venía a la mente para ganarme el pan, pero como soy una persona cortés, incluso cuando estoy soñando, me mordí la lengua. Igual mi interlocutor no hubiera entendido de qué hablaba.

El joven me dijo que le esperara mientras él entraba en una oficina con un cartel en la puerta en el que ponía “Jefatura”. Unos veinte minutos más tarde, reapareció y me informó de que me iban a embarcar en el vuelo de vuelta de Iberia a Madrid esa misma tarde.

No me habían quitado el teléfono móvil, así que le mandé un mensaje a la señora venezolana que había venido al aeropuerto a recogerme explicándole lo que entendía de mi situación. Intercambiamos mensajes durante un par de horas. Quedó claro que ella estaba haciendo todo tipo de gestiones para convencer a los señores de migración de que me dejaran entrar. Creo que habló con la cancillería venezolana, que, según mi borroso recuerdo, respondió no sólo con sorpresa sino con indignación, y también con las embajadas de España y el Reino Unido.

Volvió el rechonchito y me informó de que tenía asiento en el vuelo de las 18.55 de vuelta a Madrid. Y se fue. Pero sin devolverme el pasaporte y no sin antes decirme que no me moviera de la zona de la puerta de embarque del avión de Iberia, como si yo fuera un criminal.

Bueno, cómico hasta cierto punto, reflexioné, mientras me entraban mensajes del otro lado de la frontera aeroportuaria asegurándome que había habido un malentendido, que todo se iba a resolver. Yo no lo veía tan color de rosa, pero en ningún momento sentí miedo, o siquiera ansiedad.

Recuerdo haber esperado sentado un largo rato y que constantemente me entraban llamadas y mensajes de diplomáticos y otros que me decían que pronto habría un final feliz.

Me subí al avión. Una vez sentado, me entró un mensaje de alguien en Caracas que me dijo que me habían negado la entrada no por el motivo oficial, que no tenía visado para trabajar en Venezuela, sino por un artículo que había escrito en el diario El País en el 2007 vinculando al Gobierno chavista con las FARC. No me lo creí. Aunque igual me equivoco; igual el jefe de migración que me negó la entrada se sintió aludido.

El comandante del avión tenía instrucciones de las autoridades venezolanas de no devolverme el pasaporte hasta que estuviéramos en el aire, lo cual me irritó. Pero por lo demás estaba tranquilo, tan tranquilo que me acordé de escribir un e-mail a Iberia antes del despegue diciendo que me anotasen los puntos de viajero frecuente para este inesperado vuelo. El día siguiente, ya en Madrid, Iberia me contestó que no tenían constancia de que yo hubiese volado ni de Madrid a Caracas, ni de Caracas a Madrid en las fechas que había indicado. Menos mal, pienso ahora. Lo de la deportación fue todo un sueño.

 

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Noticia al Día / La Vanguardia

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