Vuelco fatal (Relatos de muerte 44, Alberto Morán)

Vuelco fatal (Relatos de muerte 44, Alberto Morán)

Imagen de Hechízame

Dimas Cardona estaba bocarriba pensativo con la mano izquierda de cabecera y con la derecha tanteándose los pelos del pecho como si estuviese tocando un requinto; pensaba con preocupación cómo la violencia lujuriosa de su amante, Eleonora Bastidas, y la rigurosidad pasional de su esposa, Omaira Beltrán, le secaron aquellas eyaculaciones de río crecido, de mujeres desbordadas, de sábanas empapadas, en fin, le quitaron ese gozo, ese deleite lascivo de verlas ir de la cama al baño pringando o con la prueba del placer en gotas resbalándoles por los muslo en forma de lágrimas viscosas, pesarosas.
-Y pensar que ese es un recurso natural no renovable –meditó-, pero era tanto su embelesamiento que sin darse cuenta pensó en voz alta, y eso llamó la atención de Eleonora Bastidas a su lado que no logró descifrar el balbuceó, sin embargo, respondió con algo de virulencia en función de lo que imaginó dijo Dimas Cardona.
-Todavía estás bravo porque se me extravió el reloj que me regalaste ¿qué quieres que haga? ¡Se me perdió y punto, chico!
Dimas Cardona, conociéndole el carácter, prefirió omitir el comentario, tampoco quiso decirle el motivo de su angustiosa cavilación; que ella por si sola se diera cuenta de la sequía orgásmica que lo afectaba –si es que ya no se había dado cuenta- y actuara conforme a lo que le dictara el corazón y, por supuesto, le exigiera su cuerpo sediento de amor y placer. “¿Y si ya sabe y no me deja por la plata que le doy?”, lo siguió atormentando su pensamiento.
El hombre disminuido cerró los ojos haciéndose el dormido sin poder obviar su introspección, sin poder evitar pensar que con esa deficiencia continuaba implacable, de forma inexorable, poco a poco, pero firme, la disfunción eréctil, un problema que avanza en los hombres de una manera artera, cobarde, como un prestamista rapaz sumando: 1, 2, 3, los orgasmos desde la adolescencia, para después cobrarlos con desmesurada usura; o como si la vida fuera una confitería en la que se pide fiado un caramelo, otro caramelo, otro caramelo ¡sabroso! ¡rico!, otro caramelo, más caramelos, y a la final te llega el confitero, te saca la cuenta y te deja limpio y sin poder comerte otro caramelo.
No hay nada más hijo ‘e puta en la vida que llegar a viejo –concluyó Dimas Cardona absorto, y se le volvió a salir la voz, pero esta vez no abrió los ojos. Eleonora Bastidas levantó la cabeza, lo miró bien y creyó que tenía una pesadilla, y no dejaba de tener razón, Dimas tenía una pesadilla, solo que despierto.
Yo no sé por qué Dios nos hizo tan débiles ante las mujeres –siguió Dimas Cardona sumergido en sus meditaciones sexuales, ahora con el cuidado de no pensar en voz alta -. Ellas no tienen que pasar por ese proceso de erección que a nosotros nos aniquila con el tiempo. Y atrapado en esa telaraña de reflexiones en la cabeza, lo venció el sueño.
Temprano en la mañana, Dimas Cardona se encontraba ensimismado en la “Curva de la Muerte”, sentado en un tronco debajo de un árbol. Y viendo llegar la comisión de la Policía de Investigaciones Penales a levantar el vuelco, se enjugó la cara y acudió con recelo a su encuentro, no sabía si era prudente acercarse o esperar que los funcionarios consideraran abordarlo.
El inspector Estrada, haciendo unas anotaciones en su agenda, lo vio venir y no le prestó atención. Dimas Cardona, ante el desinterés evidente del policía, se detuvo. El investigador luego de hacer una observación detallada del cuerpo de la mujer sin vida en el interior de la camioneta, se le acercó dándose golpecitos leves en la palma de la mano izquierda con la cédula de la occisa.
– ¿Quién es Eleonora Bastidas?, preguntó el inspector.
– Mi novia –respondió Dimas
-¿Y la camioneta?
-Mía.
El inspector Estrada fijó su vista en dirección al vehículo, aunque en el fondo parecía no observar la camioneta ni a sus compañeros haciendo el levantamiento del accidente, sino más bien lo que en ese momento le cruzaba por la mente.
Más tarde, el periodista Adalberto Morón llegó a la sede de la Policía de Investigaciones Penales, pidió al inspector Barragán que lo anunciara con el comisario Ontiveros, pero no se encontraba en su despacho, por lo menos, eso fue lo que dijo el funcionario de confianza del jefe policial.
– ¿Y que hay por ahí? – preguntó siempre Morón buscando la noticia. El inspector Barragán evasivo, dijo: “nada” sin mirar al periodista a la cara. Rehuyó a una ligera conversación de pasillo con tanta evidencia, que el comunicador social tuvo la corazonada de que el comisario Ontiveros estaba y se lo negaba.
Morón viendo que Barragán lo evitaba y el jefe policial, único autorizado para declarar a la prensa, supuestamente no se encontraba, decidió retirarse, y llegando al portón se topó con el inspector Padilla.
– ¡Epa, Padilla! –saludó el periodista Morón.
– Tienes una muerta por ahí – le dijo en el acto el inspector-. Eso sí, así te torturen, no digas que yo te dije.
-Tranquilo –respondió el periodista esperando mayores detalles.
– La tienen “galletano” – advirtió el policía.
– “¡Galletano!” –aumentó el interés periodístico de Adalberto Morón.
-¡Ujú! –reafirmó el inspector asumiendo una actitud misteriosa; bajaba la voz, callaba de repente, volvía a hablar entre dientes, miraba para todos lados con recelo, como temeroso de que alguien más escuchara; respiraba profundo, se le notaba el esfuerzo que se imprimía a sí mismo para no mover las manos, para contener el sobresalto de su cuerpo intranquilo.
Morón ante tanto misterio, comenzó a procesar la información casi con el corazón en la boca; pasadas las doce del mediodía logró dar con el estacionamiento donde estaba la camioneta y, posteriormente, con la residencia de la progenitora de la occisa.
-A mi hija la mató el novio – dijo la señora Remedios al ser abordada por el comunicador.
-¿Por qué dice eso?
-Porque sí, porque lo siento así.
-¿Usted conocía a Dimas Cardona?
-Sí, un hombre casado. Yo siempre se lo decía a mi hija y no me hacía caso.
-¿Y qué le respondía Eleonora?
-Que él le prometía que se iba a divorciar, para casarse con ella, que ya no quería a su esposa, pero nunca se divorciaba–dijo Remedios que pensó un instante y continuó-: además, esa era una relación peligrosa…
-¿Por qué dice que era una relación peligrosa?
-Porque al enterarse la esposa vendrían los problemas, usted debe saber de lo que es capaz una mujer celosa…Se han visto casos…Culminada la entrevista, Adalberto Morón regresó al periódico.
– ¿Qué hay Morón? –preguntó Cirilo Contrario, jefe de información, al verlo llegar a la sala de redacción.
-Una mujer muerta dentro de una camioneta aparentemente volcada -dijo el reportero-. Cirilo Contrario no respondió, miró a Morón sin hablar para que siguiera con los detalles.
-El caso está raro, el jefe de la policía supuestamente no se encontraba en su despacho o no me quiso atender y no pude conocer la versión oficial; el dato de la muerta me lo pasó un inspector en grado 33 con la advertencia de que lo tenían callado. Por otro lado, la madre sin pruebas asegura que la mató el novio.
– ¿Y la camioneta?
– En el estacionamiento prácticamente intacta.
– ¿Y la occisa?
– Parece dormida en una camilla de la morgue, sin ninguna magulladura visible.
– ¿Y el novio?
-Un hombre casado que le prometía que se iba a divorciar para casarse con ella.
– ¿Tiene foto de la muchacha?
-Sí, claro… Cirilo Contrario, observó la foto.
– ¡A la puta! ¡¿Este mujerón?! Esta es una actriz de cine, Morón… Eso pasa en estos pueblos, hay unos mujerones que ni Marilyn Monroe en sus buenos tiempos… Dele duro. Lúzcase ahí y se prepara para un segundo día. A esa mujer la mataron.
A la tercera edición con la noticia sostenida en la última página destacando el mutismo de la policía y la versión de la señora Remedios convencida de que a su hija se la asesinaron, el inspector Estrada fue en busca de Dimas Cardona en la casa de Omaira Beltrán, pero la señora botó a su esposo desde la primera publicación de prensa, sin embargo, llevó gustosa al policía a la residencia donde ahora su ex marido vivía alquilado.
Acompañado de otros policías, Estrada le colocó las esposas a Dimas Cardona y lo subió a la patrulla. Omaira Beltrán, viendo la operación fngió una carcajada llorando de la rabia y le gritó al esposo: “Ojalá te pudras en la cárcel…No decías que te querías divorciar de mí, para casarte con la perra esa, bueno, se te cumplió el deseo, ya estamos divorciados”. El inspector Estrada arrancó solo con Dimas Estrada en la parte posterior de la unidad policial.
– ¿Por qué me llevan? –preguntó el detenido.
-¡Y todavía lo preguntas! – reaccionó Estrada levantando las cejas con sorna, para exagerar a propósito su asombro ante la pregunta de Dimas Cardona-: Vas a tener que buscarte un buen abogado, para que te ayude a bajar todos esos años de cárcel que te van a meter por el pecho, aunque te felicito por los frenazos en la carretera y las averías que le causaste a la hierba de las afueras de la vía, simulando el accidente. De verdad, a simple vista parecía un vuelco. Además, te quedaron muy bien los golpes que le diste a la camioneta imitando las posibles abolladuras de una voltereta. ¿Qué hiciste el tubo o el palo con que la golpeaste?
Dimas Cardona quedó estupefacto por varios segundos. Y cuando pudo hablar, pegó un grito que lo dejó ronco. Carraspeó inútilmente tratando de aclararse la voz.
– ¡Todo eso es mentira, yo no maté a Eleonora! –vociferó en una frase que se le cortaba afectado por un ardor en la garganta que le hacía tragar el sonido de las palabras.
– ¡Coño, cuidado y lloro, menos mal que yo no soy de corazón débil! –dijo el policía burlón.
-¡No la maté! – gritó con más fuerza Dimas Cardona y se le agudizó la ronquera.
-Ah no la estrangulaste… Dormiste con ella en un hotel, la tenías ahí vivita y coleando a tu lado, le hiciste el amor, fuiste la última persona que estuvo con ella, mejor dicho, todo el tiempo estuviste con ella, apareció muerta dentro de tu camioneta, estabas espelucado y todo descompuesto en el sitio del vuelco ¿y quién la mató? ¿Yo? ¡No joda, chico!
– Yo no maté a Eleonora! –apenas se le escuchó a Dimas Cardona confundido, enrojecido, con la cara que le quería explotar dentro de la patrulla-. Ella aprovechando que yo estaba dormido, tomó la camioneta sin saber manejar y se volcó- dijo y siguió carraspeando y tosiendo como para desprenderse la saliva grumosa y pesada que sentía pegada en las paredes de la garganta.
-¿Y por qué quisiste ocultar el caso?
-No quería que mi esposa se enterara… Dimas Cardona tosió con tanta fuerza que sintió un sabor a sangre en la boca y los ojos se le llenaron de lágrimas.
-Ah no querías que se enterara tu esposa.
-Sí, no quería perder mi matrimonio –“ronroneó” Cardona pretendiendo convencer al inspector.
-Por cierto, y si estabas dormido en el hotel, ¿cómo supiste que ella se había volcado, porque yo te encontré en el sitio del suceso? – interrogó con suspicacia el policía.
Dimas Cardona no respondió de inmediato, carraspeaba suave y tragaba intentando hablar con fluidez, para que se le escuchara bien su argumento:
-Me despertó la llamada telefónica de un amigo, para comunicarme que una camioneta como la mía se encontraba volcada en la “Curva de la Muerte”, mientras yo veía que Eleonora no estaba a mi lado.
– Todos los criminales son iguales, para todo tienen una coartada –dijo Estrada bajando la voz para luego tomar impulso y gritarle-: ¡Eres un asesino, chico, mataste a esa mujer sin ningún motivo, porque te dio la gana! A las duras palabras del policía siguió un repentino silencio.
El inspector buscó por el retrovisor a Dimas Cardona esperando respuesta y lo vio con el cuello que le parecía estallar, botando espumas por la boca; intentaba hablar, gritar; escupió por palabras unos sonidos salivosos incomprensibles, roncos, que se le ahogaban en la garganta con la mucosidad de su propia rabia e impotencia.
Estrada calló. Llegó a la Policía de Investigaciones Penales y bajó a Dimas Cardona con los orificios nasales dilatados y la respiración como si hubiese llegado trotando: “Yo no maté a Eleonora”, dijo el detenido vencido, sin fuerzas. “ella se volcó. No sabía conducir”. Y decía la verdad, por eso tan pronto rindió declaración fue dejado en libertad.
Los comentarios y las acusaciones del investigador en contra de Cardona obedecían a una maldad de policía bellaco y vengativo enterado del negocio que se armó alrededor del caso, y no lo tomaron en cuenta.
Dimas Cardona le pagó al comisario Ontiveros para que el suceso no trascendiera a la prensa queriendo ocultarle su aventura a la esposa, y lo dejaron por fuera de la “montaña” de billetes que se movió al respecto, por eso, el inspector Padilla también pasó el dato al periodista Adalberto Morón, consciente de que al hacerse pública la noticia con esos visos de misterio y las presunciones de homicidio, levantaría un escándalo tal, que de inmediato se pondría todo al descubierto como en efecto ocurrió, aunque el periodista Cirilo Contrario se marchó a la tumba dudando de que la muerte de la muchacha se produjera por un simple accidente de tránsito, versión que finalmente manejó la policía como oficial; siempre creyó que Dimas Cardona de alguna manera asesinó a su amante Eleonora Bastidas.

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