La dura carta de Paulo Coelho a Jair Bolsonaro, presidente de Brasil

La dura carta de Paulo Coelho a Jair Bolsonaro, presidente de Brasil

Foto: Agencias

28 de mayo de 1974: un grupo de hombres armados invade mi departamento.
Comienzan a revolver cajones y clósets –no sé qué están buscando, yo solo soy un compositor de rock–. Uno de ellos, más amable, me pide que los acompañe “solamente para aclarar algunas cosas”.

El vecino ve todo esto y le avisa a mi familia, que se llena de desesperación. Todo el mundo sabía lo que Brasil estaba viviendo en ese momento, aunque no se publicara nada en los periódicos.

Soy trasladado al Dops (Departamento del Orden Político y Social), fichado y fotografiado. Pregunto qué fue lo que hice, él me dice que aquí son ellos quienes hacen las preguntas. Un teniente me hace unas preguntas tontas, y me deja ir.

Oficialmente, ya no estoy preso: el Gobierno ya no es responsable de mí. Cuando salgo, el hombre que me llevó al Dops sugiere que nos tomemos un café. Enseguida detiene un taxi y abre gentilmente la puerta. Entro y le pido que me lleve a casa de mis padres –espero que no sepan lo que sucedió. En el camino, dos autos cierran al taxi; del interior de uno de ellos sale un hombre con un arma en la mano y me saca del vehículo. Caigo al suelo, siento el cañón del arma en el cuello. Miro un hotel frente a mí y pienso: ‘No puedo morir tan joven’. Entro en una especie de catatonia: no siento miedo; no siento nada.

Conozco las historias de otros amigos que desaparecieron; soy un desaparecido, y mi última visión será la de un hotel. Él me levanta, me pone en el suelo de su auto y pide que me coloquen una capucha.

El carro anda tal vez durante media hora. Deben estar eligiendo un lugar para ejecutarme –pero sigo sin sentir nada, estoy conforme con mi destino. El auto se detiene. Soy sacado de él y golpeado mientras camino por lo que parece ser un pasillo. Grito, pero sé que nadie me está escuchando, porque ellos también están gritando. “Terrorista”, dicen. “Merece morir. Está luchando en contra de su país. Vas a morir despacio, pero antes vas a sufrir mucho”. Paradójicamente, mi instinto de supervivencia comienza a regresar poco a poco.

Me llevan a la sala de torturas, donde hay un batiente. Tropiezo con él porque no puedo ver nada. Pido que ya no me empujen, pero recibo un golpe en la espalda y caigo. Me ordenan que me quite la ropa. Comienza el interrogatorio con preguntas que no sé responder. Me piden que delate a personas de las que nunca oí hablar. Dicen que no quiero cooperar; derraman agua en el suelo y me ponen algo en los pies, y puedo ver por debajo de la capucha que es una máquina con electrodos que me fijan en los genitales.

Entiendo que, además de los golpes, que no sé de dónde vienen (y por lo tanto, no puedo ni siquiera contraer el cuerpo para amortiguar el impacto), me van a dar choques eléctricos. Les digo que no necesitan hacer eso, que confieso lo que quieran, que firmaré, donde me lo pidan. Pero ellos no se contentan con eso.

Entonces, desesperado, comienzo a arañarme la piel, a sacarme pedazos de mí mismo. Los torturadores deben de haberse asustado cuando me ven cubierto de sangre; poco después me dejan en paz. Dicen que me puedo quitar la capucha cuando escuche que tocan a la puerta. Me la quito y veo que estoy en una sala a prueba de sonido, con rastros de disparos en las paredes. Por eso el batiente. Al día siguiente, otra sesión de tortura, con las mismas preguntas. Repito que firmo lo que deseen, que confieso lo que quieran, solo que me digan lo que debo confesar.

Ellos ignoran mis peticiones. Después de no sé cuánto tiempo y cuántas sesiones (en el infierno, el tiempo no se cuenta en horas), tocan a la puerta y me piden que me ponga la capucha. El sujeto me agarra por el brazo y dice, avergonzado: “No es mi culpa”. Me llevan a una sala pequeña, toda pintada de negro, con un aire acondicionado fortísimo. Apagan la luz. Solo oscuridad, frío, y una sirena que suena sin parar. Comienzo a enloquecer, a tener visiones de caballos. Golpeo la puerta de la nevera (más tarde descubrí que ese era su nombre), pero nadie abre. Me desmayo. Despierto y me desmayo varias veces, y en una de ellas pienso: ‘Mejor arrestado que quedarme aquí adentro’.

Cuando despierto, estoy de nuevo en la sala. La luz encendida siempre, sin poder contar los días y las noches. Me quedo ahí durante lo que me parece una eternidad. Años después, mi hermana me cuenta que mis padres ya no dormían; mi madre lloraba todo el tiempo, mi padre se encerró en un mutismo y no decía una palabra.

Ya no vuelven a interrogarme. Prisión solitaria. Un bello día, alguien arroja mi ropa en el suelo y me pide que me vista. Me visto y me pongo la capucha. Me llevan a un auto y me meten en la cajuela. Dan vueltas por un tiempo que me parece infinito, hasta que se detienen. ¿Voy a morir ahora? Me ordenan que me quite la capucha y salga de la cajuela. Estoy en una plaza con niños, no sé en qué parte de Río.

Voy a casa de mis padres. Mi madre ha envejecido, mi padre me dice que ya no debo salir a la calle. Busco a mis amigos, busco al cantante, y nadie responde a mis llamadas telefónicas. Estoy solo; si me metieron preso, debo tener alguna culpa, deben pensar. Es arriesgado ser visto al lado de un convicto. Salí de la prisión, pero ella me acompaña. La redención viene cuando dos personas que apenas conocía me ofrecen empleo. Mis padres nunca se recuperaron.

Décadas después se abren los archivos de la dictadura, y mi biógrafo consigue todo el material. Le pregunto por qué me metieron preso: “Una denuncia”, dice. “¿Quieres saber quién te denunció?”. No quiero. Eso no va a cambiar el pasado.

Y es hacia esas décadas de plomo adonde el presidente Jair Bolsonaro –después de mencionar en el Congreso a uno de los peores torturadores como su ídolo– está volviendo a conducir el país.

Agencias

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