Chocolate ha desaparecido

Chocolate ha desaparecido (César Bracamonte Jars)

Chocolate aprendiendo a Leer con Sandino y Valentina.

“… murió Rayo, el perro de mi Altura, de un tiro de no se sabe quién.”
César Vallejo.

Cuando Caramelo llegó a la comarca, ya todo no era tan joven, habían pasado años desde su fundación. El parque estaba en suelo, los árboles asesaban de sed y la tierra se resquebraja de calor. Llegó como muchos, dispuesto a la intemperie y a cualquiera refriega eventual. Saludó a los que pudo, respiró de introito a sus congéneres, evaluó la posibilidad de quedarse.
La inanición lo llevó a visitar cada puerta de ayuno, cada rastro que diera la oportunidad del pábulo. Un día, entre la pereza de las tres de la tarde y el ocaso, sucumbió al cariño de Sandino que con más miedo que ganas le ofreció un pedazo de galleta manoseada, que trémula fue a parar a sus fauces.

Era marrón, mestizo (sic) , de carácter brusco y decidido, de unos cuarenta años cuando desapareció a manos de los mismos que mataron a Choper, a Toto y Misifuqui, fueron los mismos que viven escondidos en plena libertad.

Pues bien, Caramelo se convirtió en el ayo de Sandino y de otros más que retozaban en el parque, y de Canela, su mestiza que es proclive a sus halagos de macho altanero. No hubo un lugar dónde no resguardó los pasos de sus dilectos, corría tras dormitar la siesta y verse lejos del cálculo profano de no poder defender a sus muchachos, dicen que hasta jugó al frisbi y al fútbol, yo, no lo vi. Lo cierto es que ya era parte de la familia cuando todo el peligro se vino a posar sobre su vida.

Como en toda manada y rebaño siempre hay quien dicta las reglas del territorio, y no basta con rociar con jugos del cuerpo matorrales, hay que hacerse sentir, marcar el precedente, advertir al opuesto que estás bajo su presencia, así lo hizo, y puede que le haya costado la vida.

Chocolate aprendió a leer con Sandino y su hermana Valentina, supo discernir entre un extraño que llega y el usual, aprendió a respetar las horas de comida, las de descanso y las de andar a la deriva, aprendió a hacer la vida dentro los muros que escogió como destino. Siempre embistió los carros porque un día escuchó que todos, tenían un gato dentro.

Así estuvo durante mucho tiempo en la comarca, para algunos altanero, para otros, el más fiel de los amigos.

Un día llegó a la comarca un nuevo inquilino, con ínfulas de rey a garrote, con la más vil de las herejías: su voz. A ella salieron espantados los niños de la comarca, los pájaros y las mariposas, hubo algunos que por evitar, rodeaban su casa para no tropezar su rostro de habitante recién salido del averno. Pero Chocolate socorrió la comarca y fue a hacerle frente al intruso y a su infernal bestia de tamaño prominente en pedigrí (dicen) y el siniestro al ver la valentía de Chocolate, lo aporreó tan fuerte que su grito de dolor despertó a todos, lo hirió supongo, por el simple hecho de tener que respirar en el mismo sitio.

Eso bastó para sellar su destino. La comarca solo se limitó a calificar el hecho, a darle el target de: secreto a voces, de lidiar con un rumor que luego mató cualquiera esperanza de concilio. Lo mataron escuché, a pesar que nunca tuvimos una buena relación, no merecía ese fin.

Un buen hombre dijo un día, a dónde van los desaparecidos, y otro contestó: busca en el agua y en los matorrales. El otro preguntó: y por qué, es que se desaparecen? . Porque no todos somos iguales. Chocolate corrió la misma suerte, no era igual, lo halló la muerte un domingo en misa.

Lo sacaron a empellones (dicen) lo amordazaron y lo subieron en un carro sin placas. “Nunca habíamos visto esa gente por aquí” , dijo un testigo, pero ya era demasiado tarde.

Sandino y Valentina ahora van a la escuela sin la anuencia y el cuidado de Chocolate, ya nadie escucha su voz de alerta en las noches más oscuras, su comida, siempre sobrará en cada casa que lo recuerda, para la comarca, uno de la camada ha caído.

Chocolate aprendió los verbos, las conjugaciones en tercera persona, el gerundio de atisbo, el hiato que precede a Sandino, también ya era diestro en cinco días sin luz, en el vertiginoso precio del dólar y en las políticas de jaulas emancipadoras, supo de la Misión Nevado, cuando el solsticio le había marchitado el pelaje, después de sus ayunos elementales, de la inanición a cincuenta grados a la sombra. Tarde fue, cuando Canela se fue a despedir tratando de matar las ruedas, de aplicar los frenos, de no volver a caer en celibato.
De eso hace días, y nadie sabe nada. Más allá de elucubraciones vecinales y de amenazas subrepticias, el animal ya pudo haber sido asesinado por un vecino que nunca ha conocido el amor.

Noticia al Día/Artículo de Opinión/César Bracamonte Jars

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