¿Por qué Eduardo Semprún será el mejor reportero gráfico del Zulia?

¿Por qué Eduardo Semprún será el mejor reportero gráfico del Zulia?

Foto tomada de Facebook

Fallecido el pasado domingo 11 de agosto, Eduardo Semprún deja una impronta que será imposible superar. Una vida cincelada a punta de periodismo.

Josué Carrillo ofrece un tributo al amigo y al talentoso reportero.

 

El hombre camina por un senderito con hojitas de acacias amarillas y verdes. Esposado con las manos a la espalda. Le sigue a pocos pasos el -para entonces- juez V en lo penal, Iván Rincón quien ha ordenado reconstruir la horrenda violación y asesinato de Liseth Carolina. La gente se agolpa, son las dos de la tarde. Sobre los cerros de Cañada Honda, alrededores de la alfarería, la gente grita ¡Mátenlo!. Jadea el reo. Confiesa el reo. «Aquí la maté y allí me lavé las manos».

Se mueve a la orilla del jagüey. Va lavarse las manos en las aguas estancadas. El juez ordena que le quiten las esposas. Media docena de fotógrafos de sucesos esperan. Eduardo Semprún con más de 100 kilos de peso corporal, pero, una tonelada de juventud, de talento embiste como toro. No le importa que lleva un pantalón Doky original y unos zapatos Thom Sailor recién comprados. Se echa al estanque. El reo enjuga sus manos, su cara. Eduardo lo toma en su cámara desde el ángulo que nadie ha pensado. A su espalda la multitud, los periodistas y la comitiva del juez. Los colegas hacen la gráfica mediocre a la cual han tenido capacidad de pensar. Eduardo sale mojado, con lodo en los pies y riendo al sol, cumpliendo una vez más el reto diario de ser el mejor reportero de sucesos para un Panorama donde ahora mismo deben escucharse sus pasos, sus carcajadas.

He querido hablar del amigo. Del compañero de faenas agobiantes como periodista de la crónica roja a finales de los 80′ y los 90′ cuando estuve a su lado. Con Régulo Wayú López caminamos esta ciudad  inmisericorde. Con Heberto Camacho pernoctamos en las afueras de la morgue. La sede de la antigua Petejota era como la segunda casa. Muchos ya no están: la muerte ha sido inclemente con policías y reporteros.

Un Ford Del Rey amarillo catarpila – el carrito donde siempre le recordaré – se estaciona en Cecilio Acosta a pocos metros de El Emporio del libro de Maglione.

-Eduardo comprate un huevo en la panadería, dice Heberto Camacho.

-Voy, responde Eduardo Semprún, acata la orden sin chistar. Regresa con el huevo.

-Ponelo a freír en el techo del carro y hacéis la foto, dice Camacho. Era un agosto infernal como este de hoy. El huevo hizo borbollones, se cocinó en el techo. Camacho escribió una nota del calor de Maracaibo que recorrió el mundo y, aún, muchos periodistas la reeditan para hablar de las altas temperaturas.

A Eduardo Semprún le recuerdo cada mañana, porque con una camisa a rayas que me regaló en una madrugada de noviembre escuchando las canciones de Gran Coquivacoa, limpio mis lentes casi como una obligación religiosa.

Ya han escrito buenos amigos de sus cualidades de hombre, esposo, hermano, hijo, abuelo y amigo. Han hablado de su inmenso corazón. De sus sentimientos nobles y desprendidos.

Media madrugada. Alguien tumba la puerta a golpes. Salgo en sobre salto. «Vestite, webon que se cayó un bus del puente». Me secuestra, me deja a media cuadra de la morgue. Me va contando por el camino la tragedia. Las fotos asombrosos que ha tomando desde la baranda del puente. Guajiras muertas como mariposas ahogadas flotando en sus mantas de colores. Ni un detalle perdido en medio de tanto dolor de tanta oscuridad.

Aquí nadie puede dar un paso si quiere ser reportero gráfico sin  pisar las huellas de ese gordo maravilloso, reidor, jodedor y sabio llamado Eduardo Semprún, mi amigo, mi hermano, ese lado del corazón donde nunca saldrá el dolor de su partida. Porque Eduardo Semprún fue el mejor reportero gráfico de la bolita del mundo y yo estaré aquí para recordarlo hasta reencontrarme con él. (Continuará)

Josué Carrillo

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