La guerra o la paz (Por Nirso Varela)

La guerra o la paz (Por Nirso Varela)

“El verdadero sacrificio lo vamos a hacer las víctimas de la guerra. Estamos aceptando algo que es muy difícil. Pero lo hacemos porque pensamos que es necesario construir un país donde otros colombianos, los que van a nacer, tengan la oportunidad de vivir mejor”.

Los  que vivimos en Venezuela los últimos 40 años del siglo XX (1960-2000), hemos rebasado la capacidad de reflexionar como entes individuales.Más allá de los proyectos de vida, de las expectativas que cada quien puso en su escalada  existencial, ahora pensamos en los que vendrán, los venezolanos que aun no han nacido, o están por nacer.

Se trata de la guerra, o de la paz. En Colombia se buscaba poner fin a un conflicto que en 40 años, había dejado 260 mil muertes. Los distintos gobiernos enfrentaron a un ejército irregular de unos 15 mil combatientes bien armados, que por procedimientos militares no habían podido derrotar definitivamente. Se hizo preciso emprender nuevos diálogos de paz para intentar darle a los futuros colombianos, “una oportunidad de vivir mejor.” Todo fue muy traumático.

En Venezuela se produce una guerra contra su economía. El gobierno la denomina “guerra económica”. Su principal consecuencia ha sido la emigración de 4 millones de personas en apenas 5 años. La economía venezolana ha sido destruida y el gobierno no tiene modo de restaurarla exitosamente. Ha fracasado en todos los frentes. Sus métodos no han dado resultados. Se hace imperativo intentar por otros procedimientos la recuperación del país, básicamente, para los venezolanos que aun no han nacido. Los que hemos presenciado y sufrido esta catástrofe, llevamos máculas indelebles en nuestras vidas por las terribles consecuencias de la guerra económica y sus daños colaterales, sobre todo, la dispersión de las familias y, en miles de casos, la disolución total de los núcleos familiares.

Crisis como la que padece Venezuela en la actualidad, han durado en otras épocas y en otros lugares, varias décadas, incluso siglos. El mejor ejemplo contemporáneo es Cuba, que a 60 años de su progresiva defenestración, no tiene esperanzas de salir de su estado actual de cosas. No queremos que en Venezuela esta aberración se prolongue por más tiempo. No es justo para nosotros, que países por siempre más pobres que Venezuela, ostenten hoy un mejor nivel de vida, un mejor sistema de salud. Llegar a Maicao, a Río Hacha, o a otras localidades muy pobres de Colombia,  es percibir que en esos lugares han transcurrido 19 años del siglo XXI  en  continuo crecimiento y progreso.

En Maracaibo al contrario, ha ocurrido un retroceso. Hoy su ambiente, sus calles, sus plazas, sus sitios emblemáticos, sus universidades públicas y privadas, sus hospitales, sus servicios públicos, sus comercios y la calidad de vida de sus ciudadanos, muestran un deterioro que jamás tuvieron durante los 100 años del siglo XX. No se ancló en el pasado pues muy lejos está del auge que exhibía hace 20 años; simplemente, descendió hacia la decadencia bajo los efectos catastróficos de la guerra económica. Hoy Maracaibo con sus casas muertas y sus comercios cerrados, se asemeja a un pueblo fantasma.

Han sido años de destrucción continua y algunos no se han percatado que las bases están echadas para que se prolongue por el resto del siglo XXI, máxime, cuando la guerra económica ha pasado a otro nivel. A Cuba le sobran los años para seguir victimizándose por el bloqueo imperial. Si el dialogo en Venezuela es una esperanza, deberiamos agotar este recurso con la expectativa  de que este estado de cosas finalice por medios pacíficos, aunque sea por etapas, como en Chile, para que Venezuela vuelva a crecer en el mediano plazo.

 Un diálogo imparcial, sin trampas, sin subterfugios, parece ser, hoy, la única esperanza. No se ve ninguna otra opción en el horizonte, excepto la guerra militar. Otros intentos de diálogo en Colombia también fracasaron en el pasado. La paz y la justicia no llegaron como todos querían, pero los procesos históricos se dan en la larga duración. Colombia tiene un flagelo menos en la guerra de guerrillas que aun libra contra grupos armados y, aunque ahora lidia contra las secuelas de la guerra económica venezolana por la migración de millones de venezolanos que entran a su territorio, Colombia crece y progresa permanentemente y abre sus puertas y hasta su corazón, a sus desvalidos hermanos de triunfos e infortunios.

La acepción “guerra económica” es, opodría ser, categoría de análisis de la actual situación nacional. Sin dudas, está en marcha una devastación o una guerra económica por lo cual se puede asegurar, con cifras irrefutables, que los asalariados más modestos de la clase media, devengaban entre 800 y mil 500 dólares mensuales hasta el año 2013 y  con esos ingresos, podían adquirir desde equipos para su hogar hasta vivienda y vehículo.

Hasta esa fecha, los venezolanos más humildes podían ostentar un teléfono móvil y una tarjeta de crédito. Hoy todos perciben menos de 10 dólares mensuales en una economía con hiperinflación. La guerra económica es la única explicación que sustenta el gobierno central. Es el argumento que esgrimen los gobernantes locales y regionales, los ministros del gabinete, para justificar el desplome de los servicios públicos, la infraestructura y la calidad de vida de los ciudadanos.

Es la convicción de los políticos oficialistas y de los ciudadanos que apoyan al gobierno contra viento y marea, los que participan en sus actos públicos, que asisten a las jornadas populares, que hacen parte de multitudes en cualquier evento, para exhibir con orgullo sus cajas clap. Pero a los ojos de quienes hemos sufrido el día a día de esta tragedia, el antes y el después, la guerra económica es simplemente corrupción, que el gobierno no ha podido ni ha sabido derrotar. La guerra económica acabó con la clase media asalariada y produjo nuevos ricos y millones de nuevos pobres.

No menos de 10 millones de venezolanos, tanto adolescentes como adultos mayores, están centrando sus últimas esperanzas en un eventual cambio: la derrota y el final de la guerra económica. Esperanzas que para algunos, se inspiran en la posibilidad de comenzar de nuevo, aunque sea arrastrando la ruina a que han sido reducidos. Para otros, recuperar el patrimonio deteriorado, acceder de nuevo a la salud publica o privada, percibir otra vez la sensación de estar vivos.

 Para los jóvenes, una oportunidad de quedarse en el país, de avanzar y obtener a futuro  bienestar y calidad de vida. Para todos, que Venezuela supere este letargo, estabilice su sistema electrico, recupere sus servicios públicos, su moneda, la capacidad adquisitiva de los salarios, ver renacer las universidades públicas y privadas, el sistema escolar en sus distintos niveles, la vida cultural, el servicio de transporte y  sobre todo, ver florecer las oportunidades que cada uno, según sus circunstacias, anhelan para realizarse en la vida.

Esos 10 millones de venezolanos esperan con paciencia un cambio en positivo, lidiando mientras tanto con las calamidades y la escasez. Hasta los analistas más excepticos están de acuerdo en que un cambio a corto plazo, traerá beneficios en todas las áreas en forma inmediata. El venezolano conocerá la verdad y solamente la verdad de lo que ha sucedido y sucede. Sabrá y se sorprenderá, de quienes causaron la guerra económica y llevaron el país a este desastre.

También sabremos a que abstenernos y los sacrificios que habremos de asumir,para reconstruir el país. La economía se dinamizará por su propio impulso y el poder adquisitivo de la moneda, así como la capacidad de compra de los salarios, saldrán del estado de miseria y ruidad en que hoy se encuentran. La justicia  llegará en su momento de manos de los tribunales competentes, con juicios imparciales, presumiendo la inocencia, garantizando el debido derecho a la defensa de los acusados y garantizando sus derechos humanos. La justicia no llegará de la mano de los resentidos. Llegará el sociego, el país saldrá de la cuerda floja y recuperaremos el equilibrio emocional; será el fin de la angustia, de la vida en zozobra, del pesimismo, de la esquizofrenia colectiva.

En términos generales, todos somos víctimas. Nuestras familias han sido desvandadas hacia diversos países, todos sufrimos las carencias esenciales, todos hemos llevado familiares a la tumba porque no fue posible salvar sus vidas ante el catástrofico estado de la salud en Venezuela. Y todos hemos sido víctimas de algún delito, con severos daños patrimoniales y en ocasiones, con muertes de por medio.“Todos”somos los venezolanos comunes y corrientes.

 

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