El mural del encanto (Relatos de muerte 43, Alberto Morán)

El mural del encanto (Relatos de muerte 43, Alberto Morán)

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Ya llevaban meses buscando casa para comprar y, aunque conseguían, no hacían negocio porque, después del matrimonio, la pareja no se ponía de acuerdo ni en la marca de la pasta dental, menos en los gustos del inmueble donde pretendían establecerse hasta que la muerte los separara, como en efecto los separó mucho antes de lo que pudieron imaginarse, y de una manera horrorosamente despiadada, sanguinaria, brutal.

              Las diferencias entre ellos se exacerbaron tanto, que acudieron al psicólogo y después de varias consultas, el especialista determinó que Mercedes deseaba a Fabricio, pero no lo amaba, amaba a Genaro, un novio modelo de artistas plásticos que tuvo previamente a su relación con Fabricio, y murió en un accidente de tránsito. Fabricio lo sospechaba por el comportamiento de ella en la intimidad; cuando la excitaba le abría de par en par la compuerta del amor, pero ya satisfecha se mostraba escurridiza, evasiva, por eso él siempre hacía el empeño de complacerla buscando ganarse su cariño pleno y sincero.

                En esas circunstancias, Fabricio y Mercedes, llegaron a una residencia con muy buenas comodidades al este de la ciudad, sin embargo, ella desde que entró, lo hizo con un mohín de rechazo, él, por el contrario, desde que vio una cerca que parecía impenetrable al acecho hamponil, nunca soltó una sonrisa de aprobación en sus labios.

                Mercedes entró y se quedó como una estatua en la sala, reacia a dar un paso más; Fabricio siguió solo y revisó los tres cuartos, uno por uno, baño por baño, closet por closet, pero cuando iba a la cocina, se detuvo en una especie de pasadizo o corredor, una pequeña área que le pareció fabulosa, con un mueble amplio, una mesita, un buen televisor, incluso, una nevera ejecutiva y una puerta plegable casi a lo largo del espacio, de tal modo que, si requería encender el aire acondicionado, podía cerrarla y disfrutar del ambiente frío del aparato.

                “Ven mi amor, ven para que veas”, invitó Fabricio a la esposa. Mercedes lo miró inmóvil. “Ven”, la volvió a invitar Fabricio. Mercedes lo volvió a mirar y, al verlo como niño estrenando, decidió ir a su encuentro, pero sin poder ocultar una evidente desmotivación en su desganado andar.

                Fabricio la tomó por una mano en la pequeña sala y le mostró el mueble, el aire acondicionado, el televisor de última generación, y ni siquiera logró que a ella con la cara comprimida se le distendieran los labios fruncidos.

                “Lo más importante es que yo podría ver aquí mi béisbol y mi futbol sin perturbarte”, dijo Fabricio. Mercedes, aunque siguió sin hablar, cabeceó como el pajarito en rama que de pronto escucha ruido cerca, para poner mejor atención a la idea de su esposo que le pareció estupenda.  Y decidió detallar la pequeña sala, fijando su mirada en un mural a todo lo alto y ancho de una pared.

-¡Dios que bello! –  dijo con aire de satisfacción en su rostro.

– ¿Te gusta amor? Está bonito ¿verdad?  Fabricio cayó en cuenta que dio en el blanco.

-Sí, amor –dijo ella y se dedicó a contemplar el paisaje del mural de un bosque tupido donde, al principio de una senda, un indio blanco, ojos azules y cuerpo atlético, blandía un hacha recortada; el camino bordeado de árboles desembocaba en una canoa con los remos visibles y se movía al compás de un caudaloso río que, como una larga serpiente, se arrastraba entre una extensa zona selvática.

-Vamos para que veas los cuartos –le dijo Fabricio tomándola de la mano. Y ella se dejó llevar sin dejar de ver encantada como el indio parecía seguirla con la mirada.

Fabricio la llevó de regreso a los cuartos y cuando llegó al matrimonial la besó, pero no con esos besos convencionales de pasillo, la besó con esos besos lascivos exclusivos de esos hombres que, a pesar del tiempo, mantienen hacia la esposa el deseo intacto, como si no hubiesen gastado ni una gota en la luna de miel.  Mercedes le correspondió, pero consciente de que a él le gustaba el peligro, la zozobra, experimentar, inventar en el amor, cuando la quiso llevar a la cama, reaccionó.

“¡No, no!”, puede llegar la dueña de la casa.

Fabricio se tranquilizó sabiendo que sería inútil insistir. Tomó dos veces aire con la energía de una aspiradora mecánica, y se sacudió los pantalones para liberarse de la presión en su ropa interior; Mercedes se acomodó la blusa, el cabello y sus ojos encendidos comenzaron retornar al brillo normal. Y saliendo de la habitación, iba entrando la dueña.

– ¿Que les pareció la casa?

-¡Es mía! -dijo Fabricio. Mercedes hizo un silencio de consentimiento. Y tan pronto efectuaron los trámites, estaban ocupando el inmueble.

Pero una noche, Fabricio y la mujer dormían en su cuarto, cuando los sorprendió un trío de hampones que los sometieron con una pistola y dos filosos cuchillos. Los tres violadores se lazaron encima de la pareja, los amordazaron y maniataron. Tomaron a Mercedes y la sacaron del cuarto arrastrada hacia la parte posterior de la vivienda; pero pasando por el corredor donde Fabricio pensaba ver sus partidos de béisbol y futbol, decidieron lanzarla en el mueble y comenzaron a despojarla de la ropa y a disputarse quién sería el primero.

Fabricio forzaba inútilmente las amarras. De repente escuchó gritos, gritos de dolor intenso. Todo se le hizo tan confuso, desesperante, a veces sentía miedo, tanto que comenzó escuchando las súplicas y los rechazos de Mercedes; a veces le parecía que también gritaban de sufrimiento los delincuentes, y eso lo hacía retorcerse sacando fuerzas en medio de su desgarradora impotencia.

 En el intento de liberarse cayó de la cama, quería gritar y sus gritos asfixiados en la tela de la mordaza enterrada en la boca, se reducían a silenciosos bramidos. Fabricio continuó batallando hasta sentir que milagrosamente aflojó el nudo de las manos. Los gritos se dejaron de escuchar. El hombre continuó jalando hasta poder sacar una mano desgarrada y ensangrentada con la presión de la cuerda; aunque la angustia y la desesperación no lo dejaban sentir dolor, así se quitó el bozal, se desanudó los pies y corrió en busca de su esposa.

Al llegar al pasadizo, quedó sorprendido con los cuerpos de los violadores desmembrados; revisó, ninguno era Mercedes. ¿Dónde estará? ¿Estará viva? ¿La matarían? ¿O mató ella a los delincuentes? ¿Pero cómo? No, no, la asesinaron ¡Dios mío!, la asesinaron. Asesinaron a Mercedes. ¡Mercedes! ¡Mercedes!, gritaba Fabricio sin control, prácticamente desquiciado, cuando escuchó su voz distante. ¿Distante? ¡No puede ser! Debe estar por aquí cerca”, masculló.

¡Aquí estoy!, dijo ella en un grito extraño, confuso; un grito en la lejanía que se escuchaba ahí mismo, cerquita. Fabricio quiso correr a la cocina desde donde creyó que pudo salir el grito, pero volvió a escuchar: ¡Aquí, aquí! y se detuvo, ahora con la impresión de que el grito en la distancia salía del corredor donde estaba, y buscando y detallando observó que el indio del hacha del selvático mural, se llevaba a Mercedes en la canoa. Fabricio quiso entrar a la pintura, recorrer la senda, el bosque, llegar a la canoa, rescatar a su esposa, pero no pudo; y aferrado a la pared, volvió a escuchar: “No me busques, me voy con Genaro”, un gritó que se le disolvió en un tétrico eco que le taladraba el alma.

 Fabricio con los sentimientos destrozados rodó lentamente asido al mural, y cayó al piso con un sollozo atrapado entre la garganta y el pecho, sin saber qué en el último cuarto se encontraba el cadáver de su esposa sobre el colchón violada y apuñalada por un de los delincuentes.

 Y en el piso yacía el cuerpo del violador descuartizado junto al hacha ensangrentada del modelo de artistas ex novio de Mercedes, que posó como un indio guerrero para esa pintura poco antes de morir en el aparatoso accidente de tránsito.

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