De Maracaibo a Chacalluta, la “eterna” travesía de dos migrantes venezolanos

De Maracaibo a Chacalluta, la “eterna” travesía de dos migrantes venezolanos

El desarraigo, la separación familiar y un eterno papeleo son los “monstruos” que enfrenta cada venezolano que decide dejar su país. Una pareja de periodistas, recién casada, seleccionó Chile como el destino a llegar. Sin embargo, tras ocho días de viaje por vía terrestre se midieron a un ‘némesis’ que no estaba pronosticado… un estricto control migratorio, aprobado por el Gobierno, y que en medio de una gélida temperatura indica: “Sin visa no pasa nadie”.

400 dólares distanciaban a Alberto y Rosmelin del anhelado sueño de emigrar, en busca de una estabilidad económica, laboral y cotidiana. Pese a que otros países como Colombia o Ecuador representaban un pago menor a la agencia de viajes, Chile ya tenía el ‘check’ marcado. Un matrimonio amigo estaba dispuesto a recibirlos para iniciar un hogar compartido, además de un trabajo desde casa. “Prácticamente Michell y Moisés son quienes tuvieron la idea de que vivamos juntos para comenzar a producir. Ellos estaban firmes y nosotros aún en proceso de asimilarlo, porque una puerta de esa magnitud no se abre para cualquiera, así tengas familiares aquí”, cuenta Rosmelin desde la VIII región del Biobío, donde la temperatura común se fija en los 6 ó 7 grados durante el invierno.

Con un mes de haber celebrado su boda eclesiástica, ambos profesionales se dedicaron a buscar el dinero restante, una tarea que se cortaba a diario debido a la orden gubernamental de suprimir el servicio eléctrico durante horas indefinidas. Y es que esta fue la arremetida que, además, les mutiló un trabajo periodístico a través de Internet. Desde el Zulia, provincia venezolana donde residían, Alberto y Rosmelin realizaron ventas improvisadas, solicitaron apoyo a amistades en el extranjero y se mantuvieron en constantes oraciones. La “plata” ya estaba asegurada para ofrecerle a la agencia los 778 dólares correspondientes a la guiada travesía desde Maracaibo al complejo fronterizo Chacalluta.

Pese a que no tener hijos era una clara ventaja, la inexperiencia ante este tipo de adversidades y una discapacidad física que Alberto posee en su pierna izquierda, convirtió el viaje en una heroica prueba que inició el 14 de junio. La tristeza se adueñaba de los últimos abrazos entre familia y amigos, mientras la rabia contra el gobierno venezolano cobraba fuerza. “Mamá, tranquila que vamos a volver”, “En Navidad estaremos juntos” y “nos veremos todos en Chile” fueron las improvisadas promesas que las lágrimas regalaron. Finalizada la charla de los guías, el control de asistencia y algunos pagos atrasados, llegó la orden: “Recojan su equipaje, vamos todos al bus”.

“Adiós”, “Hasta pronto, todo va a estar bien”, “Los amo” y “Venezuela va a cambiar”, eran las despedidas más pronunciadas antes de que el expreso, a las 7:00 de la noche, arrancara con destino al poblado fronterizo San Antonio del Táchira. Durante el trayecto, aproximadamente a la 1:00 de la madrugada, un grupo de militares ordenó a cada pasajero descender del vehículo para una requisa incomprensible. Revisaron cada maleta de los 24 venezolanos que compartían el mismo objetivo, pero no pidieron documentos de identidad ni preguntaron hacia se dirigían. Rosmelin se fortalecía para llevar más equipaje que Alberto, quien con bastón en mano cuidaba los pasos de ella y la representaba en palabras frente a cualquier “autoridad”.

Colombia – Ecuador

A las 5:30 de la mañana el bus se detuvo a escasa distancia del Puente Internacional Simón Bolívar, que en 315 metros de largo separa a Venezuela y Colombia. Desde allí, el guía asignado solicitó que tomaran sus bolsos y se formaran en orden. “No van a tener ningún problema en los complejos fronterizos porque allí vamos a estar nosotros con ustedes”, recordó Alberto, ubicándose en el primer lugar por su discapacidad. Y ante la confusión e incertidumbre de todos, anunció que “por inconvenientes en el puente” llegaríamos a Colombia a través del río Táchira, donde a todo camino se le llama “trocha”.

Con maletas, niños, bebés y un bastón que “abría el paso” marcharon como ovejas siguiendo a su pastor. La profundidad del río, que tocó las rodillas de todos, acrecentó el temor y Rosmelin oraba silenciosamente para que su esposo no fallara en el andar. “Vamos rápido porque si amanece no podremos pasar”, indicaba el guía ante la inestable mirada de los venezolanos. Finalmente se avistó la bandera de Colombia y entrando a un espacio recreativo, otro representante de ‘Seven’ les recibió con un enorme expreso, aquel que a las 4:00 de la tarde partía de Cúcuta al Puente Internacional de Rumichaca, Ecuador.

Tras una ducha, almuerzo y un veloz despliegue para sellar pasaportes y comprar provisiones, el nuevo guía pasó lista para ingresar al bus. Primero la familia Torres, luego Angie y Robert, una pareja con dos niños, Olga y sus dos pequeños, la señora Ana junto a su esposo y la tierna ‘Chiqui’, un poodle al que todos quisieron. Los nombres continuaban, incluyendo a Rosmelin y Alberto, que se preparaban para un trayecto de 36 horas, 30 de ellas en curvas y páramo.

Las casacas (chaquetas) tomaron protagonismo gracias a los 12 grados de temperatura que se instalaban en el trayecto. El mareo y la fatiga accionaban por las incesantes curvas mientras el conductor seguía su curso sin la intención de detenerse. “No podemos parar porque es peligroso en esta parte del camino. Si tienen que vomitar, vomiten”, fue la indicación de su ayudante.

Llegó el domingo y el viaje a Rumichaca parecía interminable. Cambios bruscos de temperatura, más curvas y el inconveniente que se presentó en tres oportunidades: se vació un caucho.

Ecuador – Perú

“Rumichaca”, indicaban los últimos letreros previos a la soñada llegada a tierras ecuatorianas. Agotados y visiblemente enojados, el expreso se detuvo en un informal estacionamiento donde un jocoso guía, de nacionalidad venezolana, indicó: “Los de ‘Seven’ por acá, por favor. Dejen aquí el equipaje”. Rosmelin pensaba en el temible frío que se apoderaba de su cuerpo, mientras Alberto ya planeaba alguna opción para recibir atención preferencial en el control migratorio.

Un par de horas más tarde terminó el proceso y la siguiente parada fue la más simpática: el hotel. La cena y el descanso dieron nuevas fuerzas y, a la mañana siguiente, todos abordaron el bus con destino a Tumbes, la ciudad ubicada al extremo noroeste del Perú.

Suponía ser la parte más complicada del trayecto, debido a la visa humanitaria, que según las noticias era un requisito indispensable para ingresar al país. “Fue el tema más comentado en la charla de Maracaibo y Richard afirmó: ‘ya todo está hablado y negociado… ustedes pasan porque sí”, señaló Alberto en una conversación que mantuvo con Ana, la dueña del querido ‘poodle’.

Perú – Chile

A las 4:30 de la madrugada del miércoles 19 de junio, el bus se detuvo en una zona extraña y poco concurrida. Pero como en las ocasiones anteriores, un guía contactado por ‘Seven’ recibió a los venezolanos y, por lotes, los trasladó hasta el control migratorio de Tumbes, donde sellar la salida de Ecuador y entrada al Perú fue mucho más fácil de lo previsto.

Al no contar con visa humanitaria, Alberto y Rosmelin, al igual que el resto de los migrantes, debieron optar por el refugio. Todos fueron guiados por las autoridades al cubículo de vacuna y luego a la extensa cola de “puros venezolanos” para solicitar la estadía de 180 días. Al cabo de tres horas, sueño, hambre y un inexplicable cansancio, todos terminaron el proceso. A las 12:00 del mediodía continuó el viaje que 22 horas más tarde hizo escala en Lima, donde tras un rápido refrigerio se abordó el bus con destino a la última parada: el terminal terrestre Manuel Odría, en Tacna.

El viernes 21 de junio, a las 4:00 de la tarde, no había tiempo para conocer ni descansar. El último asesor, de personalidad intolerante y dispuesto a explicar poco mencionó: “El control migratorio de Chacalluta (que conecta Tacna y Arica) está alguito difícil”. Con camisas, casacas, maquillaje y vestimenta elegante, los venezolanos se prepararon para el momento más importante de sus vidas. En el bus camino a Chacalluta, el hombre otorgó una última y sarcástica oferta: “Si no logran pasar, les cambio el boleto de Arica por Bolivia”.

Los nervios de Rosmelin estaban a flor de piel, mientras Alberto observaba las revistas de Condorito que le acompañaban desde la infancia. Ambos se miraban, sonreían y oraban. A las 6:36 de la tarde, el complejo fronterizo Chacalluta recibió a los venezolanos con 12 grados de temperatura. Divididos por “trámite de refugio” y “trámite normal”, todos iniciaron su proceso para cumplir el sueño de ingresar a Chile. Alberto y Rosmelin se ubicaron en la fila y transcurriendo el proceso veían las tristes señas de sus compañeros: la entrada estaba siendo negada.

Llegó el turno para ella. “Buenas noches, yo vengo a su país por dos motivos, el primero es porque fui invitada como misionera evangelista para continuar la obra de Dios. Y si la nación me da la oportunidad, obtener un trabajo”. Alberto miraba de reojo, con esperanzas de que el escenario no se repitiera, sin embargo, su esposa fue rechazada y su pasaporte confiscado. Sin ánimos ya de intentarlo, él se acercó a la ventanilla y el resultado fue el mismo. Mirando las lágrimas de Rosmelin se atrevió a decir: “Te prometo que entraremos a Chile”. Y en su interior meditaba: ¿Qué pasó?

En un pequeño autobús que pasó toda la noche elevando su kilometraje, decenas de venezolanos eran devueltos hasta el complejo fronterizo Santa Rosa, donde para recibir sus documentos debían sellar nueva entrada a Perú, pero con una condición: los 180 días eran reducidos a 30, 20 y hasta 15. La incertidumbre era indescriptible, el miedo carcomía los pensamientos y la temperatura descendía un grado cada media hora. Con sábanas y el calor de alguien cercano, todos se protegían mientras algunos eran regresados por segunda y tercera ocasión. En los baños el clima era más cálido, recurso que Rosmelin y Alberto utilizaron en varias oportunidades. “En la madrugada es más flexible el paso, hay que esperar”, “Dicen que mañana viene la ONU para que todos pasemos” y “Hay que ir a Bolivia, en aquella frontera todos entran”, eran los comentarios que alentaban y desairaban a cada minuto.

El amanecer fue desesperanzado, el frío cortaba la respiración y las autoridades peruanas echaban a los venezolanos de las instalaciones, como si de espantar un perro se tratara. “Váyanse a Tacna o a su país, aquí no pueden estar”, expresaban. “Michell, no nos dejaron pasar. A ningún venezolano”, fue el mensaje que alcanzaron a enviar antes de volver a una ciudad que, entre cariño y maltratos, les otorgó seis días inolvidables.

24 horas después, ambos decidieron regresar a Chacalluta motivados por otros venezolanos con la firme convicción de que sería su momento. Ya en la frontera, aproximadamente a las 3:00 de la tarde, cerca de 300 venezolanos se apostaron en la entrada del complejo fronterizo en busca de ser sellados, pero la orden del gobierno a la PDI ya estaba emitida: se requiere una visa para entrar. Como en una situación de emergencia internacional, ciudadanos chilenos y peruanos se acercaban para regalar mantas, agua, jugos, galletas, alimentos e incluso pañales.

Rosmelin y Alberto, visiblemente resfriados de aquella noche y hartos del escenario, lograron avistar a un buen amigo, Darwin. Tras un abrazo fraterno e intercambio de experiencias, junto a él se acercaron a un funcionaron de la PDI que amablemente explicó: “Para poder ingresar a Chile necesitan una visa, bien sea la de turismo o de responsabilidad democrática”. “¿Y el refugio?”, soltó la pregunta otro venezolano que escuchaba la conversación. El oficial nuevamente y con respeto aclaró: “Es que ustedes los venezolanos han malentendido lo del refugio. Ese es un proceso para personas perseguidas y que no pueden continuar en su país. Cómo tú me explicas que vienes a pedir acá un refugio cuando pasaste por Colombia, Ecuador y Perú, que claramente ya te lo ha dado”.

Dos horas más tarde, cuando el frío iniciaba su ataque, los tres decidieron separarse al inmenso grupo de venezolanos, que acostados en pleno asfalto y tomando desesperadamente cualquier donación, aguardaban a un milagro que no llegaría. Rosmelin y Alberto, en nueva compañía de Darwin fueron a solicitar los requisitos para la visa democrática en el consulado de Chile, ubicado en Tacna. Y por fin hubo buenas noticias: ambos poseían toda la normativa. El único detalle es que para tramitarla debían pagar 60 dólares y con la cantidad invertida, enfrentaron un nuevo reto: mantenerse en la ciudad, entre alojamiento y comida estratégica, hasta que el documento fuese aprobado. Darwin solo poseía su cédula venezolana y decidió buscar trabajo en Tacna, ya que sus posibilidades de ingresar al país vecino eran refutables.

Pan, mortadela y jugo para aliviar el incesante resfriado fue el menú que la pareja repitió durante tres días. La habitación de 50 soles (10.627 pesos) por noche dejó de ser rentable y con maletas en mano para buscar un nuevo refugio se disponían a abandonar el hotel, pero el encargado dijo presente. “¡Disculpen! ¿Se van?”, preguntó con solidaridad. “Sí, señor, es que estamos esperando la visa y necesitamos ahorrar dinero”, respondió Rosmelin. Sin embargo y en vista de ser tres clientes, propuso: “Tengo una habitación con dos camas que sirve para los tres y puedo dejárselas en 25 soles”. El gesto de agradecimiento fue inmediato y por primera vez en 72 horas lograron sonreír.

Una noche llena de oraciones antecedió a la noticia que ambos esperaban: ¡Llegó la visa! Pero otro inconveniente se presentaba para continuar el trámite y era la enorme cola de venezolanos que abarrotaba el consulado para exigir turno de atención. “¿Qué hacemos, amor?”, preguntó Rosmelin a Alberto, esperanzada. Y solo tenía una opción: ser sincero ante su discapacidad y en respeto a las mujeres embarazadas. Valientemente y en sutil humildad se paró frente a un guardia peruano y expresó: “Señor, yo no puedo hacer ninguna de estas colas porque me va a doler la pierna, soy operado de fracturas. ¿Hay posibilidad de que me atiendan con prioridad?”. Solicitando calma, el oficial se dirigió a la entrada del recinto y cinco minutos más tarde, bajo la mirada silenciosa y vacíamente empática de otros migrantes, Alberto entró sin soltar la mano de su esposa.

Resoplando de satisfacción, pero con los nervios de punta, la pareja aguardó pacientemente hasta el llamado de la doctora Rayka. Ambos entregaron cada requisito y reposaban la vista en la encargada de estampar la visa en los pasaportes. Las manos sudaban y Alberto sonreía a Rosmelin en busca de una tranquilidad apoyada por el amable trato de la representante.

Tras cumplir con el pago y regresar al consulado bajo una nueva mirada de reojo, en protesta a su prioridad física, todo parecía estar listo. Sin embargo, el miedo a enfrentar Chacalluta era inevitable. Carpetas, papeles, bolígrafos y firmas paseaban por el escritorio de Rayka, donde Alberto y Rosmelin pusieron fin a una historia que Juan Luis Guerra no cuenta en ‘Su visa para un sueño’. “¿Necesita algo más, doctora?”, preguntaron entre lágrimas y con el preciado documento en sus manos, escucharon: “Nada más… Bienvenidos a Chile”.

Licenciado Alberto Daniel Barboza
Periodista – Locutor profesional

Foto: Iván Ocando

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