Ladrón de amor (Relatos de muerte 42, Alberto Morán)

Ladrón de amor (Relatos de muerte 42, Alberto Morán)

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Un frío extraño se apoderó de Antonio, era la segunda vez que le daba en menos de media hora allí sentado en su escritorio poniendo en orden unos documentos. Un frío que le penetraba la carne y se le incrustaba en los huesos como esquirlas encendidas.

                Antonio se levantó sin poder controlar el “martilleo” de los dientes, apagó el aire acondicionado de su pequeña oficina pensando que, quizás, el frío del aparato lo afectaba; minutos después, con un calor insoportable en el modesto salón, le volvió el frío, el hombre se tocó la frente, el cuello, y palpó normal su temperatura.

                Se volvió a levantar, esta vez con ganas de irse a su casa, alzó su mano derecha a la altura de los ojos, precisó la esfera de su reloj colgando de la “muñeca”, y vio que era la 1:00 de la madrugada. “Voy a llamar al relevo”, dijo para sus adentros y tomó el teléfono.

                -Guido, hermano, disculpe que lo moleste a esta hora, no me siento bien y necesito que me termine de hacer la guardia. En una hora se presentó el relevo. Durante ese tiempo, Antonio no padeció de frío, pero Guido había llegado y, después de la molestia, no quiso hacerlo regresar.

                Antonio se marchó, llegando a su casa, vio algunas luces que no se acostumbraban a dejar encendidas por la noche. Le pareció raro. Se quedó pensando, decidió entrar sin el auto. Bajó, y con la pistola en la mano, siguió en la punta de los pies. Buscó la llave del portón en el llavero del vehículo, el portón se encontraba abierto y él estaba completamente seguro de haberle activado los dos pases.

                Continuó y abrió la puerta de entrada de la casa, también estaba sin seguro. Siguió y se detuvo frente a la habitación de su hija, montó la pistola, puso las manos en el pomo de la cerradura y la fue girando lentamente con el extremo cuidado de no hacer ruido; abrió, respiró profundo, miró fijo la puerta, volvió a respirar, y empujó apuntando hacia todos lados. No había nadie. A la niña, enrollada en una cobija de algodón, solo se le veía parte de su cabello.

                Antonio le descubrió la cara, la miró con dulzura y regresó al cuarto matrimonial con la corazonada de que su esposa la estaba siendo infiel.  Caminaba despacio, silencioso, decidido, dispuesto a matar, no era un asesino, pero la rabia en ese momento le daba valor para matar, aunque, a veces no quería llegar, no quería enfrentarse a esa terrible realidad, a la traición de la mujer amada, de tantos años de entrega perdidos, burlados por una ingrata; todo ese tormentoso pensamiento hizo de Antonio en el corto trayecto un autómata, no respiraba, no pestañaba, daba pasos sin mover el resto del cuerpo, así se plantó frente a su habitación convencido de que allí estaba alguien con su esposa. Y no se equivocaba. Dentro del cuarto, un desconocido le lamía las orejas y el cuello a Manuela desnuda, que acostumbraba a dormir sin sostenes y un biquini que ya el extraño le había desencajado del sexo. El intruso se despojó de sus ropas y se le acurrucó a un lado.

-Mi amor –dijo ella dócil-, y sin siquiera abrir los ojos, dio la vuelta y se le colocó complaciente bocabajo.

-¡Uju! –le susurró él ya encima besándole y mordiéndole goloso las orejas, para dejarle correr con exasperante suavidad su boca húmeda por la espalda.

Antonio frente al cuarto miró la pistola, miró la puerta, pensó, sintió miedo, respiró, se sobrepuso, hizo un esfuerzo grande por controlarse; no pudo, algo más fuerte que él lo hizo abrir violentamente la puerta y dispararle varias veces a la pareja sobre la cama, y con ese mismo impulso huyó con un sentimiento de dolor, de terror, de profundo vacío en el pecho. Le temblaba la pistola empuñada.

Regresó al auto corriendo y arrancó sin rumbo, más delante, después de unas dos horas de viaje, y sin saber a dónde ir, aparcó confundido en el estacionamiento de un complejo residencial, reventó en llanto, lloró y lloró hasta sentir el interior de su cuerpo desolado. Estaba arrepentido, pese a todo, algo le decía por dentro que no debió disparar. Ahora su hija estaba huérfana, pagando las consecuencias de una madre infiel y un padre homicida

Tres días después, Antonio decidió regresar donde su mamá, con intenciones de preparar su defensa y entregarse a la policía. No quería convertirse en un fugitivo por el resto de su vida.

-Que te habías hecho mijo –le dijo la madre viéndolo llegar-, y uno corrió al encuentro del otro hasta que se abrazaron en un solo dolor con la necesidad de decirse cosas; pero las palabras no les salían aún con el esfuerzo que hacían por comentarse la consabida desgracia.

-Maté a Manuela mamá, me estaba engañando con otro –dijo Antonio con un incontrolable sollozo que le hacía soltar las palabras en sílabas mucosas, carrasposas.

Diciendo eso, salió Manuela de la casa. Antonio quedó mudo. Miraba a la mujer, miraba a la madre, buscaba explicación, le hizo varios disparos a quemarropa, imposible no acertar.

Antonio desconocía que el intruso se trataba de un ladrón que se metió a robar en su casa y al ver a la mujer sola en la habitación, comenzó a abusar de ella, y ella entre dormida creyéndolo él, se le colocó bocabajo para complacerlo en su posición favorita, cuando entró de improviso y disparó; el delincuente encima hizo de escudo, murió en el acto al recibir todos los tiros; Manuela resultó ilesa.

 Y en ese momento viéndola con vida y aun creyendo que le jugó una mala pasada, se volvió a meter la mano en la cintura y sacó la pistola; la madre se interpuso en la línea de fuego gritándole la verdad, pero el hijo confundido ya cuando escuchó y entendió, había halado el gatillo.

Antonio soltó el arma arrepentido, llorando a gritos, pidiendo perdón. La mamá cayó de rodillas con las dos manos en el pecho mirando al cielo, mientras Manuela corría ansiosa al encuentro de él; ambos se abrazaron, se acariciaron y se besaron como nunca, agradeciéndole a Dios que la pistola se le “encasquilló”.

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