La fortuna del empresario (Relatos de muerte 41, Alberto Morán)

La fortuna del empresario (Relatos de muerte 41, Alberto Morán)

Imagen de Depositphotos

 

En un principio se pensó que la misteriosa desaparición de Amancio Bardó se trató de un secuestro, pero en realidad al empresario lo mataron y quien lo asesinó se encargó de hacerlo pequeños trozos y enterrarlo en el mismo sitio donde cometieron el repudiable homicidio.

                Ese día, Bardó salió de la oficina en la tarde directo a su domicilio, por lo menos eso fue lo que atestiguó su asistente Casiano Fumero, pero Betania Santoyo, su compañera de toda la vida, le aseguró a la policía que el acaudalado millonario nunca llegó a su residencia.

“Aquí en casa tampoco estuvo”, sostenía su hermano, Gaspar Bardó, un hombre con unas gafas oscuras que alcalinizaban la acidez de su rostro avinagrado, y que vivía postrado desde hace años en una silla de ruedas en compañía de su fiel perro negro echado a los pies, como el José Feliciano en los tiempos de la “copa rota”.

Al inicio de la investigación, la premisa que cobró mayor fuerza fue la del secuestro, solo que pasaron los días y ni su mujer ni su hermano -los dos únicos familiares directos-, amigos o allegados recibieron llamada telefónica o algún otro tipo de comunicación de parte de un posible captor.

El tiempo transcurría hasta que Gaspar Bardó sorprendió acusando a la viuda del asesinato de su marido, “quiere quedarse con la herencia de mi hermano para disfrutarlo con su amante, Casiano Fumero”, denunció.

Betania Santoyo negó el romance con el asistente del empresario como igual rechazó los señalamientos malsanos en su contra sobre la desaparición de Amancio, y realmente la señora era detenida, y de inmediato dejada en libertad. Carecían de pruebas para inculparla, de modo, que las acusaciones de Gaspar no prosperaron y él tampoco insistió.

En esas circunstancias, la investigación se paralizó, la policía no daba con el paradero del acaudalado millonario, pero Gaspar una mañana recibió una llamada al celular en la que le informaron que su cuñada Betania se encontraba en el aeropuerto con Casiano Fumero. Y enseguida telefoneó al comisario Samuel Rengifo.

Bardó colgó el móvil maldiciendo. “Aquí o donde te metas, te voy a matar”, dijo en alusión a Betania y golpeó con sus manos los brazos de la silla de ruedas. El perro negro, a los gritos, corrió al patio con el rabo entre las piernas como cada vez que su amo se indignaba.

Gaspar se quedó pensativo, meditando, de pronto obligó los labios a una sonrisa extraña en su cara acerada y volvió a repetir con exacerbado desprecio: “te voy a matar”, cuando entró el perro moviendo la cola con una mano de Amancio Bardo en la boca.  Gaspar salió veloz en su silla de ruedas detrás de su mascota y llegó al sembradío de chipitos del jardín, donde estaban enterradas las partes del empresario descuartizado desde el mismo día que desapareció.

                -¡Felipe!, gritó desesperado creyendo que estaba solo, pero cuando volteó, se encontró de frente al sirviente que lo seguía con el silencio cómplice de unas zapatillas de tela algodonada y suelas de goma, blandiendo un machete doble filo.

– ¡¿Qué piensas hacer?! – le preguntó Gaspar-.  Felipe no respondió, pero su mirada escalofriante delataba sus criminales intenciones.

– ¡Traidor! –le gritó Gaspar- y Felipe sin darle explicación, le dejó caer el machete una, otra, otra vez, hasta hacerlo pedazos y enterrarlo junto con el hermano en el sembradío de chipitos.

Betania Santoyo, en ese instante, despegaba en vuelo internacional en compañía de Casiano Fumero; con quien pensaba casarse tan pronto pisara tierra. Y apenas llegaron, se hospedaron en un hotel en habitaciones diferentes.

-¡¿En habitaciones diferentes?! –se quejó Casiano.

-Hasta que nos casemos – dijo Betania.

-Después que nos cansamos de hacer el amor en hoteles, moteles, carros, camionetas, oficinas, escritorios, baños, calles solitarias, en el río, en la playa, en el monte, la montaña; sobre cuatro cajas de cervezas vacías, recostados al tronco de una mata, a una pared; en cocinas, comedores, pisos, hamacas, chinchorros, borrachos parados después de la juerga –comentó Casiano.

-Muy bien sabes que en los hoteles y moteles usamos cédulas de otras personas, tonto. Además, ya eso pasó y no tienes por qué decirlo, eso me molesta -dijo Betania con rabia.

-¡Ah te molesta!, yo si tengo que “calarme” que ahora no quieras hacer el amor conmigo.

-Te dije que después que nos casemos –dijo Betania-. Esta es otra etapa de mi vida de nuevo como soltera.

-Para casarnos en este país tenemos que legalizar primero los documentos –dijo Casiano. Y eso lleva tiempo.

-Yo tengo aquí buenos contactos, eso es cuestión de un mes, así que deja el agite –dijo ella y subieron a sus respectivas habitaciones.

Minutos después, Casiano escuchó que le tocaron la puerta. Extrañado abrió, era Betania. La viuda entró y se le prendió de los labios con ferocidad lujuriosa, lo lanzó vestido a la cama. Casiano cayó bocarriba sobre el colchón.

 Ella le bajó el cierre del pantalón de un solo tirón y se le acaballó. El se colocó las dos manos de cabecera mirándola atenta; Betania se levantó la falda, se hizo el biquini a un lado y se dejó caer con todo su peso, bajo la incertidumbre de que Casiano parecía no estar sintiendo como en el tiempo en que fue su amante, pero disipó la duda cuando le vio los ojos sin los puntos negros extraviados en la cuenca ocular, como a ella siempre le encantó ponerlo en aquellas duras sesiones de amor.

Betania con el control de la situación siguió hasta que Casiano la obligó a una pausa, y ella lo permitió solo por el momentico que tardaron en desvestirse, luego continuó con muy pocos intervalos hasta el amanecer que él, vencido “contra las cuerdas”, le imploró clemencia.

-¡Ya, ya, no más! –dijo sumiso y evasivo tapándose su parte con las dos manos.

-¡Ahora estás con eso!- fanfarroneó ella envalentonada.

-Tampoco soy de acero inoxidable –aclaro Casiano apocado.

-Tendrás entonces que enyesarte o buscarte una horqueta – dijo Betania jactanciosa expandiéndose y halándose el pelo de su sexo sin rasurar con las dos manos como para humillarlo y reiterarle que su poderío femenino, a diferencia del poderío masculino de él, ahora estaba más fuerte que nunca-. Además, sin marido, es mucho el amor que tengo acumulado.

La pareja se alistó y se despidió con la condición de verse al mediodía, para almorzar juntos y, ambos regresaron puntuales; comieron en la habitación de Casiano sobre la cama. Ella le servía a él del plato de ella y él le servía a ella del plato de él. Y reían casi al extremo de carcajadas cuando sobre la sábana se les derramaba la cucharada de sopa.

Casiano no pudo más con la llenura y cayó de espaldas en la cama. Betania, implacable, se le fue de nuevo encima.

-¡No, no, acabados de comer es malo!

-¡Que malo ni que malo, chico! –lo contrarrestó ella-, malo es que me dejes así.

Casiano bostezó y los parpados como persianas descoyuntadas se le vinieron a la mitad de los ojos, sin embargo, Betania no se detuvo, colocó su cabeza sobre el pecho de él, le abrió nuevamente el cierre del pantalón y comenzó a jugar a la mamá con su bebecito recién nacido: “Andando, andando, que la virgencita nos va acompañando”, coreó con dulzura maternal, pero el hombre no reaccionó. Y a ese inexorable ritmo de Betania tanto en la noche como durante la siesta del mediodía, transcurrió el mes y llegó la fecha de la boda por el civil.

-El de la despedida de solteros –propuso ella.

-¡¿Todavía falta la despedida de solteros?! –dijo él estupefacto-, y dejándose llevar por Betania, cuando vino a ver, ya estaban sobre la hora del matrimonio.

La pareja se alistó rapidito, subieron al vehículo alquilado y se trasladó a la jefatura, donde eran esperados por la autoridad encargada de formalizar la unión matrimonial. Para comenzar la ceremonia, el jefe civil pidió un testigo en vos alta y de una oficina salió de inmediato el comisario Samuel Rengifo.

Casiano miró al comisario, miró a Betania, no hallaba qué pensar.

-Estás detenido por la muerte del empresario Amancio Bardó – dijo el funcionario, mientras Casiano Fumero era rodeado y esposado por los policías que lo trasladaron de inmediato a la patrulla.

¿Y Felipe? –preguntó Betania.

-Ya está preso también – dijo Rengifo-. Casiano como autor intelectual y Felipe como autor material.

Y así quedó resuelto policialmente el crimen en el que Gaspar Bardó mandó a matar su hermano, para luego asesinar a Betania y quedarse con toda la herencia. Pero, Casiano Fumero, el asistente del empresario, enterado de la treta, le pagó a su amigo Felipe para que, en vez de asesinar a Betania, asesinara a Gaspar, y le puso a ella como condición que se fuera de viaje con él y se casaran en el exterior.

El comisario Samuel Rengifo, al tanto de la situación, le recomendó a Betania Santoyo, que le siguiera el juego a Casiano, y armó un plan para atraparlo en plena boda; y que continuara la celebración, pero entonces con él de novio.

El comisario Samuel Rengifo comenzó una relación amorosa con Betania poco después que inició las investigaciones sobre la desaparición de Amancio Bardó, y quería casarse con ella fuera del país, para evitar que comentarios mal intencionados de amigos y allegados mancharan el amor verdadero que sentía por la viuda.

-Todo salió perfecto –dijo ella.

-Nunca estuviste con Casiano – le preguntó el comisario sorpresivamente.

-¿Yooo? ¡Jamás! ¡Nunca! ¡Nunca he estado con ese hombre! –dijo ella sorprendida.

-¡¿Seguro?! –insistió el comisario.

-¡Seguro, seguro! –dijo ella-. Por esa virgencita que está ahí pegada en la pared, que Casiano a mí jamás me ha puesto un dedo encima. Ni ahora ni cuando trabajaba con mi esposo.

-No te creo –dijo el comisario desconfiado.

-¿Pero quién te crees que soy, Samuel, por quién me tomas? ¡Por favor!

-Perdóname, Betania, tengo esa corazonada.

–  Estás desconfiando de mí, Samuel, yo sólo hice lo que me pediste ¿o no?…

-¡Sí, pero me “saca la piedra” que estuvieras sola con ese tipo en un hotel!

-En habitaciones separadas Samuel, además, ese era parte del plan, que yo arreglara los papeles, capturar a Casiano en plena boda, y continuar la ceremonia, pero para casarnos los dos.

-Sí, lo sé –admitió él.

-¿Y entonces? – inquirió ella.

-Discúlpame Betania, pero no vale la pena que nos casemos, esto no funciona así.

– Samuel, por lo que más quieras, piénsalo, ese hombre a mí no me tocó…Casiano solo quería mi herencia, ¡por favor, recapacita, te lo suplico!

-Seguimos con la boda – interrumpió el jefe civil que, al tanto de la operación policial, sabía que la ceremonia continuaría, pero con Samuel.

El comisario miró al jefe civil, bajó la cabeza, la levantó, miró a Betania que ya estaba entregada, se quedó pensativo, se apartó de todos, regresó, los volvió a mirar, pensó, y de repente dijo:

-Sí, sigamos con la boda-. Betania saltó de alegría y se le prendió de los labios.

-Tanta brega y perdedera de tiempo, para siempre morir como un cornudo –pensó el civil – y enseguida procedió con el matrimonio.

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