“La casa embrujada” (Relatos de muerte 40, Alberto Morán)

“La casa embrujada” (Relatos de muerte 40, Alberto Morán)

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La señora Emma Sofía continuaba aferrada al volante sin querer detenerse en ningún hotel o posada. Su meta era llegar amaneciendo a casa de su hija -viuda de un ladrón que resultó abatido por la policía-, y con esa firme intención equipó su vehículo de gasolina en la única estación de servicios de la vía.
-No vaya a llegar a “La casa embrujada –le advirtió el bombero conversador mientras le echaba gasolina al auto-. Ahí salen espíritus.
– ¡Uyyy…! Espíritus a estas alturas – se admiró la señora.
-¿Usted no le tiene miedo a los espíritus? –le preguntó el bombero de sonrisa amena.
-¡Yo! ¿Y usted cree en espíritus? –le preguntó Emma Sofía con sorna
-¡Claro! ¡Los muertos salen! – le dijo el bombero a la señora con un trato que parecía de años.
-¡Dios!, no puede ser que todavía la gente crea que los muertos salen-, dijo Emma Sofía y rió en silencio con el brillo en los ojos de una niña contenta.
-¿Me puede dar la cola, señora, por favor? -pidió el hombre de cariño penetrante.
-No, no puedo –dijo Emma Sofía sin titubeo.
-¿Y una dama como usted es capaz de dejar a un caballero solo, indefenso y desguarnecido en una vía solitaria? –dijo el bombero que parecía acariciarla con cada una de sus palabras.
-No puedo llevarlo señor –dijo Emma Sofía firme, contundente, para no dejarse atrapar por la dulzura del bombero sin conocerlo-. Y desconfiada arrancó su vehículo con la línea de sus labios hacia abajo, y la mirada fija hacia adelante.
Pero no recorrió mucho trecho cuando peló la carretera, casi se vuelca. Al retomar la vía tribulada, cayó en cuenta que no podía mantener los parpados arriba. Y lo único que tenía cerca era “La casa embrujada”, una vieja quinta de dos pisos con numerosas habitaciones que funcionaba como hotel. Y sin más alternativa, llegó.
– ¿En qué le podemos servir? –le dijo un afable administrador por demás atento y cortes.
-Necesito una habitación con una buena cama y un buen aire acondicionado.
-Le tengo la de usted – aseguró- y enseguida se hizo cargo del bolso viajero de Emma Sofía y la llevó a una cómoda habitación. La que una señora como usted merece.
-Me encanta –dijo Emma Sofía.
-Lo sé – dijo el administrador-. Esta es una habitación para clientes especiales. “El aposento de la reina”, la llamamos.
Emma Sofía le dio las gracias con su característica risa infantil, entró, se quitó las sandalias y queriendo probar la suavidad y el confort del colchón, se rindió; en unas dos horas, despertó sin poder abrir los ojos; y haciendo un esfuerzo logró abrirlos para levantarse y desvestirse, pero vio que un bulto con la figura de una persona le revisaba el bolso.
La señora se quedó quieta aguzando la vista entre la tenue luz de una lamparita de mesa, hasta que pudo observar una figura fantasmal ataviada en una túnica oscura con rostro cadavérico; le corrían unos hilillos de sangre por la frente los cuales le brotaban de su cabello apelmazado, y de repente, un brazo con un machete surgió detrás de la cortina y la decapitó. La cabeza rodó por el piso.
Emma Sofía se asustó y nerviosa, en vez de mantener la calma, saltó encima del espíritu, el espectro la empujó y la señora cayó. Emma Sofía se levantó y corrió. Subió al carro, por suerte, tenía las llaves del auto en el bolsillo del pantalón y arrancó en busca de auxilio. En la primera estación policial llegó e hizo la denuncia aun temblando de miedo, y se regresó a “La casa embrujada” escoltada por una patrulla.
El administrador atento se sorprendió al escuchar la denuncia, y aseguró que ni siquiera sabía que la distinguida visitante se había marchado. Fueron a la habitación, todo estaba en orden y ni una gota de sangre, menos una cabeza decapitada. Emma Sofía tomó el bolso intacto y se calzó sus sandalias.
– ¿Quién más trabaja aquí? – indagó uno de los dos policías, y el administrador diligente y apenado, llamó a un par de señores encargados de la lavandería, que aseguraron desconocer que la viajera había abandonado la habitación.
De cualquier manera, a la señora ni la robaron ni la agredieron y los policías solo pudieron pedir la lista de las otras personas que, para ese momento, ocupaban la posada. Emma Sofía continuó el camino hasta llegar donde su hija viuda, y tan pronto llegó se echó en un mueble extenuada y pensando en el percance, sin embargo, prefirió conocer primero la sorpresa de su hija que, como pocas veces, la aseguró por teléfono que era buena y se la quería dar personalmente.
-Ajá, ¿cuál es esa sorpresa que me tienes?
-Ay mami, tengo nueva pareja.
-¡Ya!
-Sí, mami, me volví a enamorar…
-¡Pero muchacha!, si todavía hasta hace poco te daban pataletas por el ladrón ese que tenías de marido.
-No sé mami, no sé qué me pasó, es un señor muy cariñoso, amable, con un trato ¡Dios!, ni te imaginas. Deja que lo conozcas para que veas.
-¿Y dónde está que no lo veo? ¿Vive aquí?
-Sí, ya no debe tardar, le dije que viniera temprano, quiero que se conozcan…debe venir con el amigo, otro señor muy buena gente.
-Bueno, déjame ponerme entonces una bata, este jean me va a matar, pesa más que yo –le dijo la madre-. Además, yo también tengo que contarte algo horrible que me ocurrió esta madrugada.
-Ay mami, no me asustes, yo no quiero más problemas, quiero borrar mi pasado con ese delincuente con quien viví y rehacer mi vida, ahora soy feliz, oíste bien: ¡feeeliiizzzzzzz!
-Dios te oiga y pongas de tu parte, porque si no, el Señor tampoco puede hacer nada.
Emma Sofía salió al cuarto; buscó en las gavetas del closet, y no consideró algo apropiado. Escarbó insistente en el fondo de una a cesta y ¡sorpresa!, encontró una túnica oscura y una cabeza con el rostro cadavérico; que le corrían unos hilillos de sangre por la frente, los cuales le brotaban de su cabello apelmazado y un filoso machete.
La señora salió despavorida con la tenebrosa indumentaria.
-¿Qué es esto, muchacha? – le preguntó estremecida de pavor a la hija.
-¡Ay eso es de mi marido y su inseparable amigo!, tiene varios de esos disfraces, porque ocasionalmente hacen de magos en el circo.
Los dos delincuentes, que robaban en “La casa embrujada”, llegaron sin que las mujeres se dieran cuenta y escucharon la conversación evitando dejarse ver. Uno se quedó esperando en el frente de la vivienda y el otro siguió y entró por la puerta posterior.
-En el hotel me quisieron robar dos sinvergüenzas con este disfraz – le decía insistente Emma Sofía a la hija.
-¡Ay mami, no me digas eso!
-¡Cómo no te lo digo, si es verdad!
-Ay mami, mi marido no es, ni su amigo tampoco, esos señores son incapaces de eso, que te lo digo yo.
La señora tomó la vestimenta y regresó al cuarto; enseguida se escuchó una discusión, la voz de Emma Sofía sobresalía alterada.
Se volvió loca mami peleando sola–dijo la hija y salió al encuentro de la madre, pero los gritos y los ruidos fueron en aumento.
“¡Maldito! ¡Ladrón!”, se escuchaba en medio de un llanto de miedo, de terror, de impotencia. La vos de Emma Sofía seguía sobresaliendo indignada y si control.
-¡Mami él es mi marido, él no es el ladrón, por favor! – le gritó la hija-. Y siguieron alaridos, unas exclamaciones espeluznantes y unas interjecciones tan roncas y grotescas, que parecían desagarrar las gargantas de las mujeres.
El lavandero que esperaba enfrente de la casa, escuchando la situación decidió entrar intempestivamente en apoyo del amigo, pero llegando al cuarto todo quedó en silencio. Recogió su túnica y la careta que le corrían unos hilillos de sangre por la frente, y no pudo evitar hacer un rictus de terror viendo el cuerpo de las mujeres brincando sin cabeza, y su jefe y su compañero de robo, el administrador de “La Casa embrujada”, con el machete en la mano goteando sangre.
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