El trapecista enamorado (Relatos de muerte 38, Alberto Morán)

El trapecista enamorado (Relatos de muerte 38, Alberto Morán)

El trapecista enamorado (Relatos de muerte 38, Alberto Morán)

“Psss…Psss…Psss…”

Damiana como sabía que era él, se hacía la que no escuchaba y mostraba poca importancia al interés que el trapecista tenía por ella.

Cebrián buscando la manera de entablar alguna conversación con la muchacha, se asomaba por el bahareque, la silbaba, la piropeaba; y una vez viendo que nunca le hacía caso, le gritó: “te dedico mí número más arriesgado, me lanzo de un helicóptero”.

Damiana siguió imperturbable, aunque solo en apariencia; el día del peligroso espectáculo fue al circo, más eran las veces que estaba con los ojos cerrados ante el equilibrista colgado de una cuerda, que las pocas que aterrada los mantenía abiertos, sin embargo, estuvo atenta a él hasta el final. Cebrián la vio en el público y, al terminar la función, la esperó y la interceptó.

-¿Qué le pareció el espectáculo, mi bella y linda señorita? -galanteó él.
-Bien –dijo ella-. Confirmé mi presunción, estás loco, completamente loco.

Damiana se marchó y Cebrián quedó con la respuesta en la boca, aunque no desistió como enamorado perseverante. Siguió asomándose por encima de la cerca con sus requiebros, intentado llamar la atención de la muchacha. El famoso trapecista estaba a punto de desencantarse, cuando se le ocurrió preguntarle: “Sí me dejo caer del helicóptero, ¿me hablarías después de muerto?” La joven no le respondió, bajó la cabeza y rio pese al gran esfuerzo que hizo para disimularlo.

Cebrián se alegró sin pensar que esa alegría le duraría poco. Sentado enfrente de su casa, vio pasar a Damiana muy cariñosa con un joven que no era del sector, y desde ese momento comprendió que había perdió su tiempo.

El equilibrista dejó de asomare por la cerca e hizo lo posible por olvidarla, además, en el tiempo que llevaba galanteándola solo había conseguido una risa, y ahora lo dudaba, pudo haber sido un rictus, algún gesto de desprecio y él enamorado se confundió y lo creyó de alegría.

Desesperanzado un día salió del circo, cuando lo sorprendió Damiana. Cebrián se detuvo, y sin siquiera saludarla le preguntó ansioso, sobresaltado:

– ¿Y el novio?

– ¿Qué novio? – dijo ella confundida.

-Ese hombre que te visita.

– ¡Rodolfo! Ese es un primo que llegó de viaje –dijo Damiana-. A parte de loco eres bobo y estúpido.

Damiana se marchó enojada. Cebrián, como siempre, no pudo continuar hablándole, pero se quedó pensando y, meditando al respecto, comprendió que ese gesto delató en ella debilidad y no estaba equivocado, Damiana al día siguiente volvió a ir al circo, pero no se dejó ver de él.

En esas circunstancias, Cebrián en uno de los números con que acostumbraba impactar al público, tuvo un error que casi le cuesta la vida a su compañero Érico, otro acróbata estrella. Y culminada la función, Érico le echó mano por el cuello y lo golpeó varias veces contra la pared. Cebrián se pasó las manos por la cabeza donde sintió el duro impacto buscándose sangre, pero no vio sangre, y reaccionaba feroz, cuando escuchó el gritó:

“¡Cebrián no!” El trapecista volteó y vio a Damiana, quien siguió con un tono apacible: “no por favor”. Otros malabaristas intercedieron y apaciguaron el incidente. La muchacha se marchó como de costumbre, sin dar chance a que el trapecista estableciera conversación con ella.

Cebrián viéndola marchar sintió muy profunda la espina que el rechazo de ella siempre le dejaba clavada en el alma, y ya al borde del desespero, la siguió, subió las tres escalinatas que improvisó desde su casa para enamorarla, y le preguntó de un gritó que se escuchó en el sector:

– ¡Me amas ¿sí o no?!

-Damiana volteó y lo vio asomado con un revólver apuntándose la cabeza.

-¡Chico nooo! ¡Esos no son juegos, Cebrián, por favor, ya deja eso!

-Es que no estoy jugando. ¿Me amas o no me amas? A las tres… 1, 2…

– ¡Sí, te amo, no dispares! ¡Chico, eres un loco! –respondió ella llorosa, por fin doblegada, vencida, dominada, en eso, la muchacha vio que Cebrián desapareció del bahareque. Esperó que la volviera a llamar y nunca la llamó. Ahora era ella la ansiosa, la que desesperaba por verlo, pero tuvo temor de ir hasta la casa de él, buscarlo, y no solo decirle, sino demostrarle cuánto lo amaba. Qué lo quería a su lado para toda la vida, por eso no le gustaba verlo en peligro durante sus arriesgados espectáculos en el circo. Temía que le ocurriera algo…

Damiana esperó y esperó y se atemorizó pensando en que Cebrián ahora la rechazara, casi no durmió mortificada con la duda. Se estará vengando, pensó y repensó toda la noche.

Al otro día, bien temprano, se levantó dispuesto a buscarlo en su casa, y se encontró con el escándalo, Cebrián amaneció muerto en su cama. El suceso trascendió de inmediato a la prensa; se iniciaron las investigaciones y se determinó que el trapecista falleció de un golpe en la cabeza. Damiana acudió a la policía, contó lo del incidente en el circo entre Cebrián y Érico, quien de inmediato resultó preso por homicida.

Nadie, ni los policías más acuciosos, podían imaginar que un trapecista experto, de la calidad de Cebrián, falleciera al resbalar de tres simples escalinatas, aunque probablemente quiso improvisar alguno de sus arriesgados números para seguir impresionando a Damiana, y como tenía el revólver en la mano, se enredó y cayó propinándose el fuerte golpe en la cabeza que poco después le causó la muerte.

 

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