Coletazos de Venezuela en Cuba No puedo vivir esa etapa otra vez

Coletazos de la crisis venezolana en Cuba: “No puedo vivir esa etapa otra vez. Prefiero suicidarme”

Foto: Agencias

Miedo. Modesto Suárez dice que vive con miedo. Padece un terror irremediable por la escasez, por la miseria, por encontrar su refrigerador vacío. A lo largo de sus 56 años cuenta que lo ha visto todo, que ha tenido que hacer “de todo” para sobrevivir en Cuba. Se casó en los ochenta y, en 1989, nació su primera hija, que no tuvo fotos ni fiesta por su primer año. Los había sorprendido el Período Especial, la crisis más cruenta y dura sufrida en la historia del pueblo cubano. “Ahí fue cuando todo empezó a desmoronarse, hasta mi mujer perdió la sonrisa, las ganas de verse linda”, recuerda con cierta sensiblería. “Yo no quiero, no puedo vivir esa etapa otra vez. Prefiero suicidarme”, sentencia.

En la casa de Modesto y Yudenia era casi imposible comprar un jabón de baño cuando tuvieron a su hija. Si lo encontraban, valía casi 150 pesos, la mitad del salario que le pagaban a ambos profesionales, ingeniero mecánico uno, maestra la otra. Para el año 1993, habían proliferado en Cuba todo tipo de enfermedades dermatológicas, algunas contagiosas, como la sarna o la pitiriasis, conocida popularmente como guito, además de otras infecciones como la caspa por la ausencia de productos para la adecuada higiene del cuero cabelludo.

“Yo me bañaba con limón, que te quitaba la grasa”, recuerda Modesto. “Se le echaban unas goticas al agua y después te dabas mucho estropajo que se sacaba de unas enredaderas. Mi suegra hacía jabones de nata de leche, que le dejaba un olor malísimo a la ropa, pero resolvía. En esa época se usaba el término de jabón viajero, por eso de que iba del baño para el fregadero. A veces, se cogían las astillas sobrantes, se fundían con agua de lluvia, y se ponían a secar para hacer una masa casera para bañarse. Mucha gente los fabricaba con cebo de carnero y potasa, aquello olía a animal muerto”.

El desodorante de los años noventa estaba compuesto a base de agua, bicarbonato y limón, y los perfumes se envasaban en pomos de penicilina que olían a ambientador. Muchas mujeres hirvieron hojas de majagua para lavarse el pelo y la ropa interior se confeccionaba con retazos de tela y elásticos recortados de las gomas de las bicicletas, prendas tortuosas que lastimaban la piel. En ese entonces, nadie podía darse el lujo de comprar papel higiénico y, quien tuviera periódicos para usar en el baño, podía considerarse afortunado, porque la tirada de los medios de prensa oficialistas fue recortada a principios de la década.

Yudenia Cruz, la esposa de Modesto, sufrió una dermatitis aguda a causa de la toxicidad del agave o maguey, unas pencas cuyo extracto fue usado como detergente durante el Período Especial. “Se machucaba hasta que soltara todo el jugo. Aquello acababa con la ropa, y con las manos. Había vendedores ambulantes de maguey. Yo siempre fui muy limpia y, una de las cosas que más me chocó, era salir a la calle, irme a trabajar con mal olor en medio de un calor y una debilidad insoportable”.

 

“Hambre, mucha hambre”

El picadillo de cáscara de plátano burro se elabora de esta forma: Se toman tres o cuatro plátanos maduros y se les retira la corteza. Esta última debe molerse con ajo, ají o cualquier sazón disponible. La masa se coloca en agua hirviendo hasta que haga grumos parecidos a la carne picada y se le agrega puré de tomate. “Muchacha, eso era un manjar, no te pienses que todo el mundo tenía plátanos para comer”, describe Carmen Santos Ramírez, una anciana que hizo malabares para alimentar a su familia en los años noventa. “A la gente le daban desmayos. En ese tiempo, todo lo que comías era puro engaño. Lo que más recuerdo es tener hambre siempre, mucha hambre”.

En el Período Especial, las madres cubanas tuvieron que ingeniárselas para sacar platos de comida a la mesa. Aparecieron, en ese entonces, términos como la proteína vegetal, la mortadella líquida, las tortillas de yuca con ajo puerro o la grasa extraída de la tenca, un pescado de río que se distingue por un olor y sabor desagradables ante la total desaparición del aceite vegetal.

Muchos cubanos comenzaron a cocinar gatos, perros y hasta aves carroñeras, y se puso de moda el “pan con hamburguer”, varias viandas entortadas que vendían en los merenderos estatales. En estos mismos establecimientos y en los comedores de las escuelas, solían ofertar agua con azúcar, para prevenir descensos, infusiones de hierbas y los llamados “tres en uno”: sopa de arroz, arroz y dulce de arroz.

“Mira, esto pinta bastante feo otra vez. Veo que se están repitiendo las mismas necesidades, cuando no falta una cosa, falta otra. Así mismo fue como empezó aquel Período Especial. Cuando aquello, se hacían muchos caldos locos, de lo que te encontraras, sin carne, como ahora. El que podía, compraba arroz o harina, que se puso muy cara. Ahora mismo la harina está cara como en aquel tiempo, a diez pesos la libra. A Fidel se le ocurrió lo del plátano microyet, que, en realidad, era un sistema de riego constante para que la mata creciera más. Ahora sí, aquellos plátanos sabían a cartón”.

En los años noventa abrieron en Santa Clara dos hamburgueseras a las que se accedía mediante el carné de identidad y después de realizar largas colas para alcanzar la unidad autorizada por persona, junto a una jarra de refresco “duérmete mi niño”. Para tener la posibilidad de cenar en algún restaurante debía ostentarse la condición de “vanguardia” en el centro de trabajo o dormir en las aceras colindantes a estos pocos comedores, donde ofertaban solamente hígado, lengua, patas, y corazón de cerdo.

“La gente empezó a casarse a tontas y a locas”, prosigue Carmen. “Te daban derecho a un cake, unas cajas de cerveza, dos toallas y una sábana y la reservación para un hotel. Eso se vendía bien. Después, te divorciabas y te volvías a casar. Era un negocio para subsistir”.

Justo como en la época feudal, la crisis de los noventa trajo a Cuba el intercambio en especie. Los habitantes de las ciudades viajaban a la zona rural para canjear prendas de vestir por sacos de arroz, harina, viandas o animales vivos que luego criaban en baños o balcones de edificios.

“La situación con la ropa era crítica”, cuenta Oscar Llera, un cubano ya radicado en el extranjero que pudo salir de la isla gracias las visas que se otorgaban por el llamado “bombo”. “Yo fui de los que cambió artesanías en el campo para poder comer y celebrarle los quince a mi hija mayor. Recuerdo que pude comprarle un pantalón marca Zingaro y unos tenis en la shopping. Aquello era un lujazo, porque yo mismo nada más que tenía para salir una camisita de aquellas que le decían bacteria y trabajaba con unas alpargatas de tela con suela de gomas de camión”.

En total oscuridad

De acuerdo con varios informes de la Organización Mundial de la Salud, Cuba se reporta a finales de los noventa como uno de los países de América Latina con mayor consumo de alcohol per cápita. Además de la desnutrición o la neuritis óptica por falta de vitaminas, el alcoholismo también formó parte de las lastras que dejó en los cubanos el Período Especial.

Oscar Llera también recuerda la fórmula del “azuquín” y el “calambuco”, dos de las bebidas más populares de la época. “Una botella de ron llegó a costar 150 pesos”, cuenta. “La gente cogía la miel de purga y la metía en una olla de presión con una manguera. El vapor que salía se convertía en alcohol. Aquello te acababa con el estómago, pero al menos te mantenía entretenido porque no había mucho para hacer”.

En aquel entonces, proliferaron otras bebidas alcohólicas caseras con nombres tan singulares como “hueso de tigre”, “saltapatrás”, “Chispa de tren” o “Nininini” que se comercializaban de forma clandestina y que constituían el paliativo para las noches apagadas de las casas cubanas.

“La gente le decía alumbrones, no apagones, porque la verdad es que la corriente te la ponían cuando a ellos les daba la gana. Cuando llegaba la luz todo el mundo empezaba a gritar y a aplaudir”, prosigue el cubanoamericano. “Las calles parecían aldeas taínas porque había que cocinar con leña o carbón. Si llovía, estabas embarcado. Por eso, mucha gente armó fogones de tanques de metal dentro de las mismas casas”.

Ante la escasez de combustible, aparecieron unas pesadas bicicletas conocidas como “plátano burro” a las que se les adosaba un cajón en la parte trasera para “cargar lo que se encontrara por la calle”. “Yo tenía un vecino que era cirujano. Se levantaba a las cinco de la mañana y se iba dando pedales con un buche de café en la barriga y, cuando llegaba al hospital, se ponía a operar corazones. Oye, aquello era un abuso”.

Si bien la situación tuvo una ligera mejoría a principios del nuevo milenio, muchos concuerdan en que el Período Especial aún no ha concluido. A finales del año pasado varios indicadores apuntaron hacia una nueva crisis que pudiera ser, incluso, más cruda que la anterior. La falta de harina de pan, de aceite, de frazadas de piso o la reducción repentina de las páginas de los diarios oficialistas fueron claras advertencias de un apocalipsis. La situación que se vive actualmente en la isla estremece y aturde a los cubanos, que sobreviven a diario con el temor fantasmagórico de repetir aquella etapa de miseria y desazón.

Cubanet

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