El rostro en blanco y negro del dictador (Nirso Varela)

El rostro en blanco y negro del dictador (Nirso Varela)

Imagen de RT

Se cumplen 74 años de la muerte de Adolf Hitler. (1889-1945). Se conservan numerosas fotografías en blanco y negro que lo revelan en sus días de esplendor. Su semblante, su mirada, las diversas facciones de su rostro capturadas con el destello de una cámara fotográfica, evocan el vivo retrato de la peor catástrofe ocurrida en la historia de la humanidad. Cada imagen suya reanima el fantasma de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Cada flash coincide con el preciso instante de un estallido mortal en cualquier sitio donde se desenvolvía el conflicto.
Hitler puso en vilo a toda Europa. Más de 40 millones de personas perecieron en la conflagración, a la que se suma la cuasi destrucción de todo un continente bajo la férula de un solo hombre, enaltecido a las cumbres de un poder sin límites, un ser supremo, un semidiós. El lector trata de inferir en su rostro, el estado de su conciencia, su propio juicio acerca de la guerra que en esos mismos momentos generaba miles de víctimas. ¿Justificaba ante su conciencia, la devastación que causaba a todo un continente? ¿Cómo se miraba así mismo en el espejo de la realidad, sobre millones de cadáveres apiñados en extensos ríos de sangre, tal cual se ven en las imágenes en blanco y negro? ¿Cómo se definía así mismo, siendo que la guerra fue su iniciativa, por las causas que argüía y arguyó hasta el final en sus discursos y escritos? ¿Cuántos millones de cadáveres más acarrearía la concreción de sus proyectos? Hasta en la más cándida fotografía al lado de Eva Braun en el retiro espiritual, el lector imagina que en su mente y en su pensamiento, solo bullían las vicisitudes de la guerra.
El suizo Carl Gustav Jung (1875-1961), eminente médico psiquiatra y psicólogo, contemporáneo de Hitler, lo describe en 1945 de esta manera: “En el rostro de este demagogo podía leerse una lamentable falta de formación (…), inteligencia mediocre, con una astucia histérica y una fantasía de adolescente. Todos sus movimientos eran artificiales, cuidadosamente estudiados por un cerebro histérico al que solo le importaba causar impresión”. (C.G. Jung, Madrid 1967: Consideraciones sobre la historia actual)
Por esas interrogantes que solo Hitler hubiese respondido en Núremberg de haber sobrevivido a la guerra, al lector le es inevitable indagar, en el lenguaje de sus gestos, en sus expresiones emocionales, en sus discursos grabados en diversas películas cinematográficas de las cuales era un adicto aficionado, su posible discernimiento acerca de la fatalidad que trajo el conflicto bélico. Todo indica que estaba convencido de hacer lo correcto, que iría hasta el final y hasta las últimas consecuencias y que la derrota no estuvo en sus planes subalternos. Él, el Führer, podía mirar a las multitudes sin arrepentimiento, sin pedir disculpas por la destrucción y la masacre, por los estragos causados a las familias sobrevivientes; al contrario, pedía más sacrificios. ¿Tendría algún descargo ante su conciencia o sencillamente estaba totalmente obnubilado por el culto a su personalidad desplegado en toda Alemania durante el Tercer Reich?
Las dudas surgen pues se trata de un sujeto en quien obviamente confluyeron sentimientos de amor y sensibilidades humanas, seguramente influidos en el transcurso de su vida por sus innegables dotes de líder. Hitler, sin dudas, provocaba emociones entre sus congéneres y pudo con ellas y la inmensa propaganda goebbelsliana, erigirse como ser omnipotente entre sus acólitos y admiradores, como se muestra en la expresión autosuficiente de su rostro en las imágenes. Hitler sabía la existencia de los campos de concentración y se mostraba indiferente de ver a Alemania destruida y bajo constante amenaza de bombardeos enemigos. Cabe una acotación al respecto. Aunque las circunstancias sean incomparables, otros dictadores posteriores a Hitler condenaron a sus países a una pobreza para siempre, hoy por hoy sin vuelta atrás, en nombre de una “ideología” (en la práctica, dogmas incongruentes, fetichismo, sectarismo y alucinaciones) que se traduce en hambre, miseria, muertes, persecución, torturas y corrupción. Alemania como Nación, superó el trauma de la guerra, derrumbó el muro comunista y es hoy una opulenta potencia económica. Cuba, en cambio, seguirá anclada en su ruinoso sistema “socialista”.
Más de 40 millones de personas muertas en Europa, África y Asia por efectos de la guerra en tan solo 5 años, es un hecho insólito ante la historia, injustificable ante su propio juicio, más allá de su sentir plasmado en “Mi lucha” (Adolf Hitler: Múnich, 1925) ¿Fluía en su conciencia algún remordimiento, o ignoraba ex profeso las terribles consecuencias? Dice Jung al respecto: “El diagnóstico exacto de Hitler podría, quizá, ser pseudología phantastica, a saber, aquella forma de histeria que se caracteriza por la especial facilidad de creerse las propias mentiras (…). No hay nada que obre de modo tan convincente como las mentiras que uno mismo ha inventado y que uno mismo se cree…”
Los dictadores son criminales crueles, maniáticos y muy pocos se han diferenciado por su inteligencia y cultura. Todos han vivido satisfechos por las consignas de grandeza que le inoculan sus más cercanos colaboradores, también llenos de bajos instintos. De sus actuaciones se colige que son todos iguales en tanto tratan de lavar sus culpas manipulando a las masas que han apocado, erigiéndose en salvadores de un pueblo amenazado, inventando enemigos despiadados a quienes acusan de los males existentes y exculpándose de toda responsabilidad por la destrucción. Parafraseando, “no hay nada más convincente que las mentiras que han inventado y que ellos mismo se creen”.
Pero, agrega Jung:” El pueblo alemán nunca se hubiera dejado convencer por los gestos de Hitler, manifiestamente ridículos, patéticos e histéricos a los ojos de todo extranjero (…) ni por sus chirriantes discursos mujeriles, si esta figura, que a mi modo de ver se parece a un espantapájaros psíquico (con el brazo extendido como una escoba), no hubiera sido el espejo de la general histeria alemana”. Una mayoría abrumadora de alemanes se sintió fascinada ante el “influjo masivo” de Hitler y lo aclamaron en su camino al poder.
Se intuye que, en el fondo, los dictadores que logran vivir muchos años, mueren amargados porque se ven en el trance de envejecer y morir, pues, en algún momento de sus vidas se creyeron inmortales. Hitler fue temerario y al final tuvo un dejo de instinto inteligente. Haberse suicidado fue un gesto de dignidad ante sí mismo. Otros dictadores, sobre todo latinoamericanos, han demostrado ser cobardes ante la inminencia de la muerte, humillándose públicamente, después de haber actuado bajo la férula del odio y el resentimiento que llevaban por dentro. Turbados por el miedo, suplicaron la vida a sus deidades después de haber invocado la muerte en sus consignas cuando se vieron en la cima del poder, y murieron sin honor.
Existen analogías entre los dictadores del pasado y del presente que suscitan variadas reflexiones. Algunos surgieron debido a las circunstancias históricas del país donde actuaron y finalmente destruyeron, como Adolf Hitler en Alemania o Fidel Castro (1934-2016) en Cuba. Otros heredaron el poder omnímodo del Estado de un país ya destruido y sometido, como Anastasio Somoza (1925-1980) en Nicaragua y Jean Claude Duvalier (1951-2014) en Haití. Ciertos dictadores indujeron a sus países al progreso económico y la modernidad dejando importantes cimientos para el futuro de sus naciones, como Marcos Pérez Jiménez (1914-2001) en Venezuela y Augusto Pinochet (1915-2006) en Chile, sin que signifique paliativos para la condena de sus crímenes. Y en los periodos democráticos de las naciones latinoamericanas, hubo crecimiento socioeconómico en algunas, atraso y estancamiento en otras, hechos de corrupción en todas y elección de dictadores a través de sufragios, en ricas y prósperas democracias.
Un régimen político que ha destruido el presente y el futuro de sus habitantes, quienes, ya sin calidad de vida, se ven impelidos a huir del país donde viven en medio de un ambiente de penumbras; donde impera el lema de “sálvese quien pueda”; donde la vida cotidiana es un absoluto martirio y la supervivencia una agonía cada día más difícil de alcanzar; donde miles mueren por falta de asistencia médica, medicamentos e incluso por inanición y hambre (muertes lentas y dolorosas como el tormento de la tortura física), ¿puede el dictador de turno dar la cara y fotografiarse sonriente? No solo sonríen ante las cámaras fotográficas, sino que danzan como diablos en el infierno, sobre las cenizas de sus arruinados países y las miradas de sus atolondradas y parasitas víctimas que aun lo aclaman. Son pocos los dictadores adictos a la sonrisa y Hitler no lo fue, pero todos convencidos de ser apóstoles nacidos para salvar “la patria” y el mundo.
Nirso Varela. [email protected]

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