Nunca tuve un jefe tan déspota

Nunca tuve un jefe tan déspota

Foto: Maidolis Ramones

Era un nuevo trabajo. Yo estaba muy emocionada porque tenía como tres años sin ejercer y era un periódico digital, un tipo de medio en el que nunca había trabajado y estaba segura de que aprendería nuevas cosas.

Quedaba en 5 de Julio, una de las avenidas que siempre me han parecido de las más hermosas que tiene Maracaibo. La oficina estaba en un séptimo piso. Lo primero en lo que me fijé fue en que en la planta baja había un espacio verde en el que podría fumar.

Subí y la primera que me atendió fue una muchacha llamada Beatriz. Ella me estaba enseñando cómo usar la plataforma muy amablemente y de pronto escuché el grito de un hombre:

– ¡Beatriz, hace media hora que te mandé a subir una nota y estáis puro hablando guevonadas ahí!

¡Dios santo! ¿Quién podía referirse así a alguien en el trabajo. Beatriz no se inmutó y respondió amablemente:

– Voy, señor Josué

¿Señor? Nunca en un trabajo de los que había tenido alguien se refería con “Señor” al jefe. En mis trabajos anteriores llamábamos a los jefes inmediatos por su nombre y los tratábamos de tú. También a algunos les decíamos licenciado, director, presidente, dependiendo del cargo. Quizás éste era un jefe déspota que obligaba a sus empleados a rendirle pleitesías con la palabra “Señor” como una señal de sumisión.

“No, este tipo, a mí no me va a tratar así. Lo llamará ‘licenciado’ para ponerle distancia de una vez”, pensé.

– ¿Vos sois la nueva?, me preguntó.
– Sí, licenciado, le respondí seriamente.
– De aquí a la tarde te pondré un sobrenombre. Aquí todos tienen sobrenombre. No te puedo llamar “La flaca” porque ya hay una flaca aquí. De aquí a la tarde se me ocurrirá alguno.

¿Qué? Una de las cosas que mi mamá me inculcó desde niña es que nunca me dejara poner un sobrenombre. Odio los sobrenombres. “No duraré ni una semana en este trabajo. Nunca he tenido un jefe tan déspota”, pensé y pasé toda la tarde angustiada pensando en qué sobrenombre horrible me pondría ese hombre.

Para rematar le dijo a unos compañeros que me llevarán a mi casa cuando terminara la jornada laboral y al salir y verme aún en una parte de afuera de la oficina, se devolvió, cerró la puerta y gritó:

– ¡Coño!, les que dije llevaran a la nueva pa´ su casa. Claro, cómo no está buena nadie la quiere llevar, si estuviera buena ya la hubieran llevado.

“Grandísimo desgraciado. Creyó que yo no lo escuché. No lo soporto. Me gusta el trabajo, pero no soportaré a este tipo. En cualquier momento tendré un encontronazo con él. Nunca he tenido un jefe tan déspota”, pensé.

Y en la noche una cadena de mensajes por el grupo:
– Coño ¿qué verga es? La ppal tiene como 3 horas y nadie la ha cambiado.
– Mandé a montar la vaina del choque y no me pararan bola.
– El q no quiera trabajar que lo diga de una vez.
– Esta verga no es pa´estar echando carro.

Recuerdo que le escribí a una compañera.
– ¿Qué le pasa al licenciado? Casi no se le entiende lo que dice. Me atormenta que nadie le responda, le dije.
Y la chama me respondió: “La gente debe estar dormida y él debe estar borracho. Y sobre cómo escribe, no te preocupéis. Aquí tendrás que hacer un curso pa’ entenderlo. Cuando se arrecha escribe tan rápido que se come las letras.

¡Dios mío! ¿En qué rollo estaba metida?

Al siguiente día me dijo: “Te voy a pautar mija, aunque por lo que he visto, vos no necesitáis pautas. Como que conseguís noticia en cualquier parte”.

Me dio un alivio que me dijera “mija”. Aún no me había puesto sobrenombre. Pensé que en el primer encontronazo me iría. Pero dio la casualidad de que a ambos nos daba hambre a la misma hora. A las 12:00 del mediodía en punto. Y cuando comíamos juntos me di cuenta de que compartíamos muchas cosas, especialmente el amor por la literatura, el vicio por el cigarrillo y la pasión por el periodismo.

Me hacía reír demasiado con sus cuentos de que lo perseguían los mongólicos y que ellos lo veían como una persona cariñosa y no tenían idea de la angustia que le causaba que se le acercaran.

También con su terror a los muertos y cómo un día se le incorporó uno por sentarse en el mueble donde había fallecido de infarto. Me dijo que duró como tres noches sin dormir y que ya estaba requiriendo un exorcista cuando decidió hablar con el muerto y decirle que, coño, lo dejara en paz, que él no le había hecho nada, que lo dejara dormir o le dijera qué era lo que quería. Entonces, el muerto se le salió del cuerpo. Yo a veces casi me ahogaba con la comida de nada más escucharlo.

Incluso me hacía reír cuando decía que Gabriel García Márquez jodía a uno porque la lectura parecía tan fácil que uno creía que uno también podía escribir como él, pero cuando lo iba a hacer se daba cuenta de que era imposible, de que cualquiera se volvería loco tratando de imitarlo. Yo también pensaba lo mismo. Ese hombre a quien todos llamaban “Señor Josué” y que yo para ponerle distancia le decía “Licenciado”, se me parecía cada vez más a mi papá.

Entonces, él se convirtió en “Licen” y yo me convertí en “Maidolita”.
– ¿Ya fumaste, Maidolita?
– Licen, no lo diga tan duro, que salí escondida porque me llamaron la atención de Recursos Humanos por estar fumando en horario de trabajo.
– ¿Cómo es la verga? Recursos Humanos no pueden meterse con mis periodistas. Los mejores periodistas que he conocido fuman y si fuma marihuana mejor. Si a usted le da la gana se va a meter un pito de marihuana en la esquina y nadie tiene que meterse en eso.

Entonces, por una circunstancia que prefiero omitir, una enfermedad terrible comenzó a afectarme. Una enfermedad que no se ve, solo se siente. La depresión puso mi cuerpo pesado, mi mente oscura y poco concentrada y mi autoestima por el suelo. No me podía ni parar para trabajar.

La primera vez dije que tenía migraña. Con toda la pesadez de mi cuerpo fui a un CDI y pedí una suspensión por migraña. Y así lo hice como tres veces más. Creo que nadie se daba cuenta de que yo estaba enferma porque la depresión no te hace sangrar. Solo estaba más callada y más sumisa.

Un día no fui a trabajar y no sé quién más no fue que cuando él preguntó por esa persona y le dijeron que no estaba dijo: “Quizás tenga migraña”.
Yo, en mi paranoia, creí que era una indirecta para mí. Así que le confesé por privado
– Licen, yo no tengo migraña. Yo lo que tengo es una depresión crónica y tengo ganas de renunciar.
– Usted no va a renunciar un coño Maidolita. La única forma en que yo lo permita es que se vaya pa´ que su viejo. Si la veo jodiendo por ahí, me la vuelvo a traer para acá.

Por mucha consideración que me tuvieron, por mucha ayuda que me prestaron, no pude y aún no he podido superar esa enfermedad. Sin embargo, me siento NAD aún, a pesar de que renuncie. De vez en cuando escribo, aunque estoy consciente de que no lo hago tan bien. Y a ese hombre a quién llaman “Señor Josué” yo lo quiero mucho. Me parece una de las mentes más brillantes que he conocido, aunque quizás ni él mismo se dé cuenta.

Esto lo comencé a escribir para su cumpleaños, pero no pude terminarlo, apenas hoy tuve ánimos. Lo paso por aquí porque me hace puedo entrar en el Facebook ahorita y porque quiero que los periodistas nuevos sepan y los viejos se den cuenta de que detrás de ese jefe que a primera vista y cuando regaña parece un ogro, es uno de los mejores seres humanos que conozco. No sé por qué lo quiero tanto, quizás porque nunca tuve un jefe tan déspota.

Maidolis Ramones Servet

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