Una carta desnuda a mis pechos

Una carta desnuda a mis pechos: Desgarrador testimonio de una periodista «con las tetas bien puestas»

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La historia de una mujer puede escribirse tan solo a través de lo que han vivido sus tetas. Foto Mysol Fuentes

Después de un día de trabajo de oficina y agendas propias, anoche llegué a mi casa cansada y destruida. Me derrumbé en el mueble de la sala. Sentí la carga del estrés abandonar un poco mi cuerpo. Prendí un cigarrillo y viajé directo a uno de los mayores placeres de toda mujer: quitarse los sostenes. Por mucho que juegue con ellos, un hombre jamás podrá sentir la satisfacción de darles libertad a dos prisioneros que han pasado el día atrapados por las normas estéticas de la sociedad. Ahí estaban mis pechos; libres y sueltos.

Me paré frente al espejo y de pronto miré mi vida en ellos. Quedé perpleja pensando cómo la historia de una mujer puede escribirse tan solo a través de lo que han vivido sus tetas. Son tantas cosas que agradecer, que reprochar y que ofrecer que decidí escribirle una carta a mis pechos, tan desnuda como ellos.

Nací como todas. Con la libertad de un hombre. Con dos tetillas decorando el capote de mi cuerpo. No me estorbaban para nada cuando corría jugando a las escondidas con mis amigas de infancia.

Mi hermana y yo tomábamos los sostenes de mi madre… y desfilábamos envueltas en la fantasía de ser una Barbie perfecta 

Como leí por ahí, todo el mundo anhela vivir muchos años, pero nadie quiere llegar a viejo. Qué distinta es la niñez. Todos queremos ser grandes con premura. Disfrutar de la autonomía que niegan los padres e implantarse propias normas de vida. Ignorando que, alcanzada la meta, añoraremos volver a ser niños, pero eso sí que ya no podremos.

Con esa misma desesperación infantil, mi hermana y yo tomábamos los sostenes de mi madre. Los rellenábamos de medias y desfilábamos envueltas en la fantasía de ser una Barbie perfecta. Una bomba sexi, quizá una Pamela Anderson corriendo desesperada en salvar vidas sin que nadie le parara a su buena voluntad, sino a sus brinconas tetas.

Fue a los 12 años cuando supe que de verdad esas dos tetillas podrían usar sostenes reales algún día. Salía del colegio, la maestra me llevaba abrazada y con una de sus manos me rozó un pezón. «Ah, pero miren. Ya por ahí salen unos limoncitos», dijo sorprendida. Desde entonces supe mi destino: Sería una tetona como mis tías paternas.

Los limones comenzaron a crecer. Se volvieron unas naranjas y de allí pasaron a toronjas. A medida que sumaba edad me estorbaban más los pechos. Sentía que me hacían ver gorda. Despreciaba mi destino. Y lamentaba que al salir por las calles los hombres me echaran piropos: «Quién fuera azúcar pa’ endulzar esas toronjas».

Por mucho que juegue con ellos, un hombre nunca sentirá la satisfacción de quitarse los sostenes y dejar libre dos pechos.

En la universidad deseaba con furia que crearan una ley exclusiva contra los piropos maracuchos. Una amiga me alertaba: «No te quejéis  tanto Maido, hay que aprovechar ahorita, porque va a llegar una edad en la que nadie nos va a decir un coño».

Era verdad, pero es que no era solo eso. Mis senos tenían un tamaño que no correspondía con el de mi espalda. Además, para mantenerlos «erguidos» debía usar sostenes con copas. Entonces, compraba los «brasieres» talla grande y les mandaba a recoger de la espalda. No podía nunca comprar un sostén que viniera directo de la tienda para mí.

«Qué desgracia. No sé qué tanto le miran a las mujeres tetonas en la televisión. No entiendo cómo es que se las operan cuando Dios las bendice con unos senos pequeños», pensaba con frecuencia.

Hubo un tiempo en el que soñaba con hacerme una mamoplastía reductora. Una amiga se la hizo. Yo me sentía feliz, solo porque no sabía lo que ella estaba viviendo. «Maido, es horrible. No puedo quitarme los sostenes delante de nadie. Las cicatrices que quedan con una reducción son horrorosas. No es lo mismo meterse un implante que quitarse lo que Dios ya a uno le dio», me confesó llorando.

Luego supe del caso de miles de mujeres afectadas en todo el mundo por la implantación de unas prótesis mamarias fraudulentas hechas en Francia con gel no médico. El caso en Venezuela se convirtió en asunto de interés nacional. Hubo un protocolo de atención y hubo una muerta también.

Yo he cambiado con los años. Mis pechos también lo han hecho como fieles compañeros  

Quizá tener senos naturales no era tan malo como yo pensaba. Mis pechos tenían una ventaja que descubrí poco después. Además de gustarles a los hombres de las aceras, también les gustaban a los hombres que a mi me gustaban. Mis pechos me han permitido sentir un placer  mayor al hecho de quitarme los sostenes. Mis pechos han disfrutado del amor y el amor ha disfrutado de ellos. Podría decir que mis pechos son un canal para aumentar la bendición de los romances.

Cuando se pasa la barrera de los 30 años es cuando uno comienza a reflexionar que es posible que no siempre se sea joven. Y la vejez, posiblemente también, no sea una realidad exclusiva de los abuelos.

Yo he cambiado con los años. Mis pechos también lo han hecho como fieles compañeros. Se han reducido un poco y ya no son tan tersos como antes. Es posible que un día no muy lejano me quite el sostén y ellos cedan completamente a la incombatible ley de gravedad que rige el planeta, que caigan en dirección al ombligo y, entonces, no los oculte por pena a su voluptuosidad, sino para esconder los escuálidos músculos en que se convirtieron mis otroras toronjas.

Mientras tanto, hago una pausa para fumarme un cigarro y le pido perdón a mis senos por nunca querer ver la advertencia de cáncer que trae la cajetilla en la retaguardia. Pero no solo eso. Reflexiono sobre el hecho de que en este momento soy lo más vieja que he podido ser en la vida y los más joven que no volveré a ser jamás.

Agradezco a mis pechos por su compañía eterna, por permanecer conmigo incluso cuando el fulgor de los romances ya no los ha necesitado. Les pido perdón a mis senos por todos el maltrato que reciben a diario con los alambres de los sostenes. Por pensar más en la estética que en ellos.

Me disculpo con mis pechos por no ver lo hermosos y fieles que han sido. Por todas las mujeres que han muerto tratando de cambiárselos. Les pido perdón incluso por exponer su vida en la mía a través de las letras. Pero, después de reflexionar en el espejo, no puedo evitar escribir demasiado intentado explicar lo que representa su presencia para una mujer. Han aguardado en silencio todos mis desprecios, mis dudas, mis amores, mis miedos, mis más profundos secretos.

De seguro esta noche volveré a llegar tarde y cansada. Otra vez encenderé un cigarrillo y saldré viajando a liberar a dos presos. Mientras tanto, déjenme colocarle un punto final a esta carta desnuda que escribo a mis pechos.

Maidolis Ramones Servet

Fotos: Mysol Fuentes

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