Así es la historia de José e Isabel en San José de la Montaña

Un amor a lo Felipe Pirela, esta es la historia de José e Isabel en San José de la Montaña

Un sol inclemente me acompañó desde el momento que llegué a este ancianato. A mi paso avizoraba unas baldosas a cuadros blancos y rosados  que  decoran el piso del lugar, da la sensación de que éste permanentemente invitara a los abuelos a echar un pie. El ambiente se notó alegre pues, varias  abuelas entonaban boleros y las canciones de su juventud. Así es el disfrute en la casa de los abuelos San José de la Montaña, situada en Maracaibo.

Pasillos anchos, donde cuelgan las imágenes de uno que otro santo, como símbolo de esperanza para los abuelos que allí se encuentran. Al entrar nos recibieron algunas religiosas, la cordialidad de sus directoras se hizo presente en todo momento durante la visita que Noticia al Día hizo a San José de la Montaña, con motivo del Día del Amor y la Amistad, para buscar parejas de novios o esposos de la tercera edad. Fue así como conocimos a José Villasmil e Isabel Hernández, los únicos esposos que viven  actualmente en el lugar.

Así comenzó la historia de amor

Al preguntarles sobre cómo se conocieron, el abuelo José Villasmil, al principio se mostró dudoso, incluso preguntándonos de dónde veníamos, pero poco a poco, entre risas nos ganamos su confianza. Nos dijo: “Miren jóvenes, Isabel y yo nos conocimos hace 33 años, ella trabajaba en una casa de familia y yo todos los días pasaba cerca de allí. Ella tenía la costumbre de recoger los mangos que caían en el lugar y acumularlos en una taza de aluminio”.

El abuelo José relata que un día, mientras pasaba cerca del trabajo de Isabel, le pidió algunos mangos y ella muy amablemente se los obsequió.

A falta de una bolsa plástica, aprovechó su sombrero «guajirero» con franjas rojizas y azuladas, lo bajó lenta y temerosamente,  a manera de un discreto coqueteo hacia  la dama y ella colocó  uno a uno los mangos dentro del sombrero, algunos verdes, otros maduros. “A veces pasaba y le silbaba, le picaba el ojo, mientras ella me entregaba mis mangos. Así nos enamoramos”.

El  amor que se tienen estos abuelos es inmenso, pareciera que constantemente José quisiera cantarle a Isabel al oído aquel verso de la canción Frenesí: «quiero que vivas solo para mí, y que tu vayas por donde yo voy, para que mi alma sea nomas de ti, bésame con frenesí».

«A la buena de Dios»

Los abuelos llevan un ropaje muy desgastado y desteñido, José usa una camisa a cuadros azules y un pantalón caqui marrón, bastante pálido; Isabel lleva una blusa en tono rosa vieja y con algunas flores bordadas, en su cabello sobresale una cola a medio recoger y solo a instantes muestra su melancólica y agotada sonrisa.

De esos 33 años, danzando juntos por la vida y a la buena de Dios, José Villasmil e Isabel Hernández estuvieron hospedados mucho tiempo en el Terminal de Pasajeros de Maracaibo, donde aseguran que, medio se recostaban a la pared para reposar pero nunca dormían profundamente.

En ese vaivén de gente, siempre había algún pasajero que les colaboraba con dos «laticas» de refresco o unos panes salados. “Todo lo compartíamos, así fuera un solo pan, ese era pa’ los dos, mitad y mitad”, y así pasaban los abuelos sus días, uno en compañía del otro, porque no contaban para nada con sus familiares. Isabel temerosa, pues no sabía si reír o llorar y con un «hilito» de voz  relata: “A José, desde que sus padres murieron, toda su familia lo abandonó y a mí peor, porque las veces que he intentado acercarme a mi familia, hasta sinvergüenza me llaman, es decir creen que yo voy como mendiga a pedirles algo y yo lo que quiero es su cariño” refirió.

Su llegada a San José de la Montaña

Ya cuando la pareja estaba más relajada, miraban sigilosamente los pasillos, cuidando que no hubiesen moros en la costa para contarnos como fue que después de tantos tumbos llegaron a San José de la Montaña. Mientras una que otra  mosca revoloteaba en el lugar  durante la conversación, ellos comentaron “una tal Carmen que se hace llamar doctora, nos encontró allá en el terminal y nos montó en su carro llevándonos hasta el frente de este ancianato”, expresó.

El abuelo, durante la conversación, al referirse a direcciones, señalaba a lo lejos cual fiscal de tránsito. Las miradas de ambos a lo largo del encuentro se notaron desorientadas y melancólicas, como si permanentemente estuvieran buscando “el amor familiar”. Este par de tórtolos afirmó que allí les dan todos los días su desayuno, almuerzo y cena correspondientes, pero para sus medicinas apenas cuentan con una pequeña cantidad de dinero de una pensión que cobra Isabel y que es compartida entre los dos. Allí en el ancianato les facilitan una que otra medicina, situación de la que nadie tiene culpa,  esto es debido a la crisis que hoy presenta Venezuela en todos los ámbitos.

Sellaron su amor

Alertas a los horarios de las comidas y conversando entre ellos mismos, así transcurren los días de José e Isabel en el ancianato. Pacíficos y cariñosos, asi se mostraron durante toda la conversación.

Los abuelos a lo largo del encuentro, se  besaron y abrazaron muy afectuosamente mientras los acompañamos. “Aquí dentro de este ancianato nos casaron y aquí seguiremos juntos hasta que Dios quiera”, afirmó José.

La manera como José e Isabel se miran parece tararear y muy apasionadamente aquella canción que interpreta el bolerísta de América Felipe Pirela “Cuando estemos viejos, no hará falta el cielo, pues tus ojos lindos, el sol y la luna, para mi serán, y por eso quiero, dulce novia mía, que los años pasen, y llegar a viejos, para amarnos mas”.

 

 

 

Fotos: Mysol Fuentes
Noticia al Día / Vania Vásquez

No olvides compartir en >>