NAD en la frontera de fuego: Las horas dramáticas en el Puente Santander

NAD en la frontera de fuego: Las horas dramáticas en el Puente Santander-Ureña

 

Los reporteros de Noticiaaldia.com nos presentan la primera entrega de dos crónicas acezantes donde se puso a prueba el valor, la pasión por el periodismo y la extraordinaria capacidad de no caer en la adversidad

El peligro nos acechaba constantemente, mientras el temor se imponía en nuestras mentes, pero nunca olvidamos que debíamos cumplir con nuestro deber de informar

Eran las 9:00 de la noche del pasado miércoles 20 de febrero, cuando un equipo reporteril de NAD emprendió una aventura, de cierto modo arriesgada y peligrosa, pero a la vez histórica, que marcaría nuestra profesión para siempre. Mi reportero gráfico para esta misión, David Moreno y yo decidimos viajar a la frontera de Venezuela con Colombia por el estado Táchira, para darle cobertura informativa al concierto VENEZUELA AID LIVE y lo que iba a ser la entrada de la ayuda humanitaria los días 22 y 23 de febrero respectivamente.

Con poco tiempo para organizar el viaje, ya que saldríamos en pocas horas, y cansados por la jornada laboral del día anterior, sin embargo, entusiasmados por la oportunidad profesional que se nos estaba presentando, tomamos una maleta, donde metimos nuestro compromiso junto a los equipos de trabajo y unas tres mudas de ropa– podía olvidarse cualquier cosa, menos las ganas y los recursos tecnológicos para difundir la información de los acontecimientos más importantes  a nivel nacional e internacional de los últimos días.

Decirle a mi madre, en las condiciones en las que se encuentra el país, que me iba como enviado especial a Táchira, para cubrir los eventos del 22 y 23 fue algo muy dramático: Sin querer, la lancé a un océano de preocupaciones sin salvavidas. “Dios te Bendiga, te cuidáis, hijo, no vais a inventar allá”, me decía la mujer que me trajo al mundo con una mirada que retenía sus lágrimas, mientras me daba un abrazo de despedida.

De Maracaibo para Táchira y Colombia

Nuestro viaje inició a las 5:00 de la mañana cuando salimos de Maracaibo hacia el estado Táchira en un autobús. El deber de informar nos llamaba, pero la incertidumbre y el temor se imponían en nuestras mentes; no sabíamos si lograríamos llegar a la frontera y que tan riesgosa sería la tarea periodística que nos habían encomendado. Llegar al límite con Colombia, incluso atravesarla fue un desafío– días antes habíamos tenido una mala experiencia en el Río Limón, camino a Paraguachón, donde nos vimos en la obligación de abortar la misión periodística.

La incertidumbre y el temor se imponían en nuestras mentes; no sabíamos si lograríamos llegar a la frontera

Tras casi 15 horas de recorrido, al fin, pisamos suelo tachirense, pero no era un viaje de placer, inmediatamente comenzamos a trabajar: Más de 70 diputados de la Asamblea Nacional (AN) llegaban a la región para lo que sería el recibimiento de la ayuda humanitaria. En la noche pudimos alojarnos en un hotel, creyendo que podíamos descansar como correspondía, pero comenzó una especie de inmolación, debíamos procesar el material informativo y poner en regla la documentación para ir a la ciudad de Cúcuta.

Luego de dormir una hora, el 22 de febrero, a las 4:00 de la mañana, partimos de San Cristóbal a Cúcuta. Llegamos al Puente Internacional Simón Bolívar, en San Antonio del Táchira, donde cientos de miles de venezolanos cruzaban hacia el lado colombiano para darse cita en el  VENEZUELA AID LIVE. Nuestros cuerpos se sentían agotados, muy agotados (…), pero para nosotros no había nada que apagara el ánimo periodístico encendido que llevábamos.  Con maletas en mano, inmediatamente, sacamos nuestras cámaras y comenzamos a reportar lo que sucedía.

Venezolanos ingresando a Cúcuta para asistir al Aid Live Venezuela

Hasta entonces todo marchaba muy bien. Más tarde, en Cúcuta se desarrollaban ruedas de prensa y afinaciones de los últimos detalles para el concierto. Nuestras cámaras tuvieron la oportunidad de captar las imágenes y palabras del empresario Richard Branson, organizador del evento, Lester Toledo, organizador de la ayuda humanitaria en el mundo y varios artistas nacionales e internacionales, entre ellos Carlos Baute y Hilda Abrahamz, quienes estuvieron presentes.

Richard Branson, organizador del Aid Live Venezuela

Cientos de personas caminaban por las calles del municipio colombiano para concentrarse en el Puente Internacional Las Tienditas, donde se realizaría el espectáculo. Las cámaras de NAD no dejaban de tomar aquellas imágenes que quedarían para la historia. Casi ocho horas de concierto fueron cubiertas por nosotros, quienes habíamos pasado el día sin comer y con poca hidratación, pues, el tiempo iba en contra de todo lo que teníamos planeado hacer.

Sin embargo, nada de lo que habíamos vivido, hasta entonces, podría compararse con la serie de adversidades, preocupaciones y peligros que enfrentamos más adelante. 20 minutos después de haber regresado de Cúcuta y pisar suelo venezolano, la frontera fue cerrada. En ese momento, me pregunté lo que nos habría pasado si nos hubiésemos quedado del lado colombiano.

Muy tarde en la noche, llegamos a un pequeño hotel en San Pedro del Río, un pueblo ubicado en las afueras de Ureña, a hora y media aproximadamente, donde pudimos comer y, luego de procesar el material de trabajo hasta tarde, dormir unas pocas horas.

Un recorrido lleno de obstáculos hasta la frontera

La madrugada del 23, estábamos activos desde las 4:00 de la madrugada. Debíamos ir al Puente Francisco de Paula Santander, en Ureña, para darle cobertura a la entrada de la ayuda humanitaria, pero tal propósito no era fácil, debíamos superar varios obstáculos en el camino y enfrentarnos al peligro que dicho propósito representaba.

Esperábamos acostados en la habitación el llamado de las personas que nos irían a buscar en la posada. De repente, a las 4:30 de la mañana, aproximadamente, escuchamos unos gritos en medio de la oscuridad. Al salir de las habitaciones, mi compañero David y yo, junto a otros colegas que estábamos ahí hospedados, supimos que se trataba de quienes nos prestarían el apoyo para trasladarnos a la frontera. Los de afuera decían exaltados: apúrense, apúrense (…). Más adelante nos enteramos que había llegado informaciones: la Guardia Nacional cerraría las vías de acceso a Ureña. El temor y la determinación empezaron a tomar el control una vez más.

Inmediatamente, tomamos los equipajes y empezamos a correr hacia el portón, pero este estaba cerrado con candado y el dueño del hotel no aparecía, al parecer, se encontraba en un sueño profundo. Las personas que estaban del lado afuera se ofrecieron a levantar el alambre de púas de la cerca, típica de Los Andes, para que pudiéramos salir. Velozmente nos embarcamos en el cajón de una camioneta doble cabina para comenzar nuestro recorrido hasta la frontera.

Replegados con lacrimógenas 

Tras media hora de recorrido, encontramos la primera traba para desarrollar nuestro trabajo informativo. Un puesto de control de la GNB, en el Vallado,  estaba apostado en plena vía para impedir el paso vehicular. Al bajarnos, nos informan que el acceso estaba restringido y solo permitirían el tránsito peatonal. Llegar a pie a nuestro destino parecía descabellado, tomando en cuenta que la distancia era más 20 kilómetros hasta el Puente Francisco de Paula Santander. Los ánimos  de unas 50 personas, quienes también tenían previsto llegar a Ureña, empezaron a caldearse. Entre cruces de palabras y forcejeos, los efectivos castrenses se vieron obligados a abrir el paso porque las personas los superaban en número.

 

El trayecto fue reanudado y se convirtió en una caravana. Aquellas personas eran los diputados de la Asamblea Nacional y miembros de la sociedad civil, quienes se desplazaban en los otros vehículos para recibir la ayuda humanitaria. Pero los obstáculos no cesaban, a pocos metros después llegamos a una segunda alcabala improvisada, donde se encontraba otros equipos antimotines desplegados en la entrada de una curva, a tan solo media hora del último punto de control para llegar a Ureña.

Los uniformados se negaban a abrir el acceso, mientras los parlamentarios les exigían que lo hicieran, diciéndoles: “déjennos pasar, esto es para y por ustedes también, para sus familias e hijos, pónganse del lado correcto de la historia”, pero las palabras eran en vano y los funcionarios decidieron replegar la concentración lanzando bombas lacrimógenas y perdigones. La gente corría, mientras varios grabábamos  los acontecimientos.

Pá la frontera por la trocha

En medio del humo y la confusión, me separé de mi compañero David. Al montarme de nuevo en la camioneta, no lo volví a ver. Los carros se devolvían para alejarnos del lugar por el efecto de los gases químicos.

Después de recorrer varios metros, la caravana se detuvo y los diputados, entre ellos Juan Pablo Guanipa, Rafael Ramírez, Desirée Barboza, Avilio Troconis, Elimar Díaz y otros que venían de otras partes de Venezuela, decidieron junto a otras personas y los periodistas, ir por la trocha a la frontera ¡y así fue!, retamos el peligro. Mis colegas y yo debíamos ir detrás de la noticia. Subimos la montaña en varias 4×4 hasta el comienzo de la trocha y ahí inició la arriesgada expedición. Mientras caminábamos, nos preocupaba que pudiéramos ser emboscados por la Guardia Nacional, pero mi angustia se multiplicaba porque no sabía nada de mi compañero David, mientras que las comunicaciones se hacían imposible ante la falta de señal en los celulares.

Nos preocupaba que pudiéramos ser emboscados, pero mi angustia se multiplicaba porque no sabía nada de mi compañero

Hombres y mujeres atravesábamos un camino rudo de precipicios, arena y piedras resbalosas que a más de uno hicieron caer, sin poder sostenerse, ya que los cactus conformaban gran parte de la vegetación en el lugar. La hidratación era escasa, apenas, de manera improvisada, pudimos llevarnos unas botellitas de agua incompletas que compartíamos. Los caballeros ayudábamos a las damas y estas a nosotros, tras pisar suelos inseguros y llenos de obstáculos propios de la naturaleza.

En el camino, la incertidumbre seguía imponiéndose. Se discutía el tiempo que nos tomaría en llegar a nuestro destino. Con mi cámara tomaba fotografías, pero seguía preocupado. Nadie se detenía, aunque algunos, por estar agotados, reducían la velocidad de sus pasos. En la mitad de la excursión pudimos recargar con agua las botellitas, que fungían como cantimploras. Finalmente, a las 12:00 del mediodía, luego de tres horas y medias, la extenuante travesía terminó, habíamos llegado a la ciudad de Ureña, cerca del puente que divide a ambos países, cuyas calles se estaban encendidas.

De la trocha para una Ureña en protesta

El trabajo periodístico continuaba– no había tiempo para descansar. El lugar era el escenario de una batalla campal entre funcionarios de la Guardia Nacional y los manifestantes, quienes protestaban desde las 7:00 de la mañana para exigir el ingreso de la ayuda humanitaria a Venezuela: buses quemados, escombros, barricadas y personas corriendo para huir de los gases lacrimógenos y los perdigones protagonizaban los hechos.

Así se mantuvo Ureña hasta el final de la tarde. Las calles se tranquilizaban por minutos y luego volvía a comenzar la batalla. Los diputados intentaban acercarse a los piquetes de la GNB para dialogar con los uniformados sobre el ingreso de la ayuda humanitaria, pero sus planes fracasaban al ser replegados por las bombas lacrimógenas.

Por último, la situación entró en una tensa calma y pude reencontrarme con David, pero el mismo les contará en esta crónica su historia vivida y todo lo que tuvo que hacer para llegar hasta mí.

¿Dónde estabas David?

Luego de que los funcionarios de la Guardia Nacional lanzaran bombas lacrimógenas y disparos de perdigones, en la alcabala de El Vallado, a pocos kilómetros de llegar a Ureña, para impedir el paso de los diputados, todos corrimos y me vi obligado a separarme de mi compañero de labores, Haroldo, ya que, mujeres quienes acompañaban el trayecto, desesperadamente, se subieron en el cajón de la camioneta pick up en la que veníamos.

Yo, en un autobús de la caravana y él en la camioneta que estaba dispuesta, desde un primer momento, para nuestro traslado. Ambos tomamos caminos distintos. Ellos alentados por un lugareño del pueblo para llegar al objetivo a través de una trocha, y yo resignado a devolverme al pueblo San Pedro del Río.

Llegamos a la conclusión de que la única alternativa era volver a El Vallado y seguir nuestro periplo a pie hasta Ureña

En ese momento, las comunicaciones se perdieron y al cabo de una hora ya estaba en el mencionado pueblo. Pensaba cómo podía llegar al propósito de nuestro viaje. Luego de media hora discutiendo, con un colega de un diario marabino, a ambos se nos ocurrió la idea de contratar dos mototaxis y buscar vías alternas al Vallado para llegar a Ureña.

Nuestra esperanza se devastó con la opinión de los mototaxistas que escuchaban nuestra propuesta. Llegamos a la conclusión de que la única alternativa era volver a El Vallado y seguir nuestro periplo a pie, algo con lo que José Manuel, conocido en el periodismo marabino como “El Pollo” no estaba de acuerdo.

Al final logré convencerlo y una última advertencia de un Guardia Nacional es recibida con la mano puesta en mi hombro: “Hermano, usted es consciente que allá abajo hay grupos de colectivos que lo pueden robar y hacerle un daño”. Mi cabeza empezó a dudar por segundos, pero mis cuestionamientos internos fueron superados por el sentido del compromiso, por lo que decidí abrir paso al largo camino bajo mi responsabilidad.

Después de dos horas de camino, unos estudiantes decididos a emigrar a la hermana República, se hacen compañeros de viaje tras una breve y amena  conversación. Todos ellos provenientes de Barcelona, estado Anzoátegui. Más de una vez, me preguntaba por el paradero de mi compañero Haroldo.

Caminata a pie desde El Vallado hasta Ureña

Luego de caminar cinco horas y con poca hidratación, me encuentro en la entrada de la ciudad fronteriza de Ureña, su aire estaba consumido por humo y sus calles arropadas de escombros, como si se tratara de una zona de guerra. Mi preocupación se incrementaba al no tener ningún tipo de comunicación a través de mi teléfono celular. Lacrimógenas y perdigones iban y venían, por lo que me vi obligado a refugiarme en un local comercial, del centro de la ciudad, cuya dueña dudaba en ayudarme al no saber mi procedencia, pero, finalmente, accedió amablemente.

Una decena de manifestantes eran replegados, mientras que los postes de luz caídos dejaban escuchar el sonido fuerte del fluido eléctrico por sus guayas desprendidas. No quedaba otra cosa más que esperar pacientemente. mientras tanto, desplegaba el lente de mi cámara, tratando de captar el momento de tensión vivido a lo largo y ancho del centro de la ciudad.

Finalmente, llega el sonido de mi celular; Haroldo, en tono desesperado, en voz entre cortada por problemas de señal, trataba de explicarme donde se encuentra sin darme una concreta dirección. Tres minutos más tarde, recibí su ubicación vía WhatsApp y, con la ayuda de un lugareño, llegué al lugar de encuentro con él, sin mucho sentimentalismo para no perder tiempo en nuestra labor.

Trancados en Ureña

Una tensa calma se apoderó de la noche del 23 de febrero. Pero una difícil situación se nos volvía a venir encima;  de alguna manera, nuestras vidas corrían peligro.  No contábamos con nuestros equipajes, porque se habían quedado en el autobús de la caravana, el cual se devolvió a San Pedro del Río, el pueblo donde nos quedamos la noche anterior. Las vías de Ureña estaban cerradas por los organismos de seguridad, no teníamos donde cambiarnos y mucho menos dormir. El ambiente, lleno de escombros y con olor a gases químicos, no se prestaba para salir a buscar alojamiento ni tampoco comida.

Gracias a un alma piadosa pudimos ducharnos, comer y dormir seguros en su humilde hogar. Nos prestó su ropa y la de su familia, mientras lavaba la nuestra

Un alma piadosa, al vernos solos y desamparados, nos ayudó: nos permitió el acceso a su humilde hogar, nos prestó su ropa y la de su familia, mientras lavaba la nuestra. En esta casa, cinco colegas, entre ellos una dama, pudimos ducharnos, comer y dormir juntos en una misma habitación, regados en una cama, un colchón, pero también en el piso. Lo importante era el hermoso gesto de amabilidad de la dueña de la propiedad y por supuesto el hecho de estar seguros luego de un largo día lleno de dificultades.

Ya acostados y un poco relajados, el temor aparecía y el peligro acechaba de nuevo. En las calles se escuchaban fuerte detonaciones y el sonidos de las motos. Pensábamos que podrían allanar las casas, cuestión que afortunadamente no ocurrió.

David Moreno, otros tres colegas del Zulia y yo, vivimos una de las experiencias más hermosas de nuestras vidas, a pesar de las dificultades y poner en peligro nuestras integridades físicas. Después de todo lo acontecido, estamos más convencidos que no nos equivocamos de profesión.

 

Redacción: Haroldo Manzanilla/David Moreno

Fotos: David Moreno/Haroldo Manzanilla

Noticia al Día

No olvides compartir en >>