Heredia Rita: la abuela jodedora y poeta se fue a contar sus vivencias en la eternidad

Heredia Rita: la abuela jodedora y poeta se fue a contar sus vivencias en la eternidad

No fueron 120 años, fueron los eternos ochenta y pico que decidieron despedir a Heredia Rita, mi abuela. Anoche decidió ir al encuentro con sus hijos Yelitza, Maribel, Henry -mi papá-, Fuentico y Chichí, y con su eterno amor, mi abuelo José Elías.

Trabajadora, conversadora inagotable, de todo sacaba una historia cargada de humor… Así fue su despedida, habló hasta por los codos, echó broma con médicos y enfermeras. Su última carcajada quedó retumbando en el alma de quienes tuvimos la dicha de convivir con Heredia Rita. Te amo abuela.

Chuchumeca y habladora, vomitó la melancolía y quedó hermosamente bella para la sociedad. Son muchos los poetas presentes y lloran tras la muerte de cual sea, excepto mi abuela, son infinitas las veces que me escribió. No son cuentos ni son poesías, son vivencias del día a día. La «Anecdótica de gris, blanco y negro», diría yo.

Cuando papá era un niño, mi abuela le preparaba su sopa con ancas de rana. Siete varones, tres hembras y otra aunque no nació de su vientre, nació de su corazón, María Magdalena,  su  llegada fue en el momento justo al encuentro de su hermana más chiquita, la Dunita como me decía tu papá, solo por eso más agua a la sopa y a celebrar juntos tanta felicidad.

Era común que se le inundaba la casa, que los hijos salían y se montaban en su propia canoita, entraban al Río Chama y El Escalante, en Santa Bárbara del Zulia. Comienza a caer la noche, la lluvia con huecos preciosos en el rancho, haciendo la mamá huevos de cocodrilo, ella orgullosa le decía Fuentico.­

 

Lectora empedernida, siempre acompañada de la luz de su vida Sara Isabel, hija de Maribel. Foto: Mysol Fuentes

-pásame los huevos ricos que están allá debajo de la batea están.

A los quince años se casó con su moreno Fuentes,  le decían.  La muerte puso el punto final de aquellos cuerpos que se amaron, era mi abuelo comunista de batalla.

-‘Hable, diga el nombre cada uno de los camaradas’, sonó de los huesos una lanza para azotarlo, encerrado a oscuras, húmeda y fría.

-‘No le voy a decir nada’, con mucha gloria,

Continuó sin fecha ni nombre, preferían morir que denunciar. Era el partido de la época.

Era mi abuelo.

La abuela sola, triste y desamparada para ir soltando cada palabra que narra una poeta como acontecimiento, lo canta a pulmón abierto.

No había plata, pero sí inteligencia: Fuentico fue economista pero murió, Dumnia licenciada de educación, Henry fue periodista, Chichí médico, Paramaconi abogado, Alonso especializado en construcción, Germán educador, Yelitza murió entre fuego, Maribel fue atropellada y su nieta, Sara, que la acompaña con condiciones especiales y es mi prima.

Fue duro, el llanto termina en humor divino y puro que saca risas, Heredia Rita tuvo nietos, bisnietos y tataranietos. Incluyéndonos a Mysol y a mí. Antes, tenía una floristería y el dolor se convertía en consuelo en cada rosa que sumaba coronas eternas,  sacó fotocopias al que pasara por la avenida principal acompañadas de una anécdota que ilumina el rostro de cualquier transeúnte. Contra viento y marea, subió la escalera hasta el cielo con doscientos pisos, a pesar de tener los ochenta y pico de años en El Vigía, estado Mérida.

Ella fue una cuenta cuentos, su voz y su tono. Los narró en forma poética fuerte y valiente, lo que pasa es que yo no lo digo, lo veo y lo escucho. Heredia Rita ha sido clave para la eternidad.

«Esto no son poesías, ni tampoco son cuentos; son cartas que escribo pa’ que cuando yo muera, si mis hijos no las quieren, que se las lleve el viento. 

Irán de rama en rama, las leerá la iguana, las leerá el turpial y todos los seres del campo. El sapo le dijo a su prima la rana: – ya yo las leí, ¿qué haremos con ellas? quiero ir a jugar- El conejo responde: -¡yo en mi casa las voy a guardar, porque si se las prestamos a la lluvia, ella las puede mojar!-

Hijos, si las quieren leer también, les doy un consejo: ¡vayan a la casa del conejo!

¡Cuántas anécdotas, cuántas vivencias nos dejan los abuelos! Es que la abuela mía, Heredia Rita es un cuento viviente, el humor para opacar las tragedias ha sido su modo de vida, una risa que se convierte en llanto y viceversa. Fuerte y trabajadora, orgullosa de sus hijos, nietos y bisnietos.

Por allá en la avenida Bolívar de El Vigía, la casa de la floristería El Rosal, se mantienen vivos los recuerdos con sonidos y aromas. Una pasta con mantequilla y tajadas era el exquisito menú que me hacía mi abuela en cada visita, a veces cortas, otras extensas. Tres meses viví con ella, tenía yo cinco años, fui al kinder con mi tío menor Oscar, y ella me preparaba mi loncherita con las más ricas tajadas del mundo. Al llegar, me esperaba el saxofón de mi abuelo Fuentes, el que yo aprovechaba de sonar a todo pulmón mientras él hacía la siesta.

Mucho podríamos contar de Heredia Rita, Fabiana y yo, nietas privilegiadas de tener una abuela de historias vivientes que pasarán a la eternidad. Aquí sus videos:

 

Ay abuela, quedan siempre sus memorias y risas.

 

Nietas de Heredia:

Fabiana Fuentes

Periodista motivacional

 y parálisis parcial del lado

 derecho de mi cuerpo

 

Mysol Fuentes

Fotógrafa que escribe

hija de Henry

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