Urdaneta en Turupía: los años de sosiego

Urdaneta en Turupía: los años de sosiego

El General en Jefe Rafael Urdaneta, fue el último presidente de la República de Colombia (sept.1830-abril 1831). Sin dudas y por muchas razones, la magistratura más alta y emblemática de América del Sur para la época. Pero al poco tiempo de su forzada dimisión, Urdaneta llegó a ser un simple y pobre agricultor. Pasó del palacio presidencial a la humilde choza campesina; de la altiva Bogotá, al apacible caserío de Turupía, un sitio enclavado en el sistema montañoso coriano.

 No obstante, resultó un gran alivio para él y su familia llegar a dicho destino. Pasó meses en el exilio de Curazao, con su ya numerosa familia (Doña Dolores tuvo en Curazao su sexto alumbramiento), agotando sus últimas reservas económicas, sumando fracaso tras fracaso en su improvisada carrera como comerciante, mientras tramitaba el permiso para volver a Venezuela. El permiso, denegado en un principio con argumentos anodinos por José Antonio Páez, lo obtuvo a través del Vicepresidente Carlos Soublette, pero solo para que regresara a la provincia de Coro, donde su presencia no produjera sobresaltos.

Expulsado de La Nueva Granada en 1831 e impedido de ingresar a su país de origen del cual era uno de sus Libertadores, Urdaneta llegó finalmente a  Turupía en 1832, luego de obtener la autorización del gobierno de Venezuela. Se instaló con su familia en un hato agrícola y se dirigió al juzgado de paz correspondiente para jurar la Constitución y registrar su nombre y el de su familia como nuevos vecinos en los padrones de población.

Con ese acto, renace como ciudadano venezolano y se hace acreedor de los deberes y derechos previstos en las legislaciones vigentes. Sin embargo, para Urdaneta, en esos momentos, lo más importante era la subsistencia alimentaria, que tendría que arrancar del arado de la tierra y la cría de animales, pues no gozaba como otros próceres, de ningún tipo de dieta (sueldo o subvenciones), ni recompensas por sus servicios a la Patria durante la guerra de independencia. Pasó dos años continuos (1832-1833) de duras faenas en el hato de Turupía, sin interrupción, trabajando la tierra para sobrevivir, en la paz de su casa campestre, apartado de la vida pública y trayendo al mundo dos nuevos descendientes (1832 y 1834). A pesar de todo, fueron los únicos años en su vida de sosiego familiar.

 Urdaneta se asentó en la parroquia Pueblo Cumarebo, jurisdicción del cantón de Cumarebo en la provincia de Coro y allí se tornó en un habitante más de la república de Venezuela. Como si acabara de nacer. Su nombre quedó inscrito en el  juzgado de paz de la parroquia y de allí pasó al censo de población parroquial como nuevo miembro del vecindario. Ese acto tan sencillo y rutinario, lo inician involuntariamente en la vida pública. Con los padrones de habitantes de cada parroquia, se tenían a la mano los censos de población, con los cuales se realizaba el escrutinio para seleccionar los ciudadanos (todos inobjetablemente del sexo masculino) que cumplieran los requisitos indispensables para ser electores parroquiales, que a su vez, elegían los Colegios Electorales de cada cantón.

Las elecciones a realizarse en Venezuela en 1834 comenzarían en las Juntas Parroquiales para elegir los miembros del Colegio electoral de cada cantón y posteriormente éstos se reunirían en el cantón principal (capital de provincia) para elegir al Presidente y Vicepresidente de la República y a sus Representantes (Diputados y Senadores) ante el Congreso Nacional. Eran elecciones de Segundo Grado. De acuerdo al censo de población, la provincia de Coro tenía más o menos 65 mil almas  para 1834, le correspondían dos Senadores y dos Diputados.

 Llegado el tiempo de las elecciones, era obvio que Rafael Urdaneta reunía los requisitos constitucionales para ser elector de la Junta Parroquial de Pueblo Cumarebo. Para sorpresa suya, fue elegido miembro del Colegio Electoral del cantón de Cumarebo en el mes de agosto de 1834. Por ello, recibió comunicación desde el Juzgado Político de dicho cantón, notificándosele que debía reunirse en la capital de la provincia con los demás miembros elegidos del Colegio Electoral de los otros  5 cantones, el 1 de octubre de ese año. Así comenzó de nuevo su vida pública: desde el más bajo estrado de la ciudadanía.

Para cumplir sus compromisos ciudadanos, Rafael Urdaneta se vio impelido a interrumpir sus actividades pastoriles con el objeto de dirigirse a la ciudad de Coro,  participar en la escogencia de los miembros de su provincia para el Congreso Nacional y emitir su voto por cualesquiera de los cinco candidatos que se disputaban la presidencia de la república para sustituir a Páez, quien llegaba al final de su período. Luego del evento de votación, regresó a Turupía para continuar sus únicas actividades de subsistencia, alejándose otra vez  de la vida pública, consagrado  a su familia y a la naturaleza. No por mucho tiempo. Aquellas elecciones trajeron terribles fisuras al país al ser elegido presidente de Venezuela el médico civilista José María Vargas, contra las pretensiones de los militaristas de ostentar el poder. Por otra parte, en julio de 1834, estalla una refriega en Maracaibo entre las facciones políticas “Campesinos” y “Tembleques”, grupos oligárquicos que se disputaban el poder político de la provincia.

Los enfrentamientos provocaron graves trastornos hasta el punto que los “Campesinos” depusieron por la fuerza al legítimo gobernador Ramón de Fuenmayor y lo remitieron preso al Castillo de San Carlos, poniendo en su lugar a Lino Celis, no sin que antes, corriera la sangre. La  insurrección inquietó al poder central en Caracas y lo indujo a solicitar a Urdaneta que acudiera a la Capital para ponerse al frente de una división del ejército y marchar hasta Maracaibo con el fin de someter los insurgentes. De nuevo Urdaneta desciende la serranía dejando atrás su familia y su apacible pueblo, para cumplir otra misión. Esta vez, se jugaría la vida. Era noviembre 1834. Dejaba a su hija Susana recién nacida, a Dolores y Rosa de 2 y 3 años de edad respectivamente;  a Adolfo de 4, Amenodoro de 5, Octaviano de 8, Luciano de 9 y Rafael de 11 años de edad, fruto  de su matrimonio con Doña Dolores Vargas (Bogotá 1822). Sus hijos eran bogotanos, maracaiberos, curazaleños y ahora corianos. Los siguientes serían caraqueños.

Urdaneta había sido  Intendente del Departamento Zulia (Maracaibo, Trujillo, Mérida y Coro) durante la república de Colombia, entre los años 1824 y 1827 y gozaba de gran influencia entre la población marabina. Fue así que lejos de llevar un  ejército,  decidió viajar solo a Maracaibo,  desde  Casigua de Coro hasta Los Puertos de Altagracia para cruzar el lago y llegar a la ciudad de Maracaibo. Venía  como comandante de Operaciones sobre Maracaibo y de inmediato entró en conversaciones con los líderes principales de las facciones políticas que se disputaban el poder y restauró el orden constitucional en muy poco tiempo.

Ramón de Fuenmayor fue excarcelado del Castillo de San Carlos y puesto otra vez como legítimo gobernador. Las facciones entraron en pactos de convivencia hasta que se verificasen los resultados de las elecciones. La paz y  el orden volvieron a reinar en Maracaibo. También por breve tiempo. Vendrían nuevas convulsiones inmediatamente después que Urdaneta abandonó la ciudad. De Fuenmayor renunció al cargo de gobernador, lo sustituyó Manuel Ramírez y éste huyó cuando la violencia cundió sin control. Ante el vacío de poder, se produjo el primer movimiento separatista de Maracaibo (1835), liderado por José María Faría, quien  designó a la entidad “República de Colombia”.

Cumplida su misión en Maracaibo (diciembre 1834) Urdaneta  siguió hasta Caracas a dar cuentas de sus gestiones y para otros menesteres de suma urgencia. Regresa a Coro y sube la sierra para llegar a Turupía. Una vez allá, es llamado de nuevo a Caracas (Agosto 1835)  para obrar como Segundo Jefe del ejército constitucional contra los líderes del movimiento reformista. Regresó a la Capital,  desempeñó la comisión y junto a la decisiva intervención de Páez, quedó restablecido el orden en Venezuela. Volvió a Turupía afectado seriamente de la vista, descansa el año 1836 hasta 1837 cuando se realizan nuevas elecciones.

Al finalizar los escrutinios, recibió con satisfacción la noticia de haber sido elegido Senador por la provincia de Coro. Entonces, reunió a toda su familia y marchó con rumbo a la capital del país, a imponerse de su nueva investidura. No la ejerció. Le esperaban los últimos  años de su vida tan agitados y llenos de responsabilidades como toda su existencia. Urdaneta abandonó Turupía para siempre, su pequeño oasis durante más de 4 años, su estancia de paz y sosiego en el bajo perfil, y tornó de nuevo a la vida pública del alto gobierno. En adelante no descansará ni un solo momento como estadista. Morirá 8 años después sirviendo a la Patria.

NIRSO VARELA (HISTORIADOR)

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