Y si Dios algún día se embriaga… (Cuento corto de mí mismo en tercera persona Alberto Morán )

Y si Dios algún día se embriaga… (Cuento corto de mí mismo en tercera persona Alberto Morán )

El periodista Alberto Morán estaba sentado en su casa frente a la computadora sin una locha en el bolsillo, limpio, como la mayoría de los comunicadores de su natal Venezuela; pensaba sin entender cómo había sobrevivido a tantos infortunios de la vida, primero a un infarto que lo mantuvo tres días en la Unidad de Cuidados Intensivos de una clínica, segundo, un cáncer en la amígdala izquierda que supera con éxito después de 11 quimioterapias y 35 radioterapias en el cuello, una técnica espantosa cuyos rayos encubiertos le quemaron en silencio la piel y le desagarraron subrepticiamente la carne; desde el puno de vista médico científico era la única alternativa que tenía de no morir en el desesperado intento de salvarse.

No sabe el comunicador si absorto, abstraído -o simplemente se durmió con los ojos abiertos mirando la pantalla del ordenador-, tuvo una alucinación o un sueño revelador producto quizás de todas esas adversidades; Alberto Morán no negó que al principio sintió miedo, no por el significado de la manifestación mental, sino por el temor de que el chorro de las quimios por las venas le hubiesen matado las pocas células del pensamiento que le podrían haber quedado por ahí desperdigadas en la cabeza.

De cualquier modo, ese sueño, pesadilla, alucinación, abstracción o como se llame, consistió en plantear por qué, a pesar de todo, el periodista Alberto Morán tuvo la gracia de seguir respirando en la vida.

 Vio a Jesús, no al catirito de ojos azules que interpretaron en la gran pantalla Robert Powell o Mel Gibson; no, era la imagen de un hombre que vestía una túnica blanca y calzaba unas rústicas sandalias de cuero, que poseía el rostro feo que publicó la prensa del moreno de rasgos ordinarios, barba y pelo corto, que hizo el médico y artista Richar Neave en conjunto con científicos británicos y arqueólogos israelíes.

El Redentor, con un cucharón casco ´e mono  del largo de una pala de cortar hierba, revolvía con las dos manos una olla de sancocho del alto de una  pipa, mucha más ancha, sí, posiblemente el doble, que comenzaba a hervir sobre cuatro piedras y unos palos secos de dividivi prendidos.

En los alrededores saltaba el clásico diablo rojo que traen los empaques de las cajitas de jamón enlatado apoyado en su tenedor gigante. El demonio se le acercó a Jesús y le habló al oído, Alberto Morán no escuchó lo que le dijo, apenas oyó al Señor responder molesto: “¡Chico deja a ese gordo quieto, qué es la vaina!”

El diablo siguió brincando sin perder de vista a Jesús que continuaba revolviendo sin parar la inmensa olla de sopa de huesos rojos, hasta que sudando la gota gorda se retiró, tomó su totuma y se sirvió un “palito” de vino para el calor. El diablo viendo salir al Mesías llamó: “¡Judas!” Y a su encuentro acudió un hombrecillo con ojos de serpiente venenosa, baja estatura, enérgico, inquieto, no paraba de moverse”. Satanás le dijo algo al bíblico traidor que tampoco escuchó el comunicador social.

Jesús regresó y comenzó a repartir el sancocho,  vio al diablo arisco y se acordó ¡Alberto Morán! Cristo se  apartó de la gente, se puso en cuclillas, levantó la puerta del piso para mirar hacia abajo y balbuceó: “que hace ahí ese gordo si yo no lo anoté en la lista que le entregué a San Pedro”. El Señor volteó en busca de su ejército de ángeles que ya se habían metido la primera cucharada de sopa en la boca y les dijo: “me sacan ¡ya! a ese periodista de la UCI, además ese no tiene plata con que pagar la cuenta”.

El Salvador buscó con la vista a Satanás para reprenderlo y no lo vio, el demonio se marchó al verse descubierto sabiendo que Dios lo iba a fustigar con dureza, sin embargo, después regresó y Jesús lo perdonó con la condición de que no se metiera más con Alberto Morán solo que, como siempre, el príncipe del mal no le hizo caso.

Y una vez, hacía ya un año o poco más, Jesús estaba echándole a las ovejas hambrientas unos tumbaranchos y unas arepitas agüita ‘e zapo que sobraron de la cena, y al terminar  fue a tomarse su totumita de vino de una botella que mantenía en su visicooler personal.

Satán viendo a Jesús retirarse llamó a Judas, le hablo al oído y el perverso hombrecillo salió y levantó la hoja de la puerta del piso, miró hacia abajo y regresó corriendo.

-¿Qué hace Alberto Morán, cómo lo ves? –le preguntó Luzbel intrigado y ansioso.

-Se ve en muy buenas condiciones, allá esta con Josué Carrillo tomándose una botella de una cosa cristalina, no sé qué es, porque se están atravesando muchas nubes y no dejan ver bien, pero por el color sé que whisky no es -dijo el ser de mirada venenosa.

-No, qué van a tomar whisky esos dos pelaos –dijo el rey de las tinieblas.

-Sí, quizás que lava gallo están bebiendo –dijo el delator de Jesús saltando intranquilo, loco por cumplir alguna orden malvada del diablo.

-¿Hay que quitarle la vida? –le ordenó el demonio apoyado en su tridente.

-Si queréis lo pongo a que lo machuque una gandola –le propuso el felón delator del Nazareno frotándose las manos de gozo.

-No, no, hay que matarlo poco a poco, para divertirnos un rato –dijo el demonio.

-Ah bueno, le ponemos un cáncer en la amígdala izquierda pa’ que vaya muriendo lentamente –dijo el brazo derecho de Lucifer.

-Me parece buena idea, dale de una vez antes que venga Jesús –dijo belcebú.

Poco después llegó el Nazareno y no vio a Satanás, por suerte tal vez, volvió a recordar al comunicador social y fue a la puertecita en el piso, abrió y gritó: “¡Coño!” “¿Dónde está el diablo?”, le dije que no se metiera más con Alberto Morán y no me paró bolas.

Jesús volteó y le dijo a los ángeles: “bueno, ya que le hagan las quimios y las radios, eso sí, después me liberan  a ese pobre gordo de todo ese mal, y yo solo hablo una vez”; los ángeles dejaron las cucharas de taparas botadas y salieron a salvar al periodista, que evidentemente está protegido por Cristo Redentor, pero… ¿y si Dios algún día se embriaga o se olvida de la cuestión y el demonio se sale con la suya? ¡Repréndelo Señor!, que Alberto Moran todavía no aparece en la copia de la lista original que el Nazareno le entregó a San Pedro.

 

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