La breve historia de una mujer centenaria

La breve historia de una mujer centenaria

Ana Regina Mora celebró un siglo de vida el 7 de abril de este año con una reunión familiar que reunió a sus 7 hijos, 19 nietos y 40 bisnietos

Ana Regina Mora celebró un siglo de vida el 7 de abril de este año con una reunión familiar que reunió a sus 7 hijos, 19 nietos y 40 bisnietos

—Hace diez años, dejé mi vida a la voluntad de Dios. Decidí que sea lo que Él quiera.

Y Dios quiso que viviera. Lo quiso tanto que ya lleva más de 100 años.

Ana Regina Mora ha tenido una vida larga y tranquila. De niña, siempre obedecía a su madre, no aguantaba sereno, no salía de su casa sin supervisión y no se bañaba los viernes de Semana Santa. Siempre obediente, siempre pasiva.

Nació en Falcón y se mudó a Maracaibo a los 9 años junto a su abuela, su mamá y su hermano menor.

 Recuerda las recatadas fiestas a las que asistía cuando era adolescente en Ondas del Lago, acompañada por su madre, porque en aquellos tiempos una señorita que se respetara no iba sola a ningún lado. A los encuentros invitaban sin falta a 15 muchachas y 15 muchachos. Hacían hervido de gallina y ensalada y, según ella, nunca había pleitos.

A Ana no le gustaba mucho ir a la escuela. Prefería resguardarse en lo doméstico, ayudando a su madre en la cocina. Cuando era una jovencita se montaba cada día con su prima en el tranvía eléctrico que cubría la ruta desde la avenida Bella Vista hasta el centro de Maracaibo, donde trabajanban en una fábrica de dulces.

A los 20 años se casó con un hombre de 32 que la visitaba de 7.00 a 9.00 de la noche, como demandaban las estrictas normas de su madre, y que la conquistó a punta de serenatas. El hombre en cuestión se llamaba José Antonio Toledo y era un pescador que luego se convirtió en vigilante. O como se conoce popularmente por estos lares: en “guachimán”.

Los primeros años, vivieron en una casa alquilada, mientras su esposo construía poco a poco una propia.

—Él fumaba, le gustaba beber y se enamoraba mucho, pero uno aguantaba callada para no provocar pleitos en la familia. Cuando una mujer que se casa, es del marido —cuenta quien se crió bajo los restrictivas normas de comportamiento de una época en la que las mujeres gozaban de mucha paciencia y poca libertad.

Los signos del apocalipsis  

A principios de los años 30, cuando vio el primer avión surcar el cielo marabino, Ana pensó que el mundo se iba a acabar. Y no fue la única en sorprenderse al ver que los seres  humanos eran capaces de desafiar la gravedad con tanta naturalidad.

El mundo no se acabó, y su capacidad de sorprenderse por los insólitos inventos de la humanidad fue poco a poco desapareciendo.

Diez criaturas, un mismo vientre

Ana Regina necesita todos los dedos de sus manos para contar las veces que ha dado a luz. Sus primeros partos los atendió una comadrona, en su propia su casa, acostada en su propia cama sin anestesia ni sofisticados cuidados. A los últimos los tuvo en el Hospital Central y en la maternidad Castillo Plaza.

Ahora, solo le quedan tres varones y cuatro hembras. Su primer hijo murió a los siete años de convulsiones. Otro se ahogó a los 17 en la playa “San Benito”, a un par de kilómetros de su casa. Y uno murió a los 3 días de nacido por causas que en su momento no pudieron explicar. Ella suele culpar al sereno.

—El varón no es igual que una hembra. Las hijas cuando se casan, los maridos se las llevan y los viejos se quedan solos.

Para finales de los años 40, con ocho hijos que no pasaban de la adolescencia, las entonces treintañera disfrutaba al escuchar la venerada radionovela el “Derecho de nacer”, protagonizada por el querido doctor Albertico Limonta. Mientras de la radio se asomaban el dramático romance entre el Albertico e Isabel Cristina, Ana reñía a sus hijos, preparaba sus populares dulces de icaco y vivía satisfecha en su rol de madre y esposa.

—Antes, las mujeres sufrían más, las planchas eran de hierro y se lavaba en batea. Ahora, las mujeres la tienen más fácil.

Así, los años pasaron sin avisar y sus hijas fueron abandonando poco a poco el hogar. Cada una con una pareja, un oficio y una nueva vida. Sus hijos varones, en cambio, aún permanecen bajo el techo que construyó su padre décadas atrás, uno acompañado de su propia familia, otro soltero y el más especial de todos: Nelson, quien sufrió meningitis de niño y depende del cuidado de su madre, de sus hermanos y sobrinos para sobrellevar la cotidianidad.

—Siempre les digo a mis hijos y nietos que el día que Dios me llame, cuiden a Nelson. Vean por él porque es el que más me necesita.

Pero ese día aún parece lejano. “La patrona”, como la llaman en broma sus 19 nietos y 40 bisnietos, guarda con celo en su bolsillo las llaves de su casa, sabe con claridad en cuanto salió la última compra de víveres y desde la mecedora donde pasa la mayor parte del tiempo escucha y ve más de lo que muchos pueden creer. Incluso cuando pareciera que está durmiendo, está atenta, sumida en sus pensamientos.

El secreto para sortear la muerte

En la vida, Ana se ha privado de muchas cosas, menos de comer lo que se le antoje. Sus hábitos derrumban todos los mitos de una dieta sana para vivir una vida larga. Le encantan las empanadas, los pastelitos, el plátano cocido con queso y al plato de mondongo no lo abandona hasta verle el fondo. Nunca le encontró el encanto al licor. El vino le sabe mal, el ron le sabe peor y ya del whisky ni hablar. Una vez, en medio de una celebración familiar, y empujada por la presión social, se bebió una botella de cerveza a la que le echó dos cucharadas de azúcar para poder tragar.

—Antes, la vida era barata pero los hombres no echaban pa’ lante. La vida era tranquila. Ahora, la gente vive con miedo.

Cuando está acostada, Ana piensa mucho en los que están muertos: sus padres, sus hijos, su hermano, su esposo… Por eso prefiere estar despierta que presa en los pensamientos de quienes añora. Sabe que el destino los hará reencontrarse más temprano que tarde, pero cien años no le han bastado para prepararse para recibir a la muerte como una vieja amiga a la que ha creído conocer de vista cuatro veces:

La primera, cuando sufrió una neumonía hace más de 30 años; la segunda, cuando le falló el corazón y se negó tercamente a usar un marcapasos; la tercera hace cinco años, cuando perdió la voz y se quedó sin fuerzas postrada en la cama durante semanas.

Desde hace seis años, Ana se mueve con un temple envidiable apoyada en su andadera

Desde hace seis años, Ana se mueve con un temple envidiable apoyada en su andadera

Hace seis años, se fracturó la pierna izquierda luego de una caída en su casa. El médico que la atendió en aquel momento le dijo que no caminaría más. Con 94 años, tuvo once meses en cama, pero no se rindió. Después de terapias y mucha terquedad, Ana Regina recuperó su autonomía y comenzó a moverse con una agilidad asombrosa para alguien que debe caminar arrastrando una andadera.

En la despensa, Ana Regina guarda las medicinas que toma religiosamente para controlar la tensión, la circulación y el azúcar. Lo que le ha dado más problemas es su insuficiencia cardíaca. Los médicos del Hospital Central, el que más frecuenta en sus episodios críticos, se asombran cada vez que la ven llegar aún estoica y con vida. “¡Señora, usted todavía está con nosotros!”, exclaman cada vez que se la encuentran.

—El año pasado, en medio de una crisis de salud, los médicos le recomendaron a mi hijo mayor que prepara las diligencias para el cementerio porque, según ellos, yo no pasaba de esa semana.

Su hermano murió a los 93 años y su madre a los 96. La longevidad parece un atributo dominante en su ADN.

Ana Regina Mora votaba siempre por el candidato que tenía más posibilidades de ganar. Nunca tuvo un espíritu rebelde, no protesta, se queja poco, siempre hizo lo que se esperó de ella. Como diría Julio Olalla, ha vivido un siglo entero llena de respuestas a preguntas que no se hizo.

Ana acompañada con cuatro de sus 40 bisnietos, quienes la consideran "la mejor abuela del mundo"

Ana acompañada con cuatro de sus 40 bisnietos, quienes la consideran «la mejor abuela del mundo»

 

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Fotografía: David Contreras 

Estefanía Reyes

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