31 horas negociando con el hampa

31 horas negociando con el hampa

En un santiamén te quitan la vida y dejan, solamente, un desgraciado recuerdo a tu familia. Eso pensó Ernesto aquel domingo en la noche cuando lo llevaron con el rostro cubierto a una casa abandonada al sur de Maracaibo y le ordenaron arrodillarse. De un balazo acabarían con sus 29 años.

Dos horas antes, a las 6.30 de la tarde, Ernesto conducía su auto por la Circunvalación 2 (C-2) en busca del último pasajero del día. No era taxista oficialmente, pero semanas atrás había decidido hacer carreras para conseguir dinero extra.

Frente a Traki de la C-2 una pareja levantó la mano y solicitó su servicio. Eran una mujer de tez morena, delgada, baja estatura, cabello crespo y de unos 18 años, junto a un hombre de características similares, de unos 22 años. Le dijeron que irían al fondo del supermercado De Cándido, a casi un kilómetro de donde estaban.

—Vámonos ya, no aguanto esta mardita [sic] cola —dijo la mujer apenas se montaron en el asiento trasero. Ernesto volteó la mirada al Bicentenario y constató que no había cola. Ya intuía la tragedia.

 Justo cuando pasaban el Palacio de Eventos, la mujer volvió a hacer uso de su precario monólogo para quejarse una vez más de las colas. Y luego repitió la frase al transitar frente a De Cándido. Ernesto, nervioso, sentía lo que se avecinaba, solo pensaba en actuar con calma. Y se encomendó a Dios.

Al cruzar en la esquina del supermercado, Ernesto tuvo que reducir la velocidad por los «policías acostados», donde habló por vez primera el acompañante:

—Cruzá aquí, cruzá aquí -dijo alterado- quedate quietecito que estais atracado —sentenció el delincuente mientras le colocaba el cañón del arma en la nuca.

—Tranquilo, mi pana, tomá las llaves, no hay problema —respondió Ernesto.

El maleante no contestó hasta unos metros más adelante, cuando le ordenó detenerse en plena calle del barrio JF Kennedy. La mujer se bajó con la billetera, el celular y el anillo de oro de matrimonio que la víctima no solía sacar de su casa, pero ese día olvidó quitárselo. Al instante, se montaron cuatro jóvenes: tres morenos delgados y uno blanco con corte de cabello bajo con «rayitas» a los lados.

 —Quedate quieto y no me miréis. Arrancá. Vas a hacer lo que yo te diga. No te me vas a poner payaso porque te quiebro de una vez —dijo el blanco, que se había sentado junto a un compinche en el asiento del copiloto y parecía ser el líder de la pesadilla.

—Tranquilo, hermano, vos mandais —respondió Ernesto, quien aún sentía el cañón en la nuca.

Cuadras después, cerca de la iglesia Luz de los Estanques, el blanco le ordenó detenerse y pasar al asiento trasero, donde estaban los otros tres maleantes. Uno de ellos le subió la franela para cubrirle el rostro, lo agachó en el piso detrás del asiento del piloto y puso los pies encima de él, mientras el arma, ahora, le tocaba las costillas.

—¡Qué pasó, causa! Mirá, ‘toy trabajando. Acabo de agarrar uno a pulso. ¿Pa’ dónde lo llevamos? —escuchó al blanco preguntar a alguien a través del celular. Pero la respuesta del interlocutor fue negativa, por lo que siguió su conversación:

—Este marico no está allá, ¿qué hacemos? —preguntó el blanco a sus lacayos.

—Llama a este… ese marico la mueva allá —contestó uno mientras le mostraba la agenda de su celular.

Tres llamadas más fueron infructuosas. Los cinco hombres empezaron a desesperarse.

 –Ajá, ¿qué vamos a hacer con este mallldito? —preguntó uno de los maleantes, sin problemas de dislalia.

—Vamos a amarrar a este maldito y lo metemos en la maleta —replicó el blanco.

Ernesto, corpulento, de 1.80 metros de estatura, seguía agachado, aún con los ojos abiertos, en esa oscuridad perenne, con la cabeza entre las rodillas y la respiración a bocanadas.

Desde que lo cambiaron al asiento trasero, sus acompañantes le preguntaron cuatro veces si el auto tenía GPS, porque de hallarlo, le advirtieron con total seriedad, lo «quebraban» ahí mismo, sin misericordia.

—Compadre, dejame  botado. Yo colaboro —pidió Ernesto.

—¡Callate la jeta! A mí no me des órdenes —fustigó el blanco.

—¡Hey! Este tiene una casa abandonada. ¿Qué carro es este, maldito, un Mazda 626? Si tiene GPS te quebramos aquí mismo. No estamos jugando —intervino otro de los delincuentes mientras mostraba su agenda telefónica y le daba un cachazo a Ernesto.

 —No. Es un Mazda Allegro. Chamo, no tiene GPS, no voy a arriesgar mi vida por un carro —aseguró mientras  gemía por el golpe.

Ya con en lugar del «enfriamiento» concretado, los otros compinches reprodujeron un reguetón en un celular y corearon, con orgullo, un tema que decía: «(…) a ella le gusta el sexo, a ella le gusta el sexo…».  De pronto, uno de los hombres recibió una llamada y gritó desesperado:

—¡Hey! Este maldito es guardia. Hijueputa, ¿sois militar? ¿Por qué tenéis fotos en un cuartel? Si sois militar te matamos ya. No tenéis salvación.

Angustiado, Ernesto se apresuró a explicar que no era militar, que las fotos que había visto la mujer que se llevó su celular pertenecían a una exhibición a la que asistió y donde pudo fotografiarse con armas y camiones del ejército. Dio detalles del evento, que en realidad eran los detalles necesarios para su salvación.

En su mente, diría después, un torbellino de ideas también hacía estragos: ¿qué hago, me quedo tranquilo o los  golpeo? ¿Me lanzo del carro? ¿Abro la puerta y empujo a alguno? Si siguen creyendo lo que imaginan, me van a matar. ¿Qué hago, qué hago…?

Ya Ernesto había olvidado cuántas veces cruzó el carro desde que le taparon el rostro, en un intento por imitar las acciones de Liam Neeson en Búsqueda Implacable, y había olvidado cuánto dinero reunió ese día para el pan de la noche. Solo pensaba en el dolor de su familia y de su esposa si a alguno de los hombres le daba ganas de apretar el gatillo. Se volvió a encomendar a Dios.

Tras hora y media de «ruleteo», a las 8.00 de la noche, el auto se detuvo. Por el lugar donde montó a los pasajeros, dedujo que ya estaría en barrios de la vía a Perijá, donde habían abandonado a un allegado tiempo atrás en una situación similar.

Luego de que se disipara el sonido de un carro que pasó por al lado, uno de los hombres pidió un encendedor a sus amigos y bajó del auto. Agarró por la cintura a Ernesto y lo guió como si fuese un ciego, mientras encendía el cigarro. Los otros arrancaron.

—Quedate quietecito y caminá —le dijo a Ernesto, quien sentía el suelo de concreto y veía algunas siluetas y destellos de luces a través de la franela.

En ese instante, aumentó su nerviosismo, sus piernas parecían de gelatina y de nuevo la respiración intensa. No escuchó voces ni ruidos. El corazón le iba a estallar cuando le ordenaron arrodillarse…

—Quedate quietecito, yo no te voy a hacer nada. Pero ve que van a revisar si tiene GPS, y si tiene, te mato aquí mismo.

—Compadre, creeme. No tiene, ponete en mi lugar, vos te vas a arriesgar por decir mentiras. Claro que no.

—…

Diez minutos después volvió a hablar el acompañante:

—Esperá 10 minutos más y salí a la avenida. Si agarras pa’l barrio te quiebro.

 La silueta empezó a desvanecerse y no pasaron ni cinco minutos hasta que Ernesto se bajó la franela y comenzó a respirar con relativa tranquilidad.  Se levantó y dio unos pasos, observó la casa abandonada en la que estaba y salió despavorido de ella. Afuera, en medio de la oscuridad y desolación, detalló unos edificios que conocía desde su infancia, pues había crecido en ese sector: Lago Azul, a tan solo 10 minutos de donde lo habían secuestrado casi dos horas antes.

 Mientras caminaba, no lo invadió la frustración ni el miedo, diría, sino un sentimiento de fortuna porque aún respiraba. Recordó que otro allegado pasó por el mismo calvario, pero cuando lo abandonaron lo despidieron con cinco balazos.

Día 2

—Aló, no pensáis recuperar tu carro, mijo. ¿Me denunciaste? —dijo una voz al llamar a las 8.00 de la mañana del siguiente día al celular de la esposa de Ernesto desde el teléfono que le habían robado.

—Sí, compadre, llamé en la madrugada pero salía apagado.

—Ah, bueno, buscate 400.

—Verga, hermano, de dónde sacó 400 mil. Esa es la mitad de lo que vale el carro.

—Bueno, hermano, eso es lo que es, movete duro, buscate 400.

 A las 9.00 de la mañana volvió a sonar el celular:

—Ajá, qué hiciste.

—Hermano, de dónde los saco.

—No sé, prestá, hacé algo.

—Vos tenéis mis tarjetas, si queréis te doy las claves para que veas cuánto tengo. Vamos a negociar bien.

—Bueno, dejame ver qué podemos hacer —colgó y llamó 10 minutos más tarde:

—Buscate 350. Vendé algo, prestá.

—Hermano, quedamos en las mismas, no tengo esa cantidad. Mirá las condiciones en las que está el carro. Así perdemos el tiempo.

—Bueno, ajá, te voy a hablar claro: buscate 200. Vos sabéis que estoy yo, el que te lo quitó, el que guarda el carro… somos varios.

Al mediodía repicó otra vez:

—¿Cuánto tenés?

—Hermano, tengo 20 mil, pero me van a buscar 10 mil más.

—Verga, no querés colaborar. Esto no camina así.

—Hermano, estoy raspando la olla.

Al cabo de un rato, otra llamada:

—Mirá, andá buscando lo otro, porque vos sabéis que esto lo vendo fácil en Colombia. ¿Me denunciaste?

—No, hermano, vos sabéis cómo es la policía aquí. 

—Ah, bueno, portate serio, que yo soy serio. Si vos pagás, yo te lo devuelvo. Yo soy serio.

—Hermano, solo he conseguido 5 mil más.

—Bueno, ve buscando pa’ 200. Movete. Yo sé que me querés meter labia, ajá, movete.

—Hermano, te lo ruego, no me vayas a picar el carro, no lo quemes, no lo vendas.

—Jajaja, verga, bueno, bueno, dejame ver qué podemos hacer. Buscá 200, te lo ruego —dijo con tono burlón al referirse a la súplica de Ernesto.

En una carrera contrarreloj, Ernesto habló con su padre, cuñado y otros familiares que pudieran prestarle dinero. A la par, junto a un amigo, visitó los sitios donde todo aquel que haya sufrido o escuchado una situación semejante sabe que «enfrían» autos: estacionamientos de Gallo Verde, El Varillal, Las Pirámides, Las Carolinas, Hospital Noriega Trigo, Hospital General del Sur, Hospital Universitario de Maracaibo, LUZ…

La negociación continuó durante incesantes llamadas y a las 4.00 de la tarde se logró fijar un nuevo monto:

—Buscate 100. Dale, que vos llegás.

—Hermano, no puedo, con sinceridad, tengo 50. Si no podemos, ni modo, no se podrá hacer.

—Bueno, me lo llevo pa’ La Concepción…

—Hermano, unas se ganan y otras se pierden. Haceme la vuelta por los 50, yo sé que podrás, te lo ruego.

Hubo dos llamadas más en las que se bajó el pago a 80 mil bolívares, y a las 6.00 de la tarde, cuando llegaba la noche y Ernesto no sabía de dónde más sacar dinero, se concretó el costo definitivo.

—Verga, te voy a aceptar los 50, pero tenés que buscar un palabrero y lo pagás vos. Eso es aparte.

Luego, supuso Ernesto, alguien más quería una tajada a costillas de su desgracia, puesto que recibió una llamada de otro número donde un hombre le dijo que iba a negociar el cobro de los 60 mil, lo que generó una acalorada discusión entre ellos. 

Desde entonces, Ernesto no volvió a dialogar con los maleantes, sino que las conversaciones las hacían solo con el palabrero, ese que sirve de mediador entre víctima y victimario. Y también cobra.

A este «colaborador» llegó Ernesto al indagar entre allegados que han experimentado el mismo martirio. A él le querían cobrar 60 mil, pero una de sus funciones es transar lo prometido, hacer valer la palabra, y entregar el pago. También, al parecer, se asegura de que el carro se recupere en las mejores condiciones posibles.

A las 10.00 de la noche se cerró el trato. En persona, el palabrero dio las indicaciones.

—Listo, la negociación se hará.

—¿Dónde es el pago?

—En el retén El Marite.

Como si le cayese un balde de agua fría, Ernesto quedó enmudecido y pálido. Lo acompañaba un cuñado en su camioneta quien también dudó de que el pacto se efectuara sin inconvenientes en un centro de arrestos preventivos que desde hacía años parecía más una cárcel.

A las 10.30 de la noche, los tres llegaron en una camioneta al Marite. Pasaron por el frente y regresaron a una esquina. Mientras, el palabrero llamaba por celular al interlocutor, pero no le respondía. La angustia y el miedo estaban latentes.

 Pasaron 20 minutos hasta que atendieron la llamada y les ordenaron estacionarse en la entrada del retén. De inmediato, dos oficiales del Cpbez salieron del recinto y les exigieron bajarse del vehículo para revisarlos.

—Vamos a hacer una entrega, oficial —se anticipó el palabrero.

—¿Qué, un carro? —preguntó uno de los dos policías que tenía el apellido Rosendo en el uniforme, mientras el compañero inspeccionaba el auto.

En segundos, el oficial, ayudado con la luz de una linterna, halló un arma que el cuñado de Ernesto guardaba como protección en el vehículo.

—Ay, papá, ustedes van detenidos por porte ilícito de armas. ¡Ustedes están locos, cómo van a traer un arma, van presos! Denle pa’ dentro —gritó Rosendo.

Sorprendido, Ernesto no había sentido tanto miedo desde que lo arrodillaron en aquella casa abandonada. Pisar el retén nunca estuvo en los planes de la entrega, ni pasó por la mente del cuñado ni del palabrero. Los tres empezaron a discutir por el arma, se culpaban entre ellos mientras los oficiales los hacían caminar al interior. 

Adentro del retén avanzaron hasta un pasillo donde observaron un cuarto donde, al parecer, dormían los funcionarios.

 Ahí, apareció un recluso y sacó un arma cuando los policías le contaron lo que encontraron en el auto. Las tres víctimas se miraron atónitas. Si había algo tan trágico como la muerte, era quedar presos en ese lugar.

En medio de la escena sacada de una película de suspenso, salió otro recluso escoltado por otro delincuente armado.

—¿Qué pasó? —preguntó el aparente líder de la operación.

—Vinieron por el rescate, pero están armados —contestó Rosendo.

—Jajaja. Ok, calmate, calmate.

El mandamás llamó al cuñado de Ernesto, también con el corazón acelerado, y lo metió al cuarto. 

—Calmate, serenate. Ve, ellos (los policías), lo que quieren son cobres. Quién te manda a traer un arma. Qué pretendías hacer.

El cuñado le explicó que nunca hubo intención de afectar la negociación, y que desde hace años lleva consigo un arma, pero nunca la ha usado. El hombre le creyó y mandó a llamar a Rosendo para que escuchara la oferta del familiar de Ernesto:

—Ajá, decime.

—Te puedo conseguir 10 mil.

—Ah, bueno, está bien. Sí, dale, dale.

Y así, como si no fuese suficiente drama en dos días, surgió otro problema: en efectivo tenían solo 50 mil bolívares. Pero luego de conversaciones entre todos los involucrados, mientras supuestas «prepagos» ingresaban al lugar, acordaron tomar 10 mil de los 50 para dárselos a los funcionarios, y al día siguiente el palabrero llevaría el monto restante al retén.

A las 12.30 de la noche, el destino era la estación de servicio Bilicuín, vía a La Cañada de Urdaneta. Ahí acabaría todo.

Cuando estaban por salir del retén, una patrullaba de la PNB pasó por el frente, dio una vuelta, se estacionó en una esquina y apagó las luces. Transcurrieron 10 minutos que se sintieron como una eternidad.

—Esos están esperando que salgan para «entromparlos» —advirtió un oficial, quien ahora aconsejaba a las víctimas.

—Compadre, ve, ahí hay una cama, se pueden quedar los tres y los resguardamos —comentó el recluso líder a Ernesto.

—Hermano, quédense o dejen la pistola y mañana la recuperan, porque si ellos los agarran les puede ir mal —recomendaron el líder y el policía.

Ernesto, el cuñado y el palabrero se hablaron con las miradas. Ninguno iba a quedarse. Y tampoco el arma.

Los tres se montaron en la camioneta y aceleraron. Atrás lo hizo la patrulla al encender la coctelera.

No saben en qué momento pasaron de ser víctimas a delincuentes, pero antes de que pudiesen razonar, se encontraron huyendo de la PNB a toda velocidad, esquivando los huecos de un laberinto desconocido. Ernesto pensó que Rosendo había alertado sobre el arma a sus colegas para cobrar más dinero. Si la encontraban, se acababa todo.

Justo cuando dejaron de ver la patrulla y recuperaron el aliento, esta salió de un callejón y les cortó el paso de frente. Ernesto se encomendó a Dios por tercera vez.

En la patrulla iban dos funcionarios. Mientras uno interrogaba al trío, el otro inspeccionaba la camioneta.

Ernesto, con un nudo en la garganta y el rostro lleno de sudor, confesó que pagaron un rescate en el retén, y ahora iban a recuperar el carro.

El otro oficial registró minuciosamente el vehículo. Sabía que algo iba a encontrar. Pero esta vez la suerte acompañó a las víctimas, a quienes dejaron continuar su rumbo.

Al marcharse, los tres recuperaron el semblante y ni ellos mismos podían creer el arma se camufló con la noche.

A la 1.00 de la madrugada llegaron a la gasolinera, desolada, oscura y sin rastros del carro. Ernesto, diría, sintió que una daga le atravesó el corazón:

—¡Nos jodieron¡ ¡Nos jodieron! —exclamó.

El palabrero llamó por celular una y otra vez. No había respuesta y lo único factible en ese momento era otro atraco, pensaron.

Después de 15 minutos, en medio de una discusión, sonó el celular:

—Ajá, hermano, qué pasó, no somos gente seria, pues. Cuál es el güiro, ¡aquí no hay nada! —expresó el palabrero.

—Calmate. Metete pa’l barrio (Bilicuín), avanzá dos cuadras y cruzá a la derecha. Ahí lo vas a ver, está en la calle. Las llaves están en la maleta.

El cuñado, al ver la entrada al barrio similar a una cueva de lobo, decidió esperar en la avenida, con el motor encendido. Ernesto había anticipado las condiciones en las que encontraría el auto si lo recobraba, por lo que bajó, en compañía del palabrero, con una batería que le habían prestado. 

Caminaron sigilosos y rápido a la vez, miraban a todos lados. El silencio era sepulcral. Aún en la oscuridad veían los ranchos de zinc y las calles de tierra. No divisaron siluetas.

Y como si buscasen el tesoro perdido, lo encontraron. Las instrucciones fueron correctas, al igual que la medida de prevención de Ernesto.

Con las manos temblorosas y los ojos a punto de estallar en lágrimas, buscó las llaves en la maleta, colocó la batería y aceleró.

Al recordar el episodio, reflexiona ahora, no escapaba de una pesadilla ni del terror de transitar por barrios violentos,  ni de haber conocido el rostro de la maldad y de la corrupción; ahí, esa noche, aceleraba para huir de la realidad.

Noticia al Día

*El suceso de Ernesto (único nombre ficticio en la historia) ocurrió en 2015, pero solo ahora, casualmente tras el desalojo temporal del retén El Marite, ha querido compartir su experiencia.