La otra juventud de Dadis (Josué Carrillo)

La otra juventud de Dadis (Josué Carrillo)

Josué Carrillo

Josué Carrillo

Muchos recordarán un camión volteo rojo en el estacionamiento de la Facultad de Humanidades en el turno nocturno. Tendrán la imagen de tres hombres rudos subiendo y bajando con sus cuadernitos bajo el brazo, sonrientes y esperanzados, en dirección a las aulas del Bloque A. Sus nombres: Néstor Vielma (+), Alberto Morán y quien escribe. Allí ellos tres conocieron a: Xiomira Villasmil, su hermana una morenaza preciosa que daba estadística, Martha Colomina, Pipo Hernández, Antonio Márquez Morales, Carmen Pérez, Milagros Socorro, Adalberto Toledo, María Rincón, María Isabel Newman, Sirio Valbuena, entre muchos otros. Eran los profesores. Eran el contacto con el mundo de los libros, con la escritura, con el arte, con la belleza. Tres hombres rudos bajando de un camión volteo empeñados en ser periodistas. Tres hombres rudos que estudiaban para los exámenes en el bar Cartagena de Próspera Rincón o donde Elito frente a Enelven en Amparo. Eran tres hombres rudos con hijos – Alberto y yo – , con trabajos, con obligaciones, con pobreza, con carencias intelectuales por cantidades, pero, con un espíritu dispuesto a cambiar de vida, de mundo… de suerte. Tres hombres rudos que conocieron a muchachos chispeantes, jovencitos excelentísimos como: Marcos Socorro y su hermana, Milagros que ya era preparadadora como Alejandro Vásquez, como Agustín Arteaga (+) un periodista de la raíz a la punta. Tres hombres rudos en aulas donde la juventud, la candidez era silvestre, nacía en los pupitres porque en las universidades brota la juventud, se forma, se hace fuerte y robusta para caerle al futuro de golpe. Tres hombres rudos que aprendimos a sentirnos chicos traviesos.

¿Por qué viene a mi recuerdo ese tiempo? La culpable se llama Dadis Castro, una pasante de periodismo en mi redacción. Una señora de la tercera edad que va a la universidad, que se ríe como adolescente, que se asusta con los exámenes, que se dirige a los profesores – mucho menores que ella – con respeto, con admiración, con sumisión. Dadis se emociona con cada uno de sus logros, sus ojos brillan, relucen de contentos cuando finaliza una nota periodística. Se atropella su voz cuando cuenta que está en las prácticas de televisión y de radio en estudios de verdad verdad, que no es un juego. Dadis atiende sus negocios, su hogar, sus amigas, mientras eso hace es la Señora Dadis, cuando agarra sus cuadernos y va a la universidad o viene a la redacción es la estudiante, la chiquilla soñadora. Eso pasaba con los tres hombres rudos que iban a Humanidades en el volteo rojo de Albertico Morán para, después, tragarnos el flechado de las madrugadas en 5 de julio buscando los bares abiertos y conversar de la Escuela de Frankfurt, de la semiología de Potier adorado por esa genialidad zuliana llamada, Lourdes Molero de Cabezas, conversar del modelo de la comunicación, para desentendernos de las labores del músculo –esto es del maestro, César Chirinos – como nos ganábamos la vida.

Dadis me ha concitado a una otra juventud. Me ha volteado el cuello para que no mire por la ventana de los tiempos duros, para que me monte de nuevo en el volteo y viva en el respirar de los muchachos sacando fuerzas del pasado, del ayer, de los recuerdos.

Josué Carrillo