30 años desordenados

30 años desordenados

Detrás de un asiento, un emocionado niño de unos 11 años salta, grita, corea algunas piezas. Viste ropa y pasamontañas oscuros que le brindan cierto aire de rebeldía, tanto como el de los nueve músicos que ve desde hace tres horas en escena.

Cuando el muchacho detalla su alrededor en el auditorio de la URU, en Maracaibo, observa cómo la banda que arrancó el espectáculo a las 10.00 de la noche del viernes es capaz de unir tres generaciones: ve a jóvenes, adultos y otros más adultos ya con cabellos grises inmersos en un ambiente donde solo flotan las buenas vibras. Y más adelante algunos globos, y algo de dinero, y un drone.

El niño nota que la hora de retraso del inicio del show se olvida en un santiamén, pues pasan de algunos aplausos para exigir el comienzo a la algarabía en el instante cuando una gran pantalla empieza a proyectar, en cuatro capítulos entre canciones, una especie de documental donde la banda cuenta su historia desde el origen en la movida underground caraqueña de 1985 hasta la actualidad.

Baja la pantalla y aparecen los nueve hombres que le darán vida al bajo, la batería, la percusión, las trompetas, el saxofón, el teclado, las guitarras eléctricas y las melodías cargadas de críticas políticas, justicia social, ironía, sarcasmo, alegría y locura.

“30 años poniéndolos a bailar, a pensar (…) 30 años de crítica y humor negro (…) 30 años de respeto y buena música», escucha el pequeño decir a Oscar “Oscarello El Magnífico” Alcaíno, dueño de la percusión. Y luego el ambiente estalla al sonar Políticos paralíticos.

 “Yo quisiera que los políticos fueran, fueran, paralíticos; yo quisiera que los políticos fueran, fueran, paralíticos. Evitaríamos que nos robaran, y que luego corriendo se largaran; evitaríamos que nos estafaran y se rieran en nuestras caras…”, corea el público.

Las pegajosas letras y ritmo retumban en el niño, al igual que las siguientes piezas Todo está muy normal y ¿Dónde está el futuro? Minutos más tarde le causa gracia escuchar una voz desde el escenario que comenta que el primer toque de la agrupación en esta ciudad fue en 1987, mucho antes de que él siquiera estuviese en los planes de ser concebido.

La velada sigue con El clon y Cursi, momento en el que revolotean en el aire decenas de globos rosados, mientras abajo se mueve el público.

Encantado por lo que presencia, el pequeño parece hipnotizado por la voz de Horacio Blanco, quien siempre con guitarra en mano canta  –y luce— con el mismo espíritu juvenil con el que empezó las andanzas de la banda junto a José Luis “Caplís” Chacín, dueño del bajo, tres décadas atrás.

Comprende que el show, con cambios de escenografía, vestuario y toques teatrales para representar ciertos temas, se divide en cuatro actos que muestran los diversos géneros en los que ha incursionado la banda en su trayectoria, como el punk, rocksteady, cha cha chá, reggae, cumbia, mambo, hasta crear un estilo único, propio, aplaudido incluso en Norteamérica y Europa por mantener firme y muy alto el bastión del ska.

De pie, con las manos sobre el espaldar de un asiento para afincarse al momento de brincar, el niño sabe que escucha un resumen de los clásicos y nuevos temas de la agrupación.  De esa forma podrá decir después que tuvo el privilegio de escuchar en un mismo concierto Canto popular de la vida y muerte, La danza de los esqueletos, Estoy buscando algo en el caribe, Sale el sol, Estrellas del caos, El tren de la vida, Cachos de vaca, Cristo navaja, San Antonio, Baila mi cha cha ska, Diablo, Pegajoso y las otras que logre recordar.

Vuelve a ver a su alrededor y el panorama es igual: con entusiasmo, la mayoría de los presentes se mueven, saltan, gritan y corean Gorilón, La Tierra tiembla, Combate y Música de fiesta.

A su corta edad, comprende el significado de la música protesta y escucha con atención cómo Horacio exclama: “Creímos que no iba a llegar a 1.100 y llegó…”. Y comienza a sonar, con jocosidad, Llora por un dólar, a la par que cae una lluvia de billetes verdes con el sello de la banda.

En otra ocasión, el pequeño sonríe de nuevo cuando el cuarto sempiterno de la agrupación, Danel “Dan-Lee” Sarmiento, el dueño de la batería, deja su instrumento y se coloca al frente del micrófono para entonar la clásica y pegajosa Zapatos resbalosos.

Del nuevo repertorio, Horacio canta Los zombies están de moda y Los que se quedan, los que se van, esta última dedicada, explica, a todos aquellos venezolanos que siguen en la lucha y a los que por cualquier razón han tenido que emigrar del país en busca de un mejor porvenir.

El muchacho mira por tercera vez alrededor cuando la algarabía llega a su máximo nivel al sonar el último y más esperado tema de la noche: Allá cayó, ese que algunos adultos, dirían luego entre bromas, entendían en su juventud como “hallaca yo”, y que ahora gozan en un popurrí con Valle de balas, Esto es ska y Somos desorden.

A la par, Horacio, fiel al estilo y mensaje de la agrupación, manda a sentar a todos los presentes, incluido el personal de seguridad, que se rehúsa por un momento, pero termina por acatar la petición debido a la intensa solicitud del público: “¡que se sienten, que se sienten!”. Entonces, pide contar del uno al tres para levantarse, saltar y gritar a todo pulmón lo que sea como ejercicio de catarsis. La audiencia responde y, además, entona de forma improvisada el cumpleaños feliz.

El niño lo hace y luce feliz. Y escucha a Horacio concluir: si queremos que Venezuela eche pa’ lante, tenemos que poner cada uno de nuestra parte; si no queremos basura en las calles, no la botemos; si no queremos violencia, no seamos violentos; si queremos un cambio, conviértete en el cambio que quieres para ti.

Horacio se marcha sin saber de la existencia del pequeño, pero este se marcha sabiendo que algún día dirá que escuchó durante tres horas 30 canciones de la banda de culto pionera del ska en Venezuela, y, sobre todo, se marcha con una idea para replicar: el mensaje de Desorden.

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David Contreras

Fotos: William Ceballos

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