Hay gente que pide a Dios que nunca se acaben las colas: Testimonios de quienes viven de ellas

Hay gente que pide a Dios que nunca se acaben las colas: Testimonios de quienes viven de ellas

Un pequeño grupo de venezolanos ha sabido visualizar las colas desde el lado más optimista, sobre todo para su negocio. Foto: José López

Un pequeño grupo de venezolanos ha sabido visualizar las colas desde el lado más optimista, sobre todo para su negocio. Foto: José López

Comerciantes informales sacan provecho de la extensa espera bajo el clima marabino

Si bien es cierto que en los últimos años las colas frente a los supermercados se han convertido en parte de nuestra cotidianidad, hay quienes las han aprovechado como puntos perfectos para instalar sus negocios; sino pregúntenle al chichero, cepilladero, bolsero, cafecero y juguero, que en una jornada laboral de unas cinco horas pueden ganar de Bs. 2.000 a 5.000 diarios.

El Centro 99, en el sector San Jacinto de Maracaibo, alberga centenares de personas en busca de productos de la cesta básica; situación que aqueja a gran parte de la población venezolana. Aún así, un pequeño grupo ha sabido visualizar este escenario desde la parte más optimista y, sobre todo, para su negocio.

David Acosta tiene 7 años vendiendo café en los alrededores de los supermercados donde observe colas. Foto: José López

David Acosta tiene 7 años vendiendo café en los alrededores de los supermercados donde observe colas. Foto: José López

David Acosta es uno de ellos. A sus 68 años, con un título de Abogado y otro de licenciado en Música, por diferentes motivos, tuvo que recurrir al mercado informal. Partiendo de la verdad de que todo trabajo es digno, en el 2010 emprendió su nuevo estilo de vida vendiendo café en los supermercados El Latino, Bicentenario y Centro 99.

Con un costo de Bs. 10 por vasito, Acosta logra acumular entre Bs. 600  y Bs. 800 al día, que le sirven como ahorros para poder construir una escuela de música en un futuro. «Mi sueño es tener una casa de cultura o una escuela de música para los jóvenes zulianos», confesó con rostro esperanzado.

¿Por qué en las colas?

—Vivo cerca de este sector y por suerte “esta crisis”, llamada así por muchos, me ha permitido pocisionarme en este establecimiento, ya por aquí me conocen, y a muchos otros comerciantes por vender empanadas, pastelitos, jugos, refrescos y hasta alquilar espacios para guardar los bolsos que no dejan meter mientras compran.

Fernando José González Fernández mantiene a sus seis hijos vendiendo chicha. Foto: José López

Fernando José González Hernández mantiene a sus seis hijos vendiendo chicha. Foto: José López

«Los reales están y lo que hay es que buscarlos»

Fernando González tiene pocos meses en los alrededores de ese mismo supermercado, pero garantiza que le ha resultado beneficioso. Con cuatro filtros llenos de 22 litros de chicha inicia su recorrido apenas sale el sol, pues asegura que «los reales están y lo que hay es que buscarlos».

Sus ingresos se dividen entre los alimentos en casa y los ingredientes para la venta de esta popular bebida. “Entre azúcar, hielo, vasos, el arroz o la pasta para chicha y otras diligencias, invierto Bs. 35.000”, monto que, según manifestó, casi duplica en ganancia y usa para mantener a sus seis hijos.

Los cepillados nunca pasan de moda en una tarde bajo el inclemente sol marabino. En esto fue lo que se basó Javier González cuando decidió alquilar un carrito y situarse en el lugar más estratégico para su venta.

De colita, piña, limón, tamarindo y menta, cada día prepara más de 200 cepillados para los sedientos compradores que pernoctan en las afueras de abastos y supermercados a la espera de un par de productos regulados.

Pero, ¿estás de acuerdo con que se creen estas colas de personas?

—Claro que no, a nadie le gusta tener que madrugar para comprar, pero hoy dependo de ellos para venderlo todo.

¿Y si se acaban, qué pasa con tu trabajo?

—Me tocará salir a buscar gente por otro lado, aunque más regados, claro.

José Luis Ocampo vende pastelitos frente al abasto Bicentenario de 5 de Julio desde las 6am. Foto: William Ceballos

José Luis Ocampo vende pastelitos frente al abasto Bicentenario de 5 de Julio desde las 6am. Foto: William Ceballos

¡Pastelero, deme uno de queso primero!

Los vendedores informales tienen puestos fijos en los supermercados donde se idean combos para desayunos, incluso almuerzos, como una medida rentable de ganancia.

Cada vez hay más formas de relanzar el negocio de comida. José Luis Ocampo, de 37 años, ha permanecido durante 2 años en los alrededores del abasto Bicentenario de la avenida 5 de Julio y, entre altos y bajos, optó por promover su venta de pastelitos ofreciendo combos de tres por uno por tan sólo Bs. 100,oo.

Admitió que en los días buenos puede sumar hasta Bs. 6.000,oo trabajando desde las 5 de la mañana hasta las 12 de la tarde. Con este monto “sobrevive” junto a sus seis hijos con quienes reside cerca del sector.

Te agarró el mediodía, pero ¡almuerzo sí hay!

Yrali Sierra, es madre soltera de tres hijos menores, motivo principal que la impulsó a trabajar frente al. Comentó que al ver las extensas colas quiso ingeniársela para asistir a los consumidores vendiéndoles comida. Tiene en una cavita unos 5 kilos de arroz que vende en pequeños platos a Bs. 250, oo. Con unos 60 almuerzos al día, puede ganar hasta Bs. 15.000,oo.

Aseveró, además, que si le tocase comprar los ingredientes a bachaqueros para poder surtirse y seguir vendiendo en las colas, lo haría para continuar llevando el sustento a su casa.

Cada plato de almuerzo tiene un costo de Bs. 250, oo. Foto: William Ceballos

Cada plato de almuerzo tiene un costo de Bs. 250, oo. Foto: William Ceballos

Cobrando por la confianza

El más reciente negocio informal que se ha generado a propósito de las largas colas es uno bastante particular, pues amerita entregar una confianza casi cegada a un completo desconocido para que “cuide” tus pertenencias, considerando que no es permitido ingresar a los supermercados con carteras ni bolsas de otras compras.

Roberto Lozano es uno de estos cuidadores. Se sientan debajo de un árbol próximo a deshojarse y con un “carrito de compras” y un cartel improvisado hecho con cartón, mira cómo hasta 40 personas que en su vida había visto, le entregan Bs. 50,oo sólo para guardar sus bolsos.

Con Bs. 2.000,oo diarios, no se arrepiente de haber dejado de trabajar como obrero de mantenimiento de plazas y señala que, si se acabaran las colas, simplemente buscaría otra manera de buscar dinero, pero por los momentos estima continuar con sus ganancias.

Alquilar bolsas plásticas también es una opción para quienes aprovechan que los productos regulados se expenden sin empacar. Ellos las ofrecen por un costo de entre Bs. 20,oo y Bs. 30,oo.

Lo curioso es que este tipo de comercios informales que se encuentra alrededor de los establecimientos facilita, ameniza y ayuda a los consumidores a sobrevivir a las incontables horas de cola, a pesar de que muchas veces gasten más que en la compra de los productos regulados.

Roberto cobra Bs. 50, oo para guardar las carteras de quienes ingresan a los supermercados tras largas colas. Foto: William Ceballos

Las bolsas con compras también se guardan temporalmente por sólo Bs. 20,oo. Foto: William Ceballos

Hay gente que pide a Dios que nunca se acaben las colas: Testimonios de quienes viven de ellas. Foto: William Ceballos

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