En Ecuador también existe un “sistema de orquesta”: Los jóvenes con adicción encuentran un camino a través de la música cristiana

En Ecuador también existe un “sistema de orquesta”: Los jóvenes con adicción encuentran un camino a través de la música cristiana

Foto: Cortesía Diario El Telégrafo.

Las palabras de su padre aún le martillan en la mente: “mírate cómo estás, ojalá que te mueras para no tener que pasarte la manutención”. César aún recuerda que sintió como si el corazón se le saliera del cuerpo, pese a eso tomó fuerzas y le respondió: “yo te perdono, Dios te bendiga, porque él te va a juzgar, no soy yo”.

Su progenitor se quedó callado, con los ojos sobresalidos de la sorpresa viendo a su hijo bajarse tranquilo del carro al cual minutos antes le pidió que subiera. Transcurrieron más de 6 meses desde esa experiencia. El muchacho, de 15 años, en ese entonces, luchaba contra la adicción a la droga conocida como ‘H’.

Está consciente de que ese dolor fue una de las pruebas más duras que pasó, la otra fue la conocida como ‘el mono’ o, en palabras médicas, el síndrome de abstinencia. César no sabe qué significa esa palabra, pero coincide en que eso es lo que sentía: “me dolían los huesos, me sudaban las manos, me ponía helado, no podía caminar y me dolía la barriga”.

El adolescente todavía no recupera el peso que tenía antes de probar la droga. Febrero es su sexto mes sin consumir el inhalante y quiere seguir contando. Su tiempo ahora lo emplea en aprender a tocar guitarra en la Orquesta Sinfónica Cristiana del Ecuador, respaldada por el Ministerio de Cultura.

Su instrumento de color vino lo lleva a todos lados y a pesar de que no sabe qué cuerdas presionar en el mástil para lograr una nota musical, rasga los gruesos hilos con la mano derecha; no quiere pasar desapercibido y se une a las adoraciones y alabanzas que armonizan sus compañeros. Los artistas están en la escuela Raúl Clemente Huerta, en el barrio Garay, en el suroeste de Guayaquil.

Solo a dos cuadras de distancia del callejón Décima y 10 de Agosto, que continúa intervenido desde el pasado enero. Una unidad móvil de la Policía sigue en el ingreso del pasadizo y ahí los uniformados revisan a quienes entran y salen para evitar el paso de la droga. El grupo musical es parte de la recuperación del sector.

El pastor José Mejía dirige la orquesta y entusiasmado con el micrófono, pide a las personas que tengan droga y armas ‘canjearlas’ por un instrumento musical. Falta cerca de una hora para que el sol se esconda, decenas de personas juegan bingo a unos 100 metros y desconocen la propuesta que retumba por los parlantes instalados dentro del plantel. “Es una locura, pero nos ha funcionado. Las entregas las realizamos coordinadamente con autoridades. ¿Cómo conseguimos los instrumentos?, pues hay personas que los donan y pedimos que si otros ciudadanos tienen alguno en su casa y no lo usan, lo obsequien para seguir rehabilitando o evitando que menores se involucren con drogas”.
El grupo está formado por 60 artistas, pero acoge a más de mil alumnos en las instalaciones, ubicadas en Tungurahua entre Vélez y Luque. “Llegué a inhalar una funda” César viaja por un instante a su pasado, hace unos 3 años, cuando empezó a consumir el estupefaciente. Estaba en su colegio y sus ‘amigos’ le ofrecieron la droga. Primero se la regalaron asegurándole que se esfumarían todos los problemas de su vida. El adolescente asegura que estaba deprimido, no había superado que a los 7 años su padre lo abandonara, incluso recordaba cómo maltrataba a su madre. “Eso me marcó y empecé a consumir.

Primero eran 4 pases al día, de ahí mi mamá se enteró y yo le mentí diciéndole que había probado por curiosidad. Llegué a inhalar una funda entera, de esas que cuestan $ 5 y de las que se sacan 40 pases”, explica y se asombra del nivel de su adicción. Detalla que cuando necesitaba la droga ayudaba a su abuela y ella le daba dinero sin saber en qué lo gastaría. “Llegué a robarme cosas de la casa, como plata y un celular. El teléfono lo vendí en $ 20. Si lo cambiaba directamente a los microtraficantes me daban una funda de ‘quina’ ($ 5). Cuando tenía plata iba a comprar al cerro Las Cabras, en Durán.

Luego empecé a venderle a mis compañeros del colegio al que aún asisto, en Guayaquil”. César siente remordimiento, pues considera que le dañó la vida a otros chicos, como se la destruyeron a él. Cuenta que ha tratado de convencerlos para que ya no consuman y los invita a la iglesia, pero ellos le responden: “Ve, ahora salió el hermanito” y se burlan. “Les digo que hay un Dios en el cielo que nos ama y que pueden salir de las drogas que solo nos llevan a la muerte. Ellos me presionan para que vuelva a consumir, pero estoy convencido de que no.

Gracias a la gracia de Jesucristo estoy aquí parado”. ‘La Negra’ usó ácidos y éxtasis Dayanna, ‘La Negra’, era apenas una niña cuando sintió gusto por el sonido que se dispersaba en el aire al presionar las teclas de un piano. Actualmente tiene 18 años y se le parece increíble que ese gusto inocente se presente como una alternativa para dejar de consumir droga.

Acepta que su niñez fue buena, pese a que sus padres se separaron cuando era pequeña; considera que no sufrió y que aprendió a vivir feliz con su madre, a quien calificó como muy permisiva. Lo que no supo manejar fue que a todo le decía sí. A los 11 años, cuando cursaba el primer año de secundaria, bebió licor porque amigos de 2 cursos más avanzados se lo ofrecían. “No me presionaron, yo solo accedía”.

Con el paso de los años probó marihuana, cocaína, heroína y hasta ácidos y el éxtasis. Se visualiza un día, casi inconsciente, en una casa en una playa de la provincia de Santa Elena. Estaba acostada y uno de sus ‘amigos’ intentó sobrepasarse. “No sé de dónde saqué fuerzas y lo empujé. Ahora comprendo que gracias a Dios no me pasó nada malo”. La voz de Rodrigo Suárez, jefe de la Secretaría Técnica de Drogas (Seted), interrumpe su narración. Él ha estado durante el día en la escuela, porque desde la mañana presenció varios eventos enfocados en la integración familiar y de la comunidad.

Él toma el micrófono y enfatiza que los jóvenes del grupo musical son un ejemplo de vida y que continuará la labor para evitar que más chicos destruyan su vida por la adicción a los estupefacientes. En 5 sectores de Guayaquil y en 4 de Quito se realizarán estas jornadas comunitarias de prevención.

El Telégrafo

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